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sábado, 12 de abril de 2008

14. Starbucks (I)

A las 8:55 Sylvia entró en el café, pidió un latte-pequeño-con-leche-desnatada y se sentó con su vaso y 4 sobres de sacarina en la mesa situada junto a la ventana. Guardó disimuladamente 2 sobres de sacarina en su bolso, se quitó el abrigo verde y vertió el contenido de los otros 2 sobres en el café. Habiendo dormido menos de 5 horas, apenas se daba cuenta de lo que hacía, pero no importaba. Tras 34 días consecutivos realizando exactamente los mismos movimientos, pronunciando las mismas palabras y dirigiéndose hacia los mismos puntos (la barra, la mesa de los extras, su sitio junto a la ventana), su cerebro había desarrollado un sistema de acción mecánica que le permitía realizar su rutina diaria de manera casi inconsciente.

Mientras soplaba su café, miró el reloj: las 8:59. Como todas las mañanas, el corazón empezó a latirle más y más deprisa. A las 9:00 olvidó todo lo que la rodeaba y centró su atención en el portal número 48, al otro lado de la calle. Daniel apareció en escena a los pocos segundos e inició su grácil coreografía de los días de diario: miró al cielo, luego a su reloj, luego a ambos lados de la calle. Cruzó y, mientras Sylvia pensaba lo bien que le quedaba el look estudiadamente despeinado y lo que había mejorado su forma desde que le convenciera, poco antes de romper, para apuntarse al gimnasio, echó la bolsa de basura en el contenedor. A continuación se frotó las manos, tan delicadas como Sylvia las recordaba recorriendo vertiginosamente las teclas del viejo piano, y volvió a cruzar. Avanzó por la acera con paso ágil hasta llegar al portal 52, donde se detuvo. Un par de minutos más tarde su compañero de trabajo salió a su encuentro, y juntos se dirigieron al Ford rojo de Daniel, en cuya elección había participado Sylvia hacía tan sólo 4 meses que ahora parecían siglos. Ambos subieron al coche y Sylvia observó cómo arrancaba, como se ponía en marcha, cómo se alejaba.

Sylvia volvió súbitamente a la realidad y miró nuevamente el reloj: las 9:07. Bebió su café de un solo trago y, tras ponerse el abrigo y depositar el vaso de cartón en la papelera, se marchó.

6 personas me visitaron y me comentaron:

paupablo dijo...

Gracias por pasarte y comentar en mi blog.

Me ha gustado este comienzo, sobre todo por los pequeños detalles a la hora de trazar los personajes :)

una vida lo que un sol dijo...

que chulo Lalaith. Sylvia lo debe estar pasando mal, aunque se haya acostumbrado
ah!
yo tb hago lo de los sobres de sacarina, pero con el azúcar.
pero no se lo digas a nadie eh?
shshshshs...

besete!

Penélope dijo...

Vaya... me encantó. En serio.

Un beso.

mos dijo...

Está claro que Silvya lo está pasando mal. Hay una ruptura por medio. Y un no despegarse del todo que, como una esperanza agarrada a un clavo ardiendo, hace que repita los mismos pasos y vea las mismas escenas desde su urbano mirador con forma de cafetería.
Cuesta abandonar lo insalvable cuando te unen vínculos afectivos. pero sería mejor cambiar de escenario y de visión.
Un saludo de Mos desde la ESFERA.

Sam dijo...

Últimamente me estoy encontrando en un mundo de sensaciones nuevas en relación a los sentimientos, no todo es tan sencillo en la práctica porque creo que nos complicamos nosotros mismos. Desde luego te aseguro que esta historia contribuye a ello, a mi despertar, parece que tuviera aún 14 años...

Besos!

Mijel... dijo...

la pregunta es: ¿A DONDE SE MARCHÓ?.. Bonita historia...
Se debe dejar una pasta en café y por lo menos sabemos que el café no lo quita el sueño... LO QUE DEBE DORMIR... jejeje

Bss