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miércoles, 29 de diciembre de 2010

49. Una vida, y otra por vivir

Nació tal día como hoy en un remoto pueblo de Castilla y León. Su madre rompió aguas mientras preparaba la cena y, antes de que a su padre le diera tiempo de ir a buscar a la matrona, cayó de cabeza sobre las baldosas de la cocina. Así, con menos de un minuto de vida, ya tenía una anécdota que contar durante años a propios y extraños.

Fue la penúltima de 6 hermanos y vivió buena parte de su infancia en un piso en el que a duras penas cabían todos. Fue la primera de las chicas en acceder a estudios superiores, y de su paso por la Escuela de Enfermería le quedaron historias como para escribir un libro, tanto por la cantidad como por la peculiaridad. Mi favorita es la de la noche en que, estando ella de guardia en una especie de hospital público (aún no existía la Seguridad Social), se escapó un enfermo psiquiátrico que nunca debería haber acabado allí. Ella, siendo estudiante de 2º, estaba a cargo de la situación, ya que el resto del personal lo componían una monja sin titulación de ningún tipo, un médico que se atrincheraba en su despacho para dormir tranquilamente al que no era recomendable despertar y una estudiante de 1º. Tras avisar a la policía y pasar unas horas de inquietud, el loco apareció a poca distancia del hospital, persiguiendo a las gallinas de un asustado vecino.

Tras acabar sus estudios pasó muchos años trabajando en la sección de maternidad, cuidando de bebés prematuros, viéndoles crecer hasta estar listos para irse a casa. Era su auténtica vocación, y con mucha pena acabó cambiando los agotadores turnos del hospital por un trabajo mucho más adaptado a las necesidades de la vida familiar en el ambulatorio de su barrio. La última doctora con la que trabajo allí, pasando consulta, no soportaba sus maneras algo autoritarias ni sus contestaciones cargadas de pura verdad, pero al final fue esa doctora la que organizó la comida de despedida y pidió el dinero para los regalos.

Trabajó incansablemente cuando las condiciones eran buenas, y también cuando fueron malas. En Navidades, durante sus días de vacaciones, se dedicaba a cuidar a los sobrinos que aprovechaban los días sin clase para coger una buena gripe, entre los que solía encontrarme. También me cuidó cuando pasé un mes hospitalizada, con 11 años, a causa de una variedad de neumonía que dejó varios muertos en pocos meses. Viajó todos los fines de semana para estar conmigo en el hospital y que mis padres pudieran ir a casa a descansar, con la tranquilidad de que ella se quedaba vigilándome.

Hoy tía Esther cumple 65 años, y se jubila. Felicidades, enhorabuena y gracias por todo. Esperamos que te queden otros tantos de disfrute, descanso y tranquilidad.

jueves, 9 de diciembre de 2010

48. Pensamientos de invierno (I)

Este impulso irresistible de saltar a la vía
un segundo antes de que pase el tren,
¿cuánto tiempo más conseguiré frenarlo?

lunes, 29 de noviembre de 2010

47. Vidas

Como cada día, de 9 a 3, me siento detrás del mostrador y sonrío, saludo, atiendo, agradezco y despido. La gente viene y se va. Hombres, mujeres, jóvenes, ancianos, blancos, negros, nativos y extranjeros. Hablan distintos idiomas, quieren distintas cosas. Algunos no tienen o no usan la educación, y salen de mi memoria tan pronto como de mi vista. La mayoría, sin embargo, se comporta de un modo normal: gente estándar con un modo de conducta socialmente aceptado y unas barreras bien marcadas que no traspasarían jamás. Son todas iguales, hablan con una voz plana carente de toda emoción, con un tono ni alto ni bajo, no gesticulan y su vestimenta pasaría completamente desapercibida en cualquier ciudad moderna y civilizada. Y luego... luego están los otros, los que destacan y perduran en mis recuerdos, más o menos tiempo. Una sonrisa sincera, unas palabras amables, un gesto de espontánea simpatía o un comentario cargado de súbita complicidad resultan en una cara que se queda grabada en el apartado de cosas buenas del día. Por esos otros merece la pena seguir detrás del mostrador, día tras día, de 9 a 3. Pero esas personas llegan, sonríen, saludan, preguntan, agradecen... y se van. Ninguna se queda.

