Definitivamente, la estaba mirando más de lo normal. Con más atención, más veces, durante más rato. La miraba, se quedaba pensativo y escribía un par de líneas más en su cuaderno. También miraba a más gente, claro, es inevitable mirar a los demás cuando se viaja en tren. Pero las miradas a ella no eran casuales.
Ella se había levantado ese día demasiado temprano. Había desayunado deprisa, se había vestido sin ganas y había salido a la calle sintiéndose un poquito peor a cada paso que daba. Llegó a la estación, subió al tren y se sentó en el primer asiento que pudo. Se alegró cuando la anciana, tras pararse unos segundos a su lado, siguió caminando hacia el otro extremo del vagón: no se sentía con energías para levantarse. Ni siquiera tenía fuerzas para sacar de su mochila el libro que tan enganchada la tenía, así que simplemente se encajó los auriculares en los oídos y se dispuso a mirar por ventana. Una parada después, subió él. Se sentó casi enfrente de ella por azar, y empezó a mirarla y a escribir en un cuaderno. A mirarla y a escribir en un cuaderno.
Ella se bajó del tren sonriendo a la nada. Todo el mundo se preguntó en el trabajo qué le habría pasado para llegar tan contenta un martes por la mañana. Esa noche fue la primera en semanas que pudo dormir del tirón. Al día siguiente... fue otro día.
miércoles 11 de noviembre de 2009
34. Inesperado
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jueves 15 de octubre de 2009
33. Haikus
El haiku (俳句, haiku), derivado del haikai, consiste en un poema breve de tres versos de cinco, siete y cinco sílabas respectivamente. Es una de las formas de poesía tradicional japonesa más extendidas.
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Ya se va el día
Ya no queda más tiempo
se callan las ciudades
hablan los miedos
todo tu pensamiento
dilo para ti
cuando falle la razón
serás mi guía
The lovers forgot their hearts
The world got sadder
Cogió un cuchillo limpio
Rojo lo dejó
respiraban tranquilos
hasta que llegó
Tú me recordaste
Eso me basta
con tristeza ya pienso
pronto te irás
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lunes 21 de septiembre de 2009
32. Billete de ida y vuelta
(...)
Y después de unos minutos, no sé si 5 o 40 o 200, allí, tendida en el suelo, supe que me iba a morir. Y no me importó, ni me dio pena, ni rabia, ni miedo. Los fornidos hombretones me habían llenado en un segundo de plásticos, placas y tubos, pero supe que no había nada que hacer, y deseé que se fueran y me dejaran sola y ayudaran a alguien que sí tuviera posibilidades de seguir viviendo. No sé si se fueron o no, pero pasado un rato ya no les veía, porque ya no podía ver nada, y ya no les oía a ellos ni a los demás heridos, ni oía las sirenas de las ambulancias ni las voces de las radios. Y entonces, por fin, se resolvió la gran incógnita que había tenido durante tantos años y que no me habría importado resolver aún dentro de unos años más, pero me había llegado el momento y me parecía bien y estaba a punto de saberlo, de saber si era verdad el mito, de saber si en el momento de morir se ve una luz y hay que ir hacia ella y cuando se llega se pasa a otra vida en la que todo es mejor y uno se reencuentra con sus seres queridos ya fallecidos y se sienta, si es que en ese sitio uno puede sentarse, a esperar a que se mueran los que aún viven para volver a verlos y así, una vez hayan muerto todos, ser feliz por toda la eternidad.
Así que ese era el momento, y yo dudaba porque eso de la vida después de la muerte nunca me lo había creido del todo, y ahora por fin sabría la verdad, y noté cómo ya no podía percibir nada por ninguno de los 5 sentidos y cómo ya no podía respirar y cómo se me quedaban rígidos los músculos y, finalmente, cómo se me paraba el corazón.
Y allí, tendida en el suelo, no vi ninguna luz, ni ningún túnel, ni ningún punto brillante, ni nada de nada. Sólo había oscuridad y cada vez era menos consciente de mí misma y sabía que me estaba yendo del mundo a ningún lugar donde nadie me esperaba ni yo esperaría a nadie. Y bueno, si eso era lo que tenía que pasar, de una forma extraña estaba bien que pasara. Así que, finalmente, me morí, tendida en un suelo extranjero a pocos metros del autobús volcado y rodeada de más muertos y otros que pronto lo estarían. Y ése fue el final de todo.
O, al menos, eso era lo que yo creía.
(...)
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martes 18 de agosto de 2009
31. Memories
Era uno de los últimos días de Mayo y yo iba por Madrid con un poco de calor y bastante prisa. Pero tenía que comprarme los zapatos, así que me desvié ligeramente de mi camino y en tan sólo unos minutos caminaba con ellos bajo el brazo. Aunque en realidad no los necesitaba, no me arrepentí de la compra. Me gustaron y eran baratos, el único problema era que, al ser blancos, se ensuciaban con facilidad. Descubrí que lo mejor era limpiarlos con toallitas para bebés. Quedaban como nuevos.
Patearon Londres y Moscú sin causar ni una molestia a mis pies. Ni un rasguño, ni una herida. No necesité abrir la caja de tiritas esta vez, era el tipo de zapatos con los que sentía que podría caminar eternamente, hora tras hora, día tras día, ciudad tras ciudad. Con ellos me planté frente al Big Ben creyendo sólo a medias que de verdad estaba ahí, delante de mí y no en una foto o en una pantalla, como fondo de alguna película. Con ellos recorrí la Plaza Roja una y otra vez, mirando cada edificio desde todos los ángulos posibles, y entré en innumerables iglesias ortodoxas, intentando hacer suficiente espacio en mi memoria para tantos frescos y todas las historias que cada uno encerraba tras de sí.
Pero el diluvio de San Petersburgo nos pilló por sorpresa a todos, y ellos no lograron sobrevivir. Caminaron bajo paraguas y se resguardaron bajo techo sólido cuando lo peor se nos vino encima, pero el agua cuando cae con tantas ganas es implacable y nada pudo hacerse por ellos. Llegaron heroicamente hasta el mismísimo hotel, pero habían sufrido daños irreparables y cualquier intento de restauración hubiera resultado inútil.
El último día hice la maleta y los coloqué al lado en vez de tirarlos, simplemente no pude. Cualquiera hubiera pensado que estaban preparados para iniciar el viaje de vuelta, pero llegado el momento subí el asa, me llevé la maleta y a ellos los dejé ahí, en el frío suelo de la habitación, solos y desamparados. No miré atrás antes de salir por la puerta.
Sólo eran unos zapatos. Sólo me duraron un par de meses. Pero lo que viví estando en ellos se me queda para siempre. Y ellos... quien sabe, quizá, después de todo, aún sigan caminando en otros pies.
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miércoles 5 de agosto de 2009
30. Tic-tac
Mala hora para tener sueño.
Mal momento para montarse en un coche, subirse a un avión y cruzar un continente.
Mala conjunción de circunstancias.
Al mal tiempo, buena cara.
¡Allá voy!
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