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domingo, 22 de abril de 2007

2. Lunes 24

Natalia se despertó aquel Lunes sabiendo que para ella sería el último. El principio de una semana, el fin de una vida, de su vida. No podía permitirse vivir para siempre como una mera espectadora viendo cómo los demás conseguían lo que querían mientras ella fracasaba una y otra vez, cómo el éxito la rodeaba sin llegar siquiera a rozarla, cómo la felicidad estaba a la vuelta de la esquina que nunca doblaba. Podía verse cada mañana en el espejo, marchitándose como una flor cuyo dueño ha olvidado regar. Su mirada se había vuelto triste; su expresión, antes viva y alegre, era ahora seria y desesperanzada; sus labios habían olvidado cómo esbozar una sonrisa. Su corazón, a pesar de todo, seguía latiendo, dando vida a un cuerpo que carecía de ella, que quería carecer de ella, desprenderse de todo y morir. Y así sería, justo dentro de una semana.

miércoles, 11 de abril de 2007

1. Miedo en la noche

Y ahora la estaban siguiendo. Lo notaba. Lo sabía. Muchas veces, al volver sola a casa tan tarde, tenía la sensación de que la seguían, y a veces hasta echaba a correr. Pero siempre se convencía de que sólo eran imaginaciones suyas, examinaba la calle minuciosamente y, al no ver a nadie, seguía su marcha un poco más tranquila. Pero esta vez era distinto. Sentía la presencia de otra persona detrás de ella, cada vez más cerca. Miró atrás, pero no vio a nadie en la oscuridad. Siguió andando. Volvió a mirar atrás, a derecha e izquierda, debajo de los coches, y nada. Siguió andando, cada vez más intranquila. Miró atrás por tercera vez, y le pareció ver una sombra moviéndose hacia ella. El corazón cada vez le latía más deprisa. La sombra giró a la derecha y se metió en otra calle, quedando fuera de su vista. Pero seguía allí, esperando a que ella se diera la vuelta para salir y alcanzarla... ¿o quizá no? A lo mejor sólo era alguien que volvía a su casa, igual que ella. O a lo mejor todo había sido producto de su imaginación. Podía ir hasta el cruce y comprobarlo, pero si realmente había alguien allí... no, mejor no tentar la suerte. Dio media vuelta y echó a andar camino a su hogar. Andaba más y más deprisa. De repente echó a correr. Respiraba con dificultad debido a su pésima forma física. Sólo un par de calles más. De pronto, por encima de su agitada respiración, escuchó unas pisadas que no eran las suyas y que se acercaban peligrosamente. Sólo una calle más. Metió la mano en el bolso sin dejar de correr. Palpó el móvil, los kleenex, el monedero, la libreta que siempre llevaba por si tenía que apuntar algo, la barra de labios, la pulsera que se le había roto mientras bailaba frenéticamente... pero, ¿dónde diablos estaban las llaves? Llegó al portal. De pronto lo recordó. Al salir del último bar se había metido las llaves en el bolsillo del abrigo para no volverse loca revolviendo en el bolso delante del portal, como hacía siempre. Metió la temblorosa mano en el bolsillo y, tras varios intentos fallidos, consiguió abrir la puerta. A pesar de no tener fuerzas, la adrenalina le hizo subir los escalones de dos en dos hasta llegar al tercer piso. Allí, tras forcejar nuevamente con la puerta, logró encajar la llave y hacerla girar en la cerradura. Una vez dentro del piso cerró inmediatamente la puerta y corrió todos los cerrojos tan deprisa como pudo. Seguidamente fue al salón, encendiendo todas las luces que encontró en su camino, y se desplomó en el sofá jadeando.