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domingo, 21 de diciembre de 2008

20. En el siglo veinte

Recuerdo momentos blancos
con risas y gritos de fondo
Peleas con múltiples bandos
y hombres de aspecto redondo

Recuerdo un peto azul oscuro
sobre un jersey gordo de lana
Despertares sin sueño alguno
y amaneceres por la ventana

Recuerdo el largo trayecto en coche
hasta llegar a Navacerrada
La gran ilusión, casi un derroche
y las caravanas de la temporada

Recuerdo la gran diversión
de resbalar por las laderas
Calcetines de reposición
y el calor de las hogueras

Grandes recuerdos son
en la memoria dosificados
Historias con sabor dulzón
de felices inviernos pasados

lunes, 1 de diciembre de 2008

19. Final inesperado

Él la estaba observando
Ella le vio de pronto
Se reconocieron durante un segundo

Él escondió su sonrisa y ahogó su saludo
Ella había apartado la mirada

Él bajó del tren con tristeza en su corazón y culpa en su conciencia
Ella siguió su camino, absolviéndolos a los dos
Y nunca volvieron a encontrarse

miércoles, 1 de octubre de 2008

18. Desde la calle Alcalá, cientos de ojos miraron juntos al cielo

La noche en blanco, en realidad, no fue para tanto. Yo estuve allí, sé de lo que hablo. Colas interminables para ver museos que se pueden ver, también gratis, cualquier domingo por la mañana. Espectáculos a puerta cerrada para los que había que reservar plaza, siempre demasiado tarde. Pocas, muy pocas, actividades al aire libre, la mayoría de las cuales no llegaron ni a rozar el nivel anunciado con palabras cuidadosamente elegidas y fotos espectaculares.

Pero en medio de tanto alboroto sucedió un pequeño milagro del que muchos formaron parte, aunque pocos fueran conscientes. A la 1 de la madrugada, entre el edificio Cervantes y el Círculo de Bellas Artes, en pleno corazón de Madrid, un renombrado funambulista iba a caminar sobre un cable, a 100 metros de altura y sin niguna medida de seguridad. El espectáculo nunca llegó a producirse, según dijeron, a causa del fuerte viento. Pero sí que sucedió algo espectacular.

Desde las 12:40 hasta la 1:30 la calle Alcalá, la plaza de Cibeles y la Gran Vía se llenaron de vida. Sí, éstas son a diario 3 de las zonas más concurridas de la ciudad, pero esto era distinto. Las personas no iban dispersas por las aceras, en pequeños grupos o a solas, indiferentes o hasta recelosas las unas de las otras. No había prisas ni estrés ni empujones. No se oían los cláxones de los coches ni se respiraba su humo. No. Esa noche todo el mundo era una sola persona, y una sola persona podía sentirse parte de todo el mundo. Parecía que no cabía un alma más, sin embargo no había sensación de agobio. Las personas ocupaban las aceras, la calzada, el césped. Todos estaban allí por la misma razón, y todos compartían la misma emoción y miraban en la misma dirección en el mismo momento. Todos hablaban con todos, se conocieran o no; allí nadie estaba solo. Casi parecía que todos los corazones latían a la vez, al son del mismo compás. Y hacía frío, mucho frío, pero nadie se movía, nadie quería perderse el espectáculo, nadie quería abandonar el gran grupo que allí, inesperadamente, se había formado.

Cerca de la 1:30 todo volvió poco a poco a la normalidad. Tras el anuncio de que el espectáculo se aplazaba y la certeza de que no tendría lugar en absoluto, algunos empezaron a marcharse, desilusionados, en distintas direcciones. Otros se negaron a aceptar la realidad y siguieron allí, la mirada clavada en el fino cable y la esperanza puesta en un súbito cambio meteorológico. Otros, sintiéndose engañados, gritaron y profirieron insultos variados, y después se marcharon, enfadados.

Yo formé parte de esa gran masa humana. Miré al cielo con ilusión, y luego al suelo con decepción. Me alejé del lugar y seguí disfrutando de lo que quedaba de noche. Me frustró mucho pensar que había desperdiciado casi 1 hora allí plantada cuando la podría haber empleado en ir a otros sitios y ver otras cosas. Pero ahora, con ese toque mágico que el paso del tiempo otorga a determinados recuerdos, me alegro de haber estado allí. Fue grandioso.

lunes, 22 de septiembre de 2008

17. Fall



En esta lotería que es la vida

todos los que aún respiramos

deberíamos celebrar con alegría

el haber llegado a un nuevo Otoño

sábado, 30 de agosto de 2008

16. Mi agenda

Tengo una agenda donde apunto el nombre, teléfono y dirección de todas las personas que conozco. Familiares, amigos, compañeros de trabajo, vecinos... todos están ahí. Hay gente a la que sé que nunca llamaré, gente con la que no he tenido, tengo ni tendré una relación cercana, pero está ahí de todas formas. Por si acaso.

