CLICK HERE FOR BLOGGER TEMPLATES AND MYSPACE LAYOUTS »

miércoles, 1 de octubre de 2008

18. Desde la calle Alcalá, cientos de ojos miraron juntos al cielo

La noche en blanco, en realidad, no fue para tanto. Yo estuve allí, sé de lo que hablo. Colas interminables para ver museos que se pueden ver, también gratis, cualquier domingo por la mañana. Espectáculos a puerta cerrada para los que había que reservar plaza, siempre demasiado tarde. Pocas, muy pocas, actividades al aire libre, la mayoría de las cuales no llegaron ni a rozar el nivel anunciado con palabras cuidadosamente elegidas y fotos espectaculares.

Pero en medio de tanto alboroto sucedió un pequeño milagro del que muchos formaron parte, aunque pocos fueran conscientes. A la 1 de la madrugada, entre el edificio Cervantes y el Círculo de Bellas Artes, en pleno corazón de Madrid, un renombrado funambulista iba a caminar sobre un cable, a 100 metros de altura y sin niguna medida de seguridad. El espectáculo nunca llegó a producirse, según dijeron, a causa del fuerte viento. Pero sí que sucedió algo espectacular.

Desde las 12:40 hasta la 1:30 la calle Alcalá, la plaza de Cibeles y la Gran Vía se llenaron de vida. Sí, éstas son a diario 3 de las zonas más concurridas de la ciudad, pero esto era distinto. Las personas no iban dispersas por las aceras, en pequeños grupos o a solas, indiferentes o hasta recelosas las unas de las otras. No había prisas ni estrés ni empujones. No se oían los cláxones de los coches ni se respiraba su humo. No. Esa noche todo el mundo era una sola persona, y una sola persona podía sentirse parte de todo el mundo. Parecía que no cabía un alma más, sin embargo no había sensación de agobio. Las personas ocupaban las aceras, la calzada, el césped. Todos estaban allí por la misma razón, y todos compartían la misma emoción y miraban en la misma dirección en el mismo momento. Todos hablaban con todos, se conocieran o no; allí nadie estaba solo. Casi parecía que todos los corazones latían a la vez, al son del mismo compás. Y hacía frío, mucho frío, pero nadie se movía, nadie quería perderse el espectáculo, nadie quería abandonar el gran grupo que allí, inesperadamente, se había formado.

Cerca de la 1:30 todo volvió poco a poco a la normalidad. Tras el anuncio de que el espectáculo se aplazaba y la certeza de que no tendría lugar en absoluto, algunos empezaron a marcharse, desilusionados, en distintas direcciones. Otros se negaron a aceptar la realidad y siguieron allí, la mirada clavada en el fino cable y la esperanza puesta en un súbito cambio meteorológico. Otros, sintiéndose engañados, gritaron y profirieron insultos variados, y después se marcharon, enfadados.

Yo formé parte de esa gran masa humana. Miré al cielo con ilusión, y luego al suelo con decepción. Me alejé del lugar y seguí disfrutando de lo que quedaba de noche. Me frustró mucho pensar que había desperdiciado casi 1 hora allí plantada cuando la podría haber empleado en ir a otros sitios y ver otras cosas. Pero ahora, con ese toque mágico que el paso del tiempo otorga a determinados recuerdos, me alegro de haber estado allí. Fue grandioso.

2 personas me visitaron y me comentaron:

La gata Roma dijo...

Aquí también hicimos hace unas semanas la Noche en blanco. Parecido a lo que cuentas, y también se crearon raros momentos de cohesión social, de esa que aparece de vez en cuando y…
precioso relato.
Kisses

Mijel... dijo...

La verdad... pues... quizás lo sientieras así, pero ¿te imaginas que durara para siempre?... BUFFF yo me agobio, prefiero mi soledad. Aun así, el cometido de la "noche en blanco" era eso, la sensación de que todo mundo salga y que la "marea humana" (título de un libro de Benjamín Prado, totalmente recomendable) se lo pase bien y sientan una identidad, por lo menos esa noche. Aunque... no se si esa identidad fuera cultural, pero eso es otra historia.