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lunes, 15 de febrero de 2010

38. Ochenta y nueve

Era un sábado como otro cualquiera, y llovía. En casa había poco que hacer: no podíamos pasar la tarde viendo DVDs ni haciendo zapping por decenas de canales, no podíamos jugar a la consola, no podíamos pasar el rato navegando por Internet. No es que se hubiera ido la luz, es que eran los 80. El muro de Berlín estaba tan intacto como las Torres Gemelas de Nueva York, necesitábamos pasaporte para ir a Portugal y el concepto de "teléfono móvil" era pura ciencia-ficción.

Era un sábado como otro cualquiera para mucha gente, pero no para mí: aquella tarde iba a ir al cine. Por primera vez. Tenía 4 años y me había pasado los días anteriores haciendo preguntas y esperando ansiosa que llegara la tarde del sábado para disfrutar del gran acontecimiento. Así que después de comer y dormir la siesta, mis padres me vistieron para la ocasión y nos fuimos los 3 al centro comercial. Una vez allí nos dirigimos a unas taquillas que ya no existen y, con las entradas y un buen paquete de palomitas, entramos en una de las salas que ahora llevan años cerradas.

Recuerdo que, nada más entrar, todo me fascinaba: la pantalla al fondo, enorme e imponente; las butacas de terciopelo rojo perfectamente alineadas; las paredes sobrias con los aparatosos altavoces colgados; el acomodador, serio e impecablemente vestido... fue como entrar en otra dimensión. En la sala había muchos más niños y antes de empezar la película todo era alboroto. Seguro que muchos de ellos también estaban allí por primera vez.

Nos sentamos en nuestras butacas y yo no podía estarme quieta de la excitación. Descubrí que si separaba mucho las piernas y al mismo tiempo pegaba la espalda al respaldo el asiento se subía, dejándome semiatrapada, y me hacía tanta gracia que no podía dejar de hacerlo, una y otra vez.
De repente se apagaron las luces, y los padres hicieron callar a sus hijos. Las 2 horas siguientes fueron de absoluto disfrute. La sala entera actuaba como si todas las personas fueran una: nos emocionábamos a la vez, nos reíamos a la vez, exclamábamos "¡ooooh!" a la vez. Pasado un rato se acabaron las palomitas y, otro rato después, tras el final feliz y el "The End", se encendieron otra vez las luces y nos tuvimos que ir. Volví a casa saltando y narrando a mis padres las escenas que más me habían gustado, como si ellos no hubieran estado allí también. Fue un día grandioso. Con 4 años y en los 80, pocas cosas podían superar una tarde en el cine.

Hoy, más de 2 décadas después, he vuelto a ver 101 Dálmatas. Con mejor imagen, mejor sonido y más comodidad. Evidentemente, no ha sido lo mismo... en los 80 fue mucho mejor.