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jueves, 10 de mayo de 2007

3. En el andén

Había sido un día como otro cualquiera. Había ido a la facultad y, tras unas cuantas clases, unos ratos de charla con los compañeros y varias horas muertas, me encontraba ya de vuelta a casa. Llegué a la estación abstraída como siempre, pensando en mis cosas; bajé por la escalera mecánica, llegué al andén... y entonces la vi. Era una chica de estatura media, quizá un poco bajita, muy delgada, con el pelo largo y negro y unas facciones tan perfectas que seguro que a muchos hacía volver la cabeza al cruzarse con ella por la calle. Pero yo no me fijé en ella por su extraordinaria belleza, capaz de encandilar con sólo una mirada. No me fijé en ella por la perfección de su peinado, meticulosamente en orden tras largas horas bajo la inclemencia de la climatología primaveral. No me fijé en ella por el llamativo contraste entre el vivo azul turquesa de sus ojos y la mortal palidez de su piel. Ni tampoco por la negrura imposible de sus cabellos, ni por la rígida seriedad con que esperaba la llegada del tren. Me fijé en ella porque la conocía. Y verla allí, después de tanto tiempo, me sorprendió a la vez que sacudió con tanta fuerza la caja fuerte donde guardo esos recuerdos que quisiera olvidar, que éstos emergieron a la superficie llenándome de toda una oleada de sentimientos indeseados que confiaba en no volver a albergar en mi alma.

La última vez que la había visto teníamos 16 años: éramos compañeras de clase en el instituto. Nunca fuimos amigas, pero tampoco nos llevábamos mal: nos saludábamos por las mañanas, hablábamos si teníamos que hablar, y nada más. Ella era la típica chica “popular”, que dirían los americanos, mientras que yo era la típica marginada. Siempre le tuve envidia: era guapa, inteligente y tenía amigos en todas las clases; siempre estaba acompañada y era vista por los profesores como un modelo a imitar. Yo era fea, gorda, no tenía amigos, me pasaba los recreos sola vagando por el patio y muchos de mis compañeros se reían de mí y hacían bromas pesadas a mi costa. A pesar de todo, yo no era completamente infeliz, pues tenía esperanza en el futuro. Pensaba que, como pasa en las series y películas americanas, con el paso de los años cambiarían las tornas y una belleza oculta asomaría a mi cara a la vez que los kilos de más se irían quedando por el camino y, con mi nueva autoestima, llegaría a tener unos cuantos buenos amigos con los que pasar por la vida sin pisar demasiados charcos. Nada más lejos de la realidad. Los años pasaron por mí, y la chica gorda, fea y antisocial del instituto pasó a la universidad, donde las cosas siguieron igual... o incluso peor. Estaba viviendo el futuro, pero no era como había planeado: todo seguía igual, estaba atrapada en una vida de la que no me podía librar, estaba sola y perdida caminando sin rumbo ni destino hacia un horizonte desconocido y tenebroso...

Normalmente conseguía mantener mis inquietudes, miedos e inseguridades a raya. Solía salir a la calle con una sonrisa a medias, seguía teniendo fe en el futuro y me hacía ilusiones pensando que las personas con las que ocasionalmente salía los fines de semana a cenar, al cine o adonde fuera eran en realidad mis amigos. Seguía pensando que las cosas, que mi vida, podía cambiar... hasta que la vi allí, en el andén, y la caja de mis recuerdos se abrió, derramando por mis neuronas todo su contenido, alterando mis sentidos como un jarro de agua fría en mitad de la cálida noche, como una bofetada que te devuelve a la realidad en un momento de histeria incontrolada.