lunes, 1 de noviembre de 2010

46. Hogares cruzados

Despierta la Plaza Mayor fría y mojada, aún oscura porque las altas torres que la protegen lo hacen también de los primeros rayos del Sol. Las pocas personas que la atraviesan a tan temprana hora lo hacen a toda velocidad, huyendo del ya invernal frío, intentando recuperar el tiempo apurado en casa apretando entre sueños la humeante taza de café o colocando con delicado esmero cada mechón de pelo frente al espejo.

A esta hora es otra plaza. No es la que acaparan turistas de tierras cercanas y lejanas, cámara en mano, mirando de un lado a otro mientras tratan de inmortalizar cada rincón. No es la que aparece en las postales, bulliciosa y luminosa, con sus comercios abiertos de par en par y sus terrazas abarrotadas de residentes y foráneos, sonrientes entre bebidas, tapas y animada conversación.

A esta hora irracional las protagonistas son otras. Levantan apenas un palmo del suelo y avanzan a su ritmo escalonado, aprovechando la escasez de apresurados pasos que normalmente las espantan. Al contrario de lo que a simple vista parece, si se las observa con un poco de atención se aprecia que cada una es diferente, casi con su propia personalidad. Las hay que parecen nerviosas, que avanzan a carreras e intentan acaparar el poco pan que cada mañana les sirve de desayuno a todas. Otras son más tímidas y asustadizas, se van quedando rezagadas y se alejan con presteza a la mínima señal de alerta. Las hay realmente bellas que, como si fueran conscientes de su atractivo, caminan con la cabeza bien alta y el pecho bien fuera, y otras un poco feas, portadoras de una mala mezcla de colores o despeluchadas, quizá, tras una pelea de la que salieron mal paradas. Hoy, además, ha venido una coja: avanza dando saltos, apoyándose sólo en una extremidad mientras la otra queda siempre en el aire.

Dentro de unas horas, o incluso en menos de una, dejarán el empedrado suelo a personas de todas las edades y nacionalidades, que se sentirán como en casa en tan acogedor emplazamiento. Pero por el momento, y como cada mañana, la Plaza Mayor, la otra plaza, quizá la más auténtica, pertenece a las palomas.

sábado, 10 de julio de 2010

45. Ajuste de cuentas

Miguel llevaba varias semanas sin poder dormir. Todo el mundo achacaba su insomnio al accidente que casi le cuesta la vida: una experiencia tan traumática tenía que dejar secuelas. Él no decía nada y dejaba que los demás le compadecieran, viéndole como la indefensa víctima de un conductor temerario, como un pobre chico angustiado al revivir cada noche el terror sufrido al sentir la muerte tan cerca. Pero en su interior conocía la verdadera causa de sus noches en vela y sabía que, aunque su origen coincidía con la fecha del accidente, no tenía nada que ver con el hecho de haber estado a punto de morir.

Todo sucedió una noche de sábado. Había pasado la tarde en casa de su novia y, tras una buena cena seguida de una larga sobremesa, volvía a casa en su bicicleta. Eran cerca de las 2 de la madrugada y pedaleaba tranquilo, disfrutando del silencio de la noche y de la agradable temperatura primaveral. Estaba abstraído en sus pensamientos cuando, en la distancia, vio a Marta caminando por la acera, sola y despreocupada, avanzando a paso rápido como ella solía hacer.

Su visión le nubló la vista, le heló la sangre y le aceleró el corazón, todo en menos de un segundo. Para evitar que ella le viera la cara, con el riesgo de que sus miradas se cruzaran, se puso a pedalear tan rápidamente como pudo, con la intención de sobrepasarla antes de que ella pudiera percatarse de su presencia. Pasó por su lado a toda velocidad, pensando sólo en el momento de llegar a casa y ahogar los recuerdos en alcohol. Iba tan deprisa y tan nervioso que ni se dio cuenta de que se acercaba al cruce, ni vio el semáforo en rojo, ni oyó el coche que le venía por la derecha. Estaba en el suelo sintiendo un dolor insoportable, con varias fracturas y cubierto de sangre antes de saber lo que había pasado.