He tenido muchas agendas. Grandes, pequeñas, de colores, con dibujos. Siempre llegaba un momento en que había tantos borrones, tachaduras y manchas de tinta, que me compraba otra agenda y me pasaba toda una tarde copiando los datos de la vieja a la nueva, y luego tiraba la vieja, y vuelta a empezar. Hace ya unos años, en un viaje por tierras turcas, vi una agenda que me encantó, y la compré. Cuando me disponía a hacer el traspaso de datos, pensé que me daría mucha pena que esa agenda comprada a miles de kilómetros de distancia y que tanto me gustaba se llenara de borrones, tachaduras y manchas de tinta, así que decidí que escribiría en ella a lápiz, y así ya no tendría que sustituirla nunca.

Hace 3 días se murió la señora Pepa. Era mi vecina desde hacía 17 años, cuando yo me mudé al edificio. La verdad es que la señora Pepa me caía bien, siempre era agradable conmigo, me preguntaba si me pasaba algo cada vez que me veía con cara rara (y yo le decía que no, aunque fuera que sí) y un par de veces me dio un vasito de arroz o un par de huevos que me hacían falta en ese preciso momento. Pero nunca fuimos más que vecinas. Hasta ayer, que fue su funeral, al que fui porque pusieron una nota en el portal y al parecer todos los vecinos iban a ir, no sabía ni siquiera si tenía familia. Resulta que tenía 2 ex-maridos y 3 hijos. El segundo ex-marido, con el que tuvo los hijos, es estadounidense, así que el funeral fue como los hacen ellos, con gente contando anécdotas y comida y bebida al final. Contaron muchas cosas sobre la señora Pepa, como lo mucho que tuvo que esforzarse para hablar inglés (porque al casarse vivió unos años en Estados Unidos con su marido), aunque nunca llegara a saber escribirlo o leerlo. O que todos los años dedicaba buena parte de sus vacaciones a trabajar como voluntaria en distintas ONGs, principalmente cuidando y tratando a enfermos sin recursos (porque, como también supe ayer, era enfermera). O que aprendió a montar en bicicleta a los 35 años, sólo para enseñar a su hija pequeña a hacerlo. O lo ricas que le quedaban las magdalenas... y lo mucho que la enfadaba que alguien le "robara" una antes de que las hubiera colocado, perfectamente alineadas, en la bandeja. O cómo siempre tenía una palabra amable para todo el mundo, aunque ella estuviera pasando un mal día.

Después del funeral, en el catering que se sirvió, todo el mundo seguía recordando historias y casi todos, aun con tristeza, sonreían. Yo no. Yo me limité a vagar por la sala con una copa en la mano, mirando en todas direcciones, preguntándome qué hacía allí y cómo era posible que la mujer que durante 17 años vivió sólo 2 pisos por encima del mío hubiera tenido que morirse para que yo la conociera.

Hace 3 días se murió la señora Pepa. Y no soy capaz de borrarla de mi agenda.

miércoles, 7 de mayo de 2008

15. Cambios

Anoche me pasó algo curioso. Estaba ya en la cama, completamente a oscuras, apunto de quedarme dormido; serían pasadas las 2 de la madrugada. De repente, aún con los ojos cerrados, noté un gran resplandor. Duró menos de un segundo, pero de alguna forma lo vi. Supuse que la farola que está justo enfrente de mi ventana habría pegado un fogonazo, o que habría sido mi imaginación, y me despreocupé del asunto. Pero entonces recordé algo, algo de mi pasado. Recordé que cuando era pequeño tenía miedo de los extraterrestres. Me aterraba que vinieran en mitad de la noche a abducirme y hacerme toda clase de pruebas. Recordé cómo, cada vez que estando en la cama, oía un ruido raro o tenía una sensación extraña, me levantaba y recorría todas las habitaciones de la casa subiendo las persianas y mirando por las ventanas, para asegurarme de que los extraterrestres no estaban ahí. Incluso hubo alguna noche en que no pude dormir pensando que si me dormía, vendrían a por mí. Y pensé lo asustado que habría estado por aquel entonces si en mitad de la noche y con los ojos cerrados hubiera sentido un resplandor. Seguro que me habría muerto de miedo hasta asegurarme de que allí, en el cielo, no había nadie.

