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domingo, 18 de abril de 2010

41. Helena

Nos conocimos hace 11 años en el sótano de un edificio hoy demolido. Intereses comunes nos llevaron allí, pero eso no importa. Éramos en total 20 personas pero ella no eligió prolongar la relación fuera del aula con ninguna de las otras 18, sólo conmigo. Conmigo, sabiendo desde el principio cómo era y cómo