Desde su lamentable posición vio acercarse a Marta que, paradójicamente, había ralentizado el paso. Se dirigió hacia él con toda la parsimonia del mundo y se detuvo a su lado, mirándolo con curiosidad mientras una ligerísima sonrisa se dibujaba en sus labios. Muy lentamente, sin cambiar el gesto, apagó su reproductor de música, se quitó primero un auricular y luego el otro y lo guardó todo en el bolsillo de su cazadora. Miguel, llorando de dolor, intentó suplicarle que llamara a una ambulancia, decirle que no podía moverse, pero no le salía la voz. Marta abrió tranquilamente su bolso, sacó su teléfono móvil y se dispuso a hacer una llamada. Miguel oyó cómo decía que acababa de presenciar un accidente, que había un chico herido en la carretera, que el coche que lo había atropellado se había dado a la fuga. Dio la dirección de la calle en la que se encontraban y, tras observarlo más minuciosamente, respondió a las preguntas que le hacían al otro lado de la línea. Tras dar las gracias, colgó el teléfono y lo volvió a guardar. Lo que pasó a continuación se quedó grabado a fuego en la mente de Miguel y era la razón por la que se despertaba, aterrado y sudoroso, cuando tras horas de dar vueltas en la cama por fin conseguía dormirse.

Tras guardar el teléfono con total tranquilidad, Marta se agachó al lado de Miguel, se inclinó sobre su cabeza y, sonriendo, le dijo, en un terrible susurro apenas audible: "Si queda algo de justicia en este mundo, no llegarán a tiempo." La infinita maldad de aquella frase traspasó el corazón de Miguel y le dolió más que todas las heridas que competían por consumir su vida. Marta volvió a incorporarse sin dejar de mirarlo, se colocó de nuevo los auriculares del reproductor de música y se alejó como si nada hubiera pasado. La ambulancia llegó a tiempo y, tras varias operaciones y unas semanas en el hospital, Miguel se recuperó y fue dado de alta.

Ahora, en sus noches de insomnio, revivía una y otra vez la escena de Marta inclinándose sobre él y diciéndole aquella frase envenenada. No se sacaba la cara de su cabeza, aquella cara que por unos segundos se llenó de odio y crueldad. Miguel sabía que aquello no había sido más que el reflejo del odio que él sentía hacia sí mismo y la crueldad con la que, premeditadamente, había tratado a Marta tiempo atrás. En esas largas noches de insomnio, Miguel pensaba con frecuencia que Marta, dondequiera que estuviese, podría sentirse satisfecha, ya que sí quedaba algo de justicia en el mundo: a pesar de su recuperación física, nunca más pudo volver a dormir tranquilo, y las heridad abiertas en su alma aquella noche no cicatrizaron jamás.

lunes, 14 de junio de 2010

44. Ausencia

Subo al vagón, como cada mañana, con los madrugadores habituales. Todos nos conocemos ya, aunque nunca hablamos. Inmediatamente nuestras miradas buscan el rincón de las dependientas. Ayer faltaron y hoy sólo han venido dos: la de las mechas imposibles y la del tic nervioso. Falta la morena. El inédito silencio de sus compañeras confirma nuestras peores sospechas. Su asiento queda vacio durante cinco paradas. En la sexta lo ocupa un joven que nunca viaja a esta hora. Al igual que nosotros, jamás cruzó una palabra con la morena. Pero hoy es el único que no la echa de menos.

sábado, 29 de mayo de 2010

43. Apariencias

Lo miraba fijamente y le hablaba de política. Que si la cosa está mal, que si deberían hacer esto en vez de aquello, que si a dónde vamos a llegar. Era un hombre de mediana edad y aspecto normal. Vestía un traje gris con camisa y corbata, todo impecablemente planchado, y calzaba zapatos negros, limpios y, a simple vista, bastante nuevos. No le temblaba la voz al hablar y reforzaba sus sólidos argumentos con discretos, aunque enérgicos, movimientos de ambos brazos, sin perder ni por un segundo su postura erguida. Iba bien peinado y parecía recién afeitado. Nadie que se hubiera cruzado con él habría pensado nada raro. Nadie que se lo hubiera encontrado en un ascensor habría sentido temor o inquietud. Nadie que le hubiera mirado a los ojos le habría calificado de loco.