La vi allí, de pie, tan esbelta y bella como la recordaba. Ahora parecía incluso más bella, tal vez debido al cambio de color de su pelo, que yo recordaba rubio. Y me vi a mí a su lado, tan patética como siempre. No tuve el valor de hablarle ni ella se molestó en hablarme a mí, pese a que me había visto y reconocido tan rápidamente como yo a ella. Subimos al mismo vagón y nos sentamos a escasos metros la una de la otra, ella escuchando su música y yo escuchando el tormento de mis pensamientos, agolpándose unos contra otros en mi ya atormentada mente. Recordé todos los malos momentos vividos en el instituto, los insultos, las humillaciones, la tristeza, la soledad. Y pensé en mi vida actual, y seguí viendo tristeza y soledad; al menos mi fuerte carácter había puesto fin para siempre a las burlas y risas de los demás. En ese trayecto en tren me dio tiempo a arrepentirme del camino que había seguido hasta ese momento y a perder la esperanza y la fe en el futuro. Mi vida había cambiado completmente en los 6 años que separaban la última vez que la había visto en el instituto y ese día, pero yo seguía siendo la misma, y si no había logrado cambiar en esos 6 años, ¿por qué habría de hacerlo en los siguientes 6 , o 12, o 25? Jamás lo conseguiría, jamás dejaría de ser la perdedora que siempre había sido. No había esperanza para mí.

10 personas me visitaron y me comentaron:

Mijel... dijo...

"La vida no es un blog cuadriculado, sino una golondrina en movimiento, que no vuelve a los nidos del pasado porque no quiere el viento, porque no quiere, porque no quiere el viento..." J.S.

lo bueno de el pasado es que ya a pasado, y lo mejor del futuro es que podemos cambiarlo, que tu personaje haga su mejor papel que es ser ella misma, no lo ira bien, LE IRA FENOMENAL....

La vida es lo suficientemente corta como para tomarsela con toda la calma del mundo, y vivir muchas vidas, y muchas veces...

Marcos dijo...

Hola. Es fuerte por momentos, pero me gusta el relato.

Un beso

Calaf dijo...

Eeee, perdón. La costumbre. Ya no soy Marcos. Soy Calaf. A ver si consigo un poco de anonimato. Ciao!

Anónimo dijo...

hola... ja soy un anonimo cualquiera entro a ver tu blog... ja me entretuve leyendolo... este me hizo pensar...ja... espero q esa haya sido la intencion... hacer pensar a la gente... buen blog y hasta nunca...=)

629 dijo...

El tiempo es cambio. Hay muchas transformaciones que van más allá de lo físico.
De la mente hablamos.
Con la mente me quedo.

Un abrazo.

Bea dijo...

No hay mejor momento para ser feliz que el presente. De nada sirve esperar, de nada sirve pensar que en el futuro las cosas cambiarán. Carpe diem.

Ojalá que en el próximo andén la protagonista encuentre el lugar donde perder sus inseguridades y haye el momento de empezar a ser feliz.

Saludos

La cónica dijo...

Estupefacción

una vida lo que un sol dijo...

No sé...
Quien narra la historia se mueve en los absolutos.
Y creo que no existen.

Nadie es tan guapo y tan estupendo....
Nadie es tan feo, tan gordo y tan horrible...

Además, ¿qué es la belleza? Una apariencia. No. Es triste pensar que la belleza es sólo lo que se ve.
¿Y el éxito? ¿qué es el éxito?

Besos verdes. Verde esperanza.

La cónica dijo...

Recuerdo de alguien que dijo: No me cambio por nadie. En su situación, era difícil de creer. Lo decía con una sonrisa.
A veces me veo en los espejos que da la vida y me digo: No me cambio por nadie. Es como si tuviera un secreto imposible de compartir. Sólo mío, y que hace sonreír.

Dile a la chica del andén que se mire bien en las lunas del tren. A los ojos. Quizá vea que no se cambia por nadie.

Lalaith dijo...

Mijel: Creo que tienes toda la razón del mundo. O más.

Marcos/Calaf: Gracias! Me gusta tu nueva identidad :)

Invitado: Hasta siempre.

629: El tiempo es cambio, pero hay muchas cosas que ni el tiempo puede cambiar.

Bea: Ojalá, sí. Es verdad: hay que vivir el presente. Quién sabe si habrá un futuro. Gracias por visitarme!

La cónica: Yo tampoco me cambio por nadie. Pero creo que a la chica del andén le gustaría cambiar algunas cosas de sí misma, sin perder su identidad, su esencia. Espero que lo consiga.

Una vida lo que un sol: (Qué nombre tan largo, ¿no te podemos llamar sólo "Sol"?). Tienes razón en lo de los absolutos, pero en momentos de desesperación, todo se exagera hasta el extremo. Al menos a mí me pasa. Y creo que a la chica del andén también. Yo lo que hago es ir a dormir, y al día siguiente lo veo todo más claro y de manera menos radical :)

Besos a todos!