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domingo, 21 de marzo de 2010

40. Rodilleras rosas

Era una mañana estupenda: las nubes tapaban la incipiente primavera, pero dejaban pasar el calor y retenían las gotas de lluvia de forma suficientemente amenazadora como para que no hubiera demasiada gente. Gente había, siempre la hay pase lo que pase, pero no tanta como para no poder estar a gusto. Había ciclistas vestidos más o menos profesionalmente, patinadores desde patosos hasta flipados, turistas de tierras cercanas y lejanas, padres jugando al balón con hijos que apenas se sostenían en pie, abuelas haciendo un poco de ejercicio, enfermos postrados en sillas de ruedas tomando un poco de aire, perros correteando alegremente...

Todo el mundo parecía feliz. Todo el mundo. Incluso el joven enfermo mental a quien su padre colocó delante de uno de los monumentos más llamativos del lugar para sacar una foto; probablemente no era consciente de nada, no sabría ni quién era él ni quién ese hombre que hincaba una rodilla en el suelo y le miraba a través de un pequeño aparato negro, no sabría dónde estaba ni por qué era importante aquel lugar, pero aún así, aunque fuera imposible, parecía feliz aquella mañana.

Los niños reían. Unos, debido a la representación de marionetas que se llevaba a cabo en un extremo del parque, como todos los sábados. Otros, porque disfrutaban del tiempo compartido con sus padres, prácticamente ausentes el resto de la semana. Había un grupito que asistía a una clase de patinaje y de vez en cuando uno se caía al suelo, provocando simpáticas risas de sus compañeros y la suya propia.

Era una mañana estupenda y todo el mundo parecía feliz. Y yo avanzaba por la pista sonriendo, pensando que cualquiera que me viera pensaría, también, que yo parecía feliz. Aunque no lo fuera.

lunes, 1 de marzo de 2010

39. Pensamientos en la nieve II

En cada subida, una pregunta esperanzada: ¿cuándo comemos?

En alguna bajada, una inquietud morbosa: como resbale y me caiga, me puedo matar.

En la parada, una revelación placentera: merece la pena.