Y sin embargo allí estaba él, sentado en un banco en una agradable mañana primaveral, contradiciendo todos los instintos, poniendo en tela de juicio todas las valoraciones. Mirarle era ver a un hombre absolutamente normal. Casi resultaba siniestra la naturalidad con que le hablaba a aquel árbol.

domingo, 9 de mayo de 2010

42. Vórtice

En el fondo del armario, detrás de la ropa que hacía años que no se ponía pero aún así guardaba "por si acaso" y bajo una pila de libros regalados que nunca leería, apareció la caja. Una caja rectangular, de tamaño mediano, hecha de madera y con un dibujo artesanal de un elefante en la tapa. Hacía mucho tiempo que había escondido la caja ahí, poco después se había olvidado de ella por completo y, ahora, ahí estaba de nuevo. Llevaba unos 10 minutos mirándola fijamente con una mezcla de expectación y terror que le impedía mover un solo músculo. Ni siquiera se acordaba exactamente de lo que había en su interior pero sabía que eran símbolos de recuerdos que no quería recordar. Por eso los había guardado en la caja y había escondido ésta en el fondo del armario. No le cabía duda de que jamás podría deshacerse de esos recuerdos pero en su momento pensó, con gran acierto, que si conseguía de algún modo sacárselos de la cabeza y guardarlos en un lugar seguro y oculto, el efecto sería el mismo que si los hubiera olvidado, lo que a su vez era casi igual que no haberlos vivido en absoluto.

Pero ahora, gracias a su compulsivo afán por limpiar y ordenar, había decidido vaciar todo el armario para hacer una limpieza a fondo, tirar cosas viejas y establecer un nuevo orden entre lo que se quedara. Y en pleno proceso, apareció la dichosa caja...

domingo, 18 de abril de 2010

41. Helena

Nos conocimos hace 11 años en el sótano de un edificio hoy demolido. Intereses comunes nos llevaron allí, pero eso no importa. Éramos en total 20 personas pero ella no eligió prolongar la relación fuera del aula con ninguna de las otras 18, sólo conmigo. Conmigo, sabiendo desde el principio cómo era y cómo no. Estrechamos nuestra amistad a lo largo de los meses. Se acoplaba con frecuencia a mis planes sin ser invitada, pero no me importaba: al principio, disfrutaba de su compañía. Intentó sin éxito robarme algunos amigos y compartió conmigo los suyos, que en aquella época se contaban con los dedos de una mano. Pasamos años compartiendo además momentos, horas de charla y mutuo interés.

Un día, ella empezó a cambiar su manera de ver el mundo y en la nueva concepción yo no encajaba. Llegó a ofenderme con sus palabras y a herirme con sus actos, pero yo me hacía la sorda, la ciega, la tonta. Creía equivocadamente que el alma que yo había conocido seguía allí, en algún lugar dentro de ella. Le presenté al que sería su amor y ninguno de los dos reconoció mi acierto ni me dio las gracias. Empecé a hartarme, pero aún así nunca dejé de incluirla en mis planes, a pesar de que ella hacía tiempo que había dejado de participar en ellos.

Otro día, de repente, dejó de hablarme. El delito que cometí lo ignoro: ella, que presumía de sinceridad absoluta y de bondad sin límites, me desterró sin darme explicaciones ni motivos. Sí se los dio en cambio a cualquiera que, extrañado, le preguntara qué había pasado, para escuchar a continuación y no sin asombro una sarta de improperios e insultos sin precedentes. Ella, que presumía de sinceridad absoluta y de bondad sin límites.

Hoy, tras años de ausencia, he vuelto a tener noticias de sus últimas acciones y su paradero: negocios oscuros con gente de su calaña y una estancia indefinida bajo tierra. No diré que mereció su trágico final, pues no soy quién para juzgar el destino de nadie. Sólo sé que de manera póstuma y para mi sorpresa, consiguió despertar en mí un sentimiento totalmente inédito: la más absoluta indiferencia. Esta mañana he leído su nombre y la noticia que lo seguía en el periódico, he visto su foto y no he sentido nada. Que descanse en paz o no ya no me importa.

domingo, 21 de marzo de 2010

40. Rodilleras rosas

Era una mañana estupenda: las nubes tapaban la incipiente primavera, pero dejaban pasar el calor y retenían las gotas de lluvia de forma suficientemente amenazadora como para que no hubiera demasiada gente. Gente había, siempre la hay pase lo que pase, pero no tanta como para no poder estar a gusto. Había ciclistas vestidos más o menos profesionalmente, patinadores desde patosos hasta flipados, turistas de tierras cercanas y lejanas, padres jugando al balón con hijos que apenas se sostenían en pie, abuelas haciendo un poco de ejercicio, enfermos postrados en sillas de ruedas tomando un poco de aire, perros correteando alegremente...

Todo el mundo parecía feliz. Todo el mundo. Incluso el joven enfermo mental a quien su padre colocó delante de uno de los monumentos más llamativos del lugar para sacar una foto; probablemente no era consciente de nada, no sabría ni quién era él ni quién ese hombre que hincaba una rodilla en el suelo y le miraba a través de un pequeño aparato negro, no sabría dónde estaba ni por qué era importante aquel lugar, pero aún así, aunque fuera imposible, parecía feliz aquella mañana.

Los niños reían. Unos, debido a la representación de marionetas que se llevaba a cabo en un extremo del parque, como todos los sábados. Otros, porque disfrutaban del tiempo compartido con sus padres, prácticamente ausentes el resto de la semana. Había un grupito que asistía a una clase de patinaje y de vez en cuando uno se caía al suelo, provocando simpáticas risas de sus compañeros y la suya propia.

Era una mañana estupenda y todo el mundo parecía feliz. Y yo avanzaba por la pista sonriendo, pensando que cualquiera que me viera pensaría, también, que yo parecía feliz. Aunque no lo fuera.

lunes, 1 de marzo de 2010

39. Pensamientos en la nieve II

En cada subida, una pregunta esperanzada: ¿cuándo comemos?

En alguna bajada, una inquietud morbosa: como resbale y me caiga, me puedo matar.

En la parada, una revelación placentera: merece la pena.

lunes, 15 de febrero de 2010

38. Ochenta y nueve

Era un sábado como otro cualquiera, y llovía. En casa había poco que hacer: no podíamos pasar la tarde viendo DVDs ni haciendo zapping por decenas de canales, no podíamos jugar a la consola, no podíamos pasar el rato navegando por Internet. No es que se hubiera ido la luz, es que eran los 80. El muro de Berlín estaba tan intacto como las Torres Gemelas de Nueva York, necesitábamos pasaporte para ir a Portugal y el concepto de "teléfono móvil" era pura ciencia-ficción.

Era un sábado como otro cualquiera para mucha gente, pero no para mí: aquella tarde iba a ir al cine. Por primera vez. Tenía 4 años y me había pasado los días anteriores haciendo preguntas y esperando ansiosa que llegara la tarde del sábado para disfrutar del gran acontecimiento. Así que después de comer y dormir la siesta, mis padres me vistieron para la ocasión y nos fuimos los 3 al centro comercial. Una vez allí nos dirigimos a unas taquillas que ya no existen y, con las entradas y un buen paquete de palomitas, entramos en una de las salas que ahora llevan años cerradas.

Recuerdo que, nada más entrar, todo me fascinaba: la pantalla al fondo, enorme e imponente; las butacas de terciopelo rojo perfectamente alineadas; las paredes sobrias con los aparatosos altavoces colgados; el acomodador, serio e impecablemente vestido... fue como entrar en otra dimensión. En la sala había muchos más niños y antes de empezar la película todo era alboroto. Seguro que muchos de ellos también estaban allí por primera vez.

Nos sentamos en nuestras butacas y yo no podía estarme quieta de la excitación. Descubrí que si separaba mucho las piernas y al mismo tiempo pegaba la espalda al respaldo el asiento se subía, dejándome semiatrapada, y me hacía tanta gracia que no podía dejar de hacerlo, una y otra vez.
De repente se apagaron las luces, y los padres hicieron callar a sus hijos. Las 2 horas siguientes fueron de absoluto disfrute. La sala entera actuaba como si todas las personas fueran una: nos emocionábamos a la vez, nos reíamos a la vez, exclamábamos "¡ooooh!" a la vez. Pasado un rato se acabaron las palomitas y, otro rato después, tras el final feliz y el "The End", se encendieron otra vez las luces y nos tuvimos que ir. Volví a casa saltando y narrando a mis padres las escenas que más me habían gustado, como si ellos no hubieran estado allí también. Fue un día grandioso. Con 4 años y en los 80, pocas cosas podían superar una tarde en el cine.

Hoy, más de 2 décadas después, he vuelto a ver 101 Dálmatas. Con mejor imagen, mejor sonido y más comodidad. Evidentemente, no ha sido lo mismo... en los 80 fue mucho mejor.

sábado, 23 de enero de 2010

37. Al calor del verano

Había sido un día terrible. Desde luego no estaba para fiestas, pero llevaba tanto tiempo esperando ese concierto que decidí quedarme de todas formas e intentar disfrutarlo. Hice un esfuerzo titánico para no ceder a la amargura y el enfado y, una hora antes de tiempo, allí estaba yo, en segunda fila, completamente sola y rodeada de extraños. Entonces, de repente, de ninguna parte, apareciste tú, también solo. Te plantaste a mi lado por casualidad, cerveza en mano, y te quedaste allí esperando, escuchando a ese otro grupo que parecía bueno y cuyo nombre, seguramente, también habrás olvidado. Pero cuando ellos -¡Ellos!- salieron al escenario, te transformaste ante el rabillo de mi ojo. Empezaste a bailar y saltar tan frenéticamente que me contagiaste ese entusiasmo solitario y empecé yo también, por qué no, a entregarme en cuerpo y alma a las melodías y a la emoción. Fueron 70 minutos de absoluta felicidad, cantando a pleno pulmón, expresándome sin importarme, por una vez, lo que pensaran los demás. El concierto fue absolutamente magnífico, y sé que no lo habría disfrutado tanto de no haber sido por la compañía que tu soledad hizo a la mía.

No me atreví a hablarte porque pensé que cabía la posibilidad de que fueras un borde, un antipático o un gilipollas, y en ese momento no podría haber soportado otra decepción más. No creo que fueras ninguna de las tres cosas, y si alguna vez mi mirada vuelve a toparse con tus ojos azul turquesa, me lanzaré a averiguarlo. Y te daré las gracias por aquella tarde.

domingo, 3 de enero de 2010

36. Mediodía en el lugar donde se cruzan las vías

Tocaban esa animada melodía que Jack Lemmon y Tony Curtis, vestidos de mujer, ensayan con el resto de la banda en un extremo del vagón del tren que les lleva a la soleada Florida en Some like it hot! (Con faldas y a lo loco). Eran unos tipos tan normales como los que pasean al trabajo con su maletín o los que los fines de semana van en chándal al supermercado. Pero tocaban esa música y me hicieron pensar en Jack Lemmon, y en un instante olvidé mi prisa y mi indecisión sobre si abrir o no el paraguas en una incipiente lluvia de esas que no se notan pero te acaban mojando y me quedé allí, sonriendo como una tonta, evocando imágenes en blanco y negro. Al cabo de un rato eché, insólita acción en mi persona, unas monedas en la funda de guitarra abierta en el suelo delante de ellos, sintiéndome en parte obligada a ello por haber grabado un pequeño vídeo de su actuación con mi móvil. Luego descubrí que, debido a mi torpeza, en realidad no había grabado nada, y casi me alegré. Más sinceridad en esas monedas, pensé. La vida en la ciudad esconde estos pequeños momentos de placer inesperado. Seguí mi camino con un paso más relajado, el paraguas colgando de mi muñeca y la música aún resonando en mi cabeza, con la imagen de fondo de un contrabajo agujereado girando sobre sí mismo una y otra vez, una y otra vez...