Ayer, sin embargo, no sentí miedo. Y el darme cuenta de ello me dio pena, y me quedé dormido sumido en la nostalgia.

sábado, 12 de abril de 2008

14. Starbucks (I)

A las 8:55 Sylvia entró en el café, pidió un latte-pequeño-con-leche-desnatada y se sentó con su vaso y 4 sobres de sacarina en la mesa situada junto a la ventana. Guardó disimuladamente 2 sobres de sacarina en su bolso, se quitó el abrigo verde y vertió el contenido de los otros 2 sobres en el café. Habiendo dormido menos de 5 horas, apenas se daba cuenta de lo que hacía, pero no importaba. Tras 34 días consecutivos realizando exactamente los mismos movimientos, pronunciando las mismas palabras y dirigiéndose hacia los mismos puntos (la barra, la mesa de los extras, su sitio junto a la ventana), su cerebro había desarrollado un sistema de acción mecánica que le permitía realizar su rutina diaria de manera casi inconsciente.

Mientras soplaba su café, miró el reloj: las 8:59. Como todas las mañanas, el corazón empezó a latirle más y más deprisa. A las 9:00 olvidó todo lo que la rodeaba y centró su atención en el portal número 48, al otro lado de la calle. Daniel apareció en escena a los pocos segundos e inició su grácil coreografía de los días de diario: miró al cielo, luego a su reloj, luego a ambos lados de la calle. Cruzó y, mientras Sylvia pensaba lo bien que le quedaba el look estudiadamente despeinado y lo que había mejorado su forma desde que le convenciera, poco antes de romper, para apuntarse al gimnasio, echó la bolsa de basura en el contenedor. A continuación se frotó las manos, tan delicadas como Sylvia las recordaba recorriendo vertiginosamente las teclas del viejo piano, y volvió a cruzar. Avanzó por la acera con paso ágil hasta llegar al portal 52, donde se detuvo. Un par de minutos más tarde su compañero de trabajo salió a su encuentro, y juntos se dirigieron al Ford rojo de Daniel, en cuya elección había participado Sylvia hacía tan sólo 4 meses que ahora parecían siglos. Ambos subieron al coche y Sylvia observó cómo arrancaba, como se ponía en marcha, cómo se alejaba.

Sylvia volvió súbitamente a la realidad y miró nuevamente el reloj: las 9:07. Bebió su café de un solo trago y, tras ponerse el abrigo y depositar el vaso de cartón en la papelera, se marchó.

martes, 19 de febrero de 2008

13. Año 2008. Conversación entre amigas. ¿Conversación?

- ¡Hola! ¿Qué tal?
- Hola. Bien, ¿y tú?
- Bien también. Ayer estuve viendo una exposición de arte contemporáneo.
- Yo estuve en un taller de danza oriental.
- Había un montón de cuadros y esculturas, pero lo que más me gustó fue un tapiz muy original hecho con cerillas.
- Estoy muy cansada, de ayer, es que sin darme cuenta hice mucho ejercicio y no estoy acostumbrada.
- El autor era un chico rumano, muy joven, tiene todavía todo su talento por descubrir.
- Y hoy me levanté con agujetas.
- Espero poder ver algún día una exposición sólo con sus obras.
- Ahora mismo me duelen bastante las piernas y la espalda...
- Pero después de la exposición me llevé un buen susto... estuvieron a punto de robarme el bolso.
- Me he tomado una aspirina hace unos 15 minutos pero aún no me hace efecto.
- Iba caminando hacia el metro y me salieron 2 chicos con navajas.
- Espero que se me pase porque mañana va a ser un día duro en el trabajo.
- Menos mal que pegué un grito y en seguida salieron los de seguridad del metro.
- Resulta que viene el jefazo para ver cómo llevamos el proyecto... y lo llevamos bien, pero tengo que hacer yo la exposición y siempre me pongo muy nerviosa cuando hablo en público.
- Los chicos salieron corriendo y no pudieron cogerles... pero al menos a mí no me hicieron nada, que con esta gente nunca se sabe, lo mismo les doy el bolso y aún así me pegan un navajazo.
- Oye, te tengo que dejar ya, creo que será mejor que vaya a acostarme.
- Así que se quedó sólo en el susto... aún así me costó luego dormir, seguía con el cuerpo en tensión.
- A ver si nos vemos pronto.
- Y hoy llevo todo el día con un sueño... que creo que será mejor que ma vaya ya a la cama.
- Un beso.
- Así que hasta mañana, por lo menos. ¡Un beso!
- ¡Chao!
- Chao.

jueves, 17 de enero de 2008

12. Sunshine days

Desde el otro extremo de la ciudad de Nueva York, algo hizo que Peter descolgara el teléfono y marcara el número de Claire. Se había acordado de ella repentinamente y, puesto que llevaban semanas sin verse, decidió llamarla para charlar un rato.

Claire se había despertado esa mañana sintiéndose terriblemente desdichada. Llevaba 2 semanas de vacaciones en las que no había salido de su apartamento de Queens ni una sola vez. No tenía con quién. No sabía dónde ir. No quería hacer nada. A pesar de todo, se había obligado, como cada día, a levantarse, a meterse en la ducha, a prepararse el desayuno. La mañana había ido avanzando y ella había ido pasando de una cosa a otra, mecánicamente, como si no pasara nada. A la 1 de la tarde, Claire estaba de pie en medio de la cocina con los ojos bañados en lágrimas y el cuchillo de trinchar el pavo firmemente agarrado con la mano derecha y dirigido hacia el antebrazo izquierdo. Y justo en ese momento, sonó el teléfono.

Ver el nombre de Peter en la pantalla del móvil siempre hacía que a Claire se le escapara una sonrisa, y aquel día, además, la llenó de alivio al instante. Tras charlar un poco de cómo les iban las cosas a cada uno (Claire, una vez más, mintió diciendo que estaba bien), quedaron en ir juntos al cine el siguiente fin de semana. Irían al Angelika, como siempre, y verían una película extranjera, como siempre. Después de colgar el teléfono, Claire se sintió más alegre, más animada. Guardó el cuchillo en el cajón y dejó que el resto del día transcurriera con normalidad.

Llegó el fin de semana y, tras pasarse en el baño mucho más tiempo del habitual, Claire salió de casa, radiante y feliz, al encuentro de Peter. Llegó al cine a la hora acordada, pero Peter aún no estaba allí; como era característico de él, llegaba tarde. Pasaron 10 minutos, 15, 20, y Peter no aparecía. Claire, extrañada, decidió llamarle al móvil, pero él no respondía. Esperó 30 minutos más y se fue, pensando simplemente que a Peter se le habría olvidado su cita. Tan despistado como él era, tampoco era algo raro...

De camino al metro, a sólo 2 manzanas del Angelika, había una gran aglomeración de gente mirando algo. Al acercarse a ellos, Claire vio que había habido un accidente. Con un mal presentimiento, se abrió paso entre la multitud hasta llegar a la calzada, justo a tiempo de ver cómo a Peter, tumbado en una camilla, le cubrían la cabeza con una sábana. Claire se quedó allí de pie, con la cara pálida y los ojos desorbitados, incapaz de creer lo que sus ojos estaban viendo. No lloró ni gritó ni intentó avalanzarse sobre el cadáver, simplemente se quedó de pie, inmovilizada, paralizada, horrorizada.

Peter y Claire se habían conocido años atrás en un curso de informática y, aunque no se veían muy a menudo, habían conseguido mantener el contacto desde entonces. Para Peter, Claire era una chica simpática e inteligente con la que siempre pasaba un rato agradable. Para Claire, Peter era la persona más importante del mundo. Había algo en él que, a los ojos de Claire, le hacía sobresalir muy por encima de cualquier otra persona que jamás hubiera conocido, algo que iba más allá del simple enamoramiento. Y además, hacía tan sólo unos días le había salvado la vida. Peter nunca supo ninguna de las 2 cosas. Y lo peor era que Claire ya no podría decírselas jamás.

jueves, 3 de enero de 2008

11. Para empezar bien el año...

Hoy toca hacer limpieza, amigos: éstos son los descuentos con los que liquidamos nuestros silenciosos Ubiks eléctricos. Sí, tiramos la casa por la ventana. Y recuerden: todos nuestros Ubiks han sido usados exclusivamente de acuerdo con las instrucciones.

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Ubik
Philip K. Dick