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miércoles, 11 de noviembre de 2009

34. Inesperado

Definitivamente, la estaba mirando más de lo normal. Con más atención, más veces, durante más rato. La miraba, se quedaba pensativo y escribía un par de líneas más en su cuaderno. También miraba a más gente, claro, es inevitable mirar a los demás cuando se viaja en tren. Pero las miradas a ella no eran casuales.

Ella se había levantado ese día demasiado temprano. Había desayunado deprisa, se había vestido sin ganas y había salido a la calle sintiéndose un poquito peor a cada paso que daba. Llegó a la estación, subió al tren y se sentó en el primer asiento que pudo. Se alegró cuando la anciana, tras pararse unos segundos a su lado, siguió caminando hacia el otro extremo del vagón: no se sentía con energías para levantarse. Ni siquiera tenía fuerzas para sacar de su mochila el libro que tan enganchada la tenía, así que simplemente se encajó los auriculares en los oídos y se dispuso a mirar por ventana. Una parada después, subió él. Se sentó casi enfrente de ella por azar, y empezó a mirarla y a escribir en un cuaderno. A mirarla y a escribir en un cuaderno.

Ella se bajó del tren sonriendo a la nada. Todo el mundo se preguntó en el trabajo qué le habría pasado para llegar tan contenta un martes por la mañana. Esa noche fue la primera en semanas que pudo dormir del tirón. Al día siguiente... fue otro día.