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sábado, 23 de enero de 2010

37. Al calor del verano

Había sido un día terrible. Desde luego no estaba para fiestas, pero llevaba tanto tiempo esperando ese concierto que decidí quedarme de todas formas e intentar disfrutarlo. Hice un esfuerzo titánico para no ceder a la amargura y el enfado y, una hora antes de tiempo, allí estaba yo, en segunda fila, completamente sola y rodeada de extraños. Entonces, de repente, de ninguna parte, apareciste tú, también solo. Te plantaste a mi lado por casualidad, cerveza en mano, y te quedaste allí esperando, escuchando a ese otro grupo que parecía bueno y cuyo nombre, seguramente, también habrás olvidado. Pero cuando ellos -¡Ellos!- salieron al escenario, te transformaste ante el rabillo de mi ojo. Empezaste a bailar y saltar tan frenéticamente que me contagiaste ese entusiasmo solitario y empecé yo también, por qué no, a entregarme en cuerpo y alma a las melodías y a la emoción. Fueron 70 minutos de absoluta felicidad, cantando a pleno pulmón, expresándome sin importarme, por una vez, lo que pensaran los demás. El concierto fue absolutamente magnífico, y sé que no lo habría disfrutado tanto de no haber sido por la compañía que tu soledad hizo a la mía.

No me atreví a hablarte porque pensé que cabía la posibilidad de que fueras un borde, un antipático o un gilipollas, y en ese momento no podría haber soportado otra decepción más. No creo que fueras ninguna de las tres cosas, y si alguna vez mi mirada vuelve a toparse con tus ojos azul turquesa, me lanzaré a averiguarlo. Y te daré las gracias por aquella tarde.

domingo, 3 de enero de 2010

36. Mediodía en el lugar donde se cruzan las vías

Tocaban esa animada melodía que Jack Lemmon y Tony Curtis, vestidos de mujer, ensayan con el resto de la banda en un extremo del vagón del tren que les lleva a la soleada Florida en Some like it hot! (Con faldas y a lo loco). Eran unos tipos tan normales como los que pasean al trabajo con su maletín o los que los fines de semana van en chándal al supermercado. Pero tocaban esa música y me hicieron pensar en Jack Lemmon, y en un instante olvidé mi prisa y mi indecisión sobre si abrir o no el paraguas en una incipiente lluvia de esas que no se notan pero te acaban mojando y me quedé allí, sonriendo como una tonta, evocando imágenes en blanco y negro. Al cabo de un rato eché, insólita acción en mi persona, unas monedas en la funda de guitarra abierta en el suelo delante de ellos, sintiéndome en parte obligada a ello por haber grabado un pequeño vídeo de su actuación con mi móvil. Luego descubrí que, debido a mi torpeza, en realidad no había grabado nada, y casi me alegré. Más sinceridad en esas monedas, pensé. La vida en la ciudad esconde estos pequeños momentos de placer inesperado. Seguí mi camino con un paso más relajado, el paraguas colgando de mi muñeca y la música aún resonando en mi cabeza, con la imagen de fondo de un contrabajo agujereado girando sobre sí mismo una y otra vez, una y otra vez...