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jueves, 6 de diciembre de 2007

10. Reflexiones a partir de la señora del abrigo de visón

Desde el andén, la señora le preguntó a la chica si el tren pasaba por la estación donde ella tenía que bajarse. La chica le dijo que sí y la señora subió pero, una vez dentro del vagón, volvió a preguntárselo, como para corroborarlo. La chica, una joven estudiante que volvía a casa tras pasar fuera el fin de semana, mochila al hombro, se hubiera fijado en la señora de todos modos por el pequeño perro lanudo que la acompañaba, pero, dada su insistencia preguntando por el destino del tren, como si no terminara de fiarse del todo, reparó además en el conjunto de su persona: unos 50 años, esbelta figura, maquillaje perfecto, pelo con mechas y peinado de peluquería, ropa cara, bolso y maleta de marca y abrigo de visón. Ya sentadas las dos de tal manera que prácticamente estaban la una frente a la otra, la señora del abrigo de visón, viendo que el tren no parecía tener prisa por salir, miró nuevamente a la joven y, con impaciencia, le preguntó qué pasaba, si había una hora de salida, o no, o qué, a lo que la chica respondió que el tren debía de llevar retraso, a la vez que la definía en su mente con sólo dos adjetivos: rica estirada.

El tren no tardó en salir y, a los pocos minutos, el chico rumano sentado no muy lejos de la señora del abrigo de visón y la chica se fijó en el perrito y empezó a emitir esos característicos ruiditos que la gente hace para llamar a un perro que no es el suyo. El perro avanzó hacia él hasta tensar por completo la correa cuyo extremo sujetaba su dueña que, al darse cuenta de la situación, soltó con un simpático gesto para que el can pudiera acercarse y dejarse acariciar por el rumano.

Un poco después apareció en el vagón el mendigo de turno, pidiendo dinero mientras contaba con pena la desgracia de su vida. Todos los pasajeros miraron a otro lado o agacharon la cabeza cuando el mendigo pasó por su lado con la mano extendida; todos menos la señora del abrigo de visón, que abrió su enorme bolso de marca, sacó de él su monedero de piel y entregó al mendigo varias monedas.

Al llegar a su parada, la señora del abrigo de visón se levantó, cogió su bolso y su maleta de marca, agarró la correa del perro y, mientras se dirigía a la puerta, se detuvo un instante delante de la joven estudiante y, dedicándole una sonrisa, le dijo con amabilidad: "Gracias por tu ayuda". La chica, sintiendo una punzada en el corazón a causa de la indignación consigo misma y sintiéndose un poco miserable por haberla juzgado tan fulminantemente, le devolvió como pudo la sonrisa y le respondió, casi sin voz: "De nada". A veces, las apariencias engañan.