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jueves, 31 de mayo de 2007

4. El piano

De pronto, mientras miraban atentamente las nuevas partituras, una melodía, ligera y alegre, invadió la estancia. Extrañados, intercambiaron miradas.

- ¿Qué es ese ruido? –preguntó finalmente Alicia, una de las alumnas.

- Ah, debe de ser en el piso de al lado, hace poco que lo han vuelto a ocupar... van a poner una academia de idiomas, creo, pero ayer hablé con el chico que lo ha alquilado, que debe de ser el que ha montado el negocio, y me comentó que sabía tocar el piano –respondió el profesor con la calma que le caracterizaba.

- ¡Menos mal! –exclamó Miranda, otra de las alumnas-. Ya pensaba que el piano estaba sonando solo... me estaba empezando a asustar.

- Bueno... tampoco sería la primera vez –dijo el profesor, con tono misterioso.

- ¿¿Qué?? –exclamaron al unísono todos los alumnos, levantando la vista de las partituras.

- Sí, es una curiosa historia, ¿no os la he contado nunca? –interpretó las caras de sorpresa de los alumnos como un “no”-. Bueno, supongo que éste es un buen momento. Fue hace mucho tiempo, en este mismo lugar. Un día de invierno. Estábamos solos en la academia David y yo; David era uno de mis mejores alumnos, y nos habíamos quedado hasta tarde para que hiciera un último ensayo, ya que en pocos días tenía su primer concierto y andaba un poco inseguro. Yo estaba ya en la puerta, esperando a que acabara de recoger para irnos, y entonces empezó a sonar el piano. Pero era un sonido magistral, no podía creerme que David tocara así de bien, me quedé petrificado, junto a la puerta, simplemente escuchando. La música sonó durante unos minutos, luego paró y David apareció en el pasillo. Entonces sí que me quedé petrificado. Le dije que había tocado asombrosamente bien, que había sido una maravilla... pero él estaba muy quieto, muy pálido, y, con voz temblante, me dijo:

“- Yo no estaba tocando el piano. Creía que era usted...”.

- Venga, David, no intentes tomarme el pelo –le respondí yo–. He estado todo el rato aquí esperándote y estamos solos en la academia. Además, tal como has tocado, es para estar orgulloso.

“- No, de verdad, yo estaba en el baño cuando lo he oído. Pensaba que era usted, pero si usted estaba aquí, yo en el baño, y no hay nadie más en la academia...”.

- Antes de que pudiera decir nada más, y para nuestro asombro, el piano volvió a sonar. Majestuosamente, delicadamente, perfectamente. Pero esa no era la cuestión. La cuestión era: ¿quién demonios lo estaba tocando, de qué manos procedía tan maravillosa música? Pensé, evidentemente, que quedaba alguien más en la academia. No tenía sentido, ya que la última clase había acabado hacía más de dos horas y yo había cerrado personalmente todas las habitaciones, pero era la única explicación posible. Decidí resolver el misterio de la manera más lógica y me dirigí, con un tembloroso David detrás de mí, hacia la habitación de donde procedía la música. Era una habitación pequeña: la que está al fondo, según se entra. Ahora la usamos para las clases de guitarra, pero en aquel entonces estaba ocupada por un viejo piano donde los chicos que estaban empezando ensayaban. Llegamos hasta la puerta, y pasó la cosa más asombrosa. En el mismo instante en que la abrí, el piano se volvió a quedar mudo. Allí dentro no había nadie, y todo estaba en su sitio: el piano a mano izquierda, una pizarra al fondo, algunos cuadros, una maceta, la alfombra y varias sillas. Todo en su sitio, todo en orden, como si no hubiera pasado nada del otro mundo. David y yo nos miramos, sin saber qué decir ni qué pensar. Los dos lo habíamos oído claramente, no había lugar a dudas: ese piano que estábamos mirando había emitido música hacía tan sólo unos segundos. Yo estaba perplejo, intentando encontrar un sentido a lo que acababa de pasar, pero David, a mi lado, parecía asustado y preocupado, así que decidí que lo mejor que podíamos hacer era irnos, y yo ya pensaría cómo resolver el misterio en otro momento. Cerré la puerta de la habitación, empezamos a avanzar por el pasillo y... sucedió por tercera vez. El corazón me dio un brinco y luego creí que se me paraba. A mi lado, David, pálido, tembloroso y sudoroso, parecía a punto de derrumbarse, incapaz de seguir sosteniéndose en sus piernas. Era algo totalmente inexplicable. Me dirigí nuevamente a la habitación, abrí la puerta, encendí la luz... y la música cesó. Siempre me he considerado un hombre guiado por la lógica y la razón, y como aquella situación carecía de ambas, decidí que no iba a salir de la academia aquel día hasta hallar una explicación satisfactoria. Le dije a David que se tranquilizara, que al fin y al cabo, aunque aquello fuera algo sobrenatural, cosa que yo me negaba a creer, tampoco nos iba a pasar nada: llevo más de 50 años dedicado en cuerpo y alma a la música, y os aseguro que ésta nunca ha hecho daño a nadie. Cuando conseguí que se calmara, nos pusimos a buscar, primero por la habitación del piano, y luego, desesperados, por toda la academia, algún indicio de que aquello fuera, como yo había empezado a sospechar, una broma de algún alumno o profesor. Pensé que podrían haber hecho una grabación para que, mediante altavoces ocultos, nosotros la escucháramos estando la academia ya casi vacía. Buscamos, buscamos y rebuscamos, levantando macetas y jarrones, mirando detrás de los cuadros, escudriñando cada centímetro del propio piano... pero no encontramos nada. Al final, tras una hora aproximadamente de búsqueda, nos fuimos a casa sin haber encontrado una explicación a lo que había pasado. Al día siguiente, pregunté insistentemente a los otros profesores y a los alumnos si el misterio del piano había sido obra suya. Me dijeron que no una y otra vez. Yo les insistí, pero ellos lo negaron con tanta seriedad que acabé por creerles. Pensé que si aquello había sucedido una vez, podría suceder otra, así que me pasé las siguientes 3 semanas saliendo tarde de la academia, esperando horas depués de que se hubiera ido todo el mundo, pero no pasaba nada. El asunto me tenía bastante obsesionado y al final a mi mujer se le ocurrió algo que podía hacer para intentar hallar una explicación.

- ¿Y qué fue lo que hizo? –preguntó Alicia, que estaba absolutamente maravillada con la historia.

- Mandé una carta a un centro de parapsicología, mi mujer decía que allí podrían darme una explicación, aunque no fuera del todo razonable. Así que les escribí contándoles todo lo que había pasado, y a las pocas semanas llegó la respuesta que, en efecto, no era muy razonable.

- ¿Qué fue lo que le dijeron? -preguntó otro alumno, impaciente.

- Pues... me explicaban que muchos músicos viven la música tan apasionadamente y se dedican a ella con tanta devoción, que no son capaces de abandonarla ni siquiera al morir. Entonces, sus... "almas" se quedan vagando en lugares íntimamente unidos a la música, como una academia. Y, según ellos, eso fue lo que pasó: aquella noche, el alma de un músico que no podía descansar entre tanto silencio decidió regalarnos aquellos maravillosos sonidos. A mí, personalmente, me resulta muy difícil creerme esa historia, pero hasta el momento no he encontrado ninguna otra para explicar lo que pasó. Y lo único que sé es que aquel piano sonó, y los pianos no suenan por sí solos...

- ¿Y ese piano aún está en la academia? -Alicia no podía contener su asombro.

- No, ya no. Hace bastantes años decidimos sustituir todos los instrumentos, porque estaban muy viejos. Ese piano, que no estaba demasiado mal, se lo regalamos a unos amigos de mi mujer, que querían que su hijo pequeño empezara a aficionarse por la música. Pero creo que no lo consiguieron, y que el chico acabó estudiando Filología inglesa... creo que eso fue lo que estudió, la verdad es que hace tiempo que perdimos el contacto con ellos, al niño no le he vuelto a ver desde que tenía unos 10 años -se quedó un momento pensativo-. Y bien, después de este momento de relax -dijo dirigiéndose de nuevo a la clase-, sigamos a lo nuestro...


A tan sólo unos metros de distancia, un escalofrío recorrió el cuerpo de Eduardo. Hacía sólo 3 días que había empezado a llevar algunos muebles al piso contiguo a la academia de música. Había tomado la decisión de montar su propia academia, de inglés y quizá también de algún otro idioma, ya que llevaba un tiempo sin encontrar un buen trabajo y sentía que necesitaba arriesgarse. El piso le pareció bien situado y el alquiler, razonable. Ya tenía pensado cómo iba a distribuir las habitaciones, qué material había que comprar, a cuántos profesores iba a contratar... y, aprovechando que el piso era lo suficientemente grande, decidió trasladar allí el viejo piano que habían comprado sus padres siendo él pequeño. Un regalo bastante inútil, ya que nadie tocó nunca ese piano: ni sabían, ni tenían interés por aprender. Aunque creía recordar que ni siquiera lo habían comprado, sino que algún amigo de sus padres, o de su madre, queriendo deshacerse de él, se lo había regalado. Pero ahora eso era lo de menos. Lo único que Eduardo podía pensar en ese momento, de pie en el pasillo, enfrente de su futura academia, era que en el piso no había nadie, y la ligera y alegre melodía que llegaba claramente a sus oídos parecía proceder de él...

jueves, 10 de mayo de 2007

3. En el andén

Había sido un día como otro cualquiera. Había ido a la facultad y, tras unas cuantas clases, unos ratos de charla con los compañeros y varias horas muertas, me encontraba ya de vuelta a casa. Llegué a la estación abstraída como siempre, pensando en mis cosas; bajé por la escalera mecánica, llegué al andén... y entonces la vi. Era una chica de estatura media, quizá un poco bajita, muy delgada, con el pelo largo y negro y unas facciones tan perfectas que seguro que a muchos hacía volver la cabeza al cruzarse con ella por la calle. Pero yo no me fijé en ella por su extraordinaria belleza, capaz de encandilar con sólo una mirada. No me fijé en ella por la perfección de su peinado, meticulosamente en orden tras largas horas bajo la inclemencia de la climatología primaveral. No me fijé en ella por el llamativo contraste entre el vivo azul turquesa de sus ojos y la mortal palidez de su piel. Ni tampoco por la negrura imposible de sus cabellos, ni por la rígida seriedad con que esperaba la llegada del tren. Me fijé en ella porque la conocía. Y verla allí, después de tanto tiempo, me sorprendió a la vez que sacudió con tanta fuerza la caja fuerte donde guardo esos recuerdos que quisiera olvidar, que éstos emergieron a la superficie llenándome de toda una oleada de sentimientos indeseados que confiaba en no volver a albergar en mi alma.

La última vez que la había visto teníamos 16 años: éramos compañeras de clase en el instituto. Nunca fuimos amigas, pero tampoco nos llevábamos mal: nos saludábamos por las mañanas, hablábamos si teníamos que hablar, y nada más. Ella era la típica chica “popular”, que dirían los americanos, mientras que yo era la típica marginada. Siempre le tuve envidia: era guapa, inteligente y tenía amigos en todas las clases; siempre estaba acompañada y era vista por los profesores como un modelo a imitar. Yo era fea, gorda, no tenía amigos, me pasaba los recreos sola vagando por el patio y muchos de mis compañeros se reían de mí y hacían bromas pesadas a mi costa. A pesar de todo, yo no era completamente infeliz, pues tenía esperanza en el futuro. Pensaba que, como pasa en las series y películas americanas, con el paso de los años cambiarían las tornas y una belleza oculta asomaría a mi cara a la vez que los kilos de más se irían quedando por el camino y, con mi nueva autoestima, llegaría a tener unos cuantos buenos amigos con los que pasar por la vida sin pisar demasiados charcos. Nada más lejos de la realidad. Los años pasaron por mí, y la chica gorda, fea y antisocial del instituto pasó a la universidad, donde las cosas siguieron igual... o incluso peor. Estaba viviendo el futuro, pero no era como había planeado: todo seguía igual, estaba atrapada en una vida de la que no me podía librar, estaba sola y perdida caminando sin rumbo ni destino hacia un horizonte desconocido y tenebroso...

Normalmente conseguía mantener mis inquietudes, miedos e inseguridades a raya. Solía salir a la calle con una sonrisa a medias, seguía teniendo fe en el futuro y me hacía ilusiones pensando que las personas con las que ocasionalmente salía los fines de semana a cenar, al cine o adonde fuera eran en realidad mis amigos. Seguía pensando que las cosas, que mi vida, podía cambiar... hasta que la vi allí, en el andén, y la caja de mis recuerdos se abrió, derramando por mis neuronas todo su contenido, alterando mis sentidos como un jarro de agua fría en mitad de la cálida noche, como una bofetada que te devuelve a la realidad en un momento de histeria incontrolada.

La vi allí, de pie, tan esbelta y bella como la recordaba. Ahora parecía incluso más bella, tal vez debido al cambio de color de su pelo, que yo recordaba rubio. Y me vi a mí a su lado, tan patética como siempre. No tuve el valor de hablarle ni ella se molestó en hablarme a mí, pese a que me había visto y reconocido tan rápidamente como yo a ella. Subimos al mismo vagón y nos sentamos a escasos metros la una de la otra, ella escuchando su música y yo escuchando el tormento de mis pensamientos, agolpándose unos contra otros en mi ya atormentada mente. Recordé todos los malos momentos vividos en el instituto, los insultos, las humillaciones, la tristeza, la soledad. Y pensé en mi vida actual, y seguí viendo tristeza y soledad; al menos mi fuerte carácter había puesto fin para siempre a las burlas y risas de los demás. En ese trayecto en tren me dio tiempo a arrepentirme del camino que había seguido hasta ese momento y a perder la esperanza y la fe en el futuro. Mi vida había cambiado completmente en los 6 años que separaban la última vez que la había visto en el instituto y ese día, pero yo seguía siendo la misma, y si no había logrado cambiar en esos 6 años, ¿por qué habría de hacerlo en los siguientes 6 , o 12, o 25? Jamás lo conseguiría, jamás dejaría de ser la perdedora que siempre había sido. No había esperanza para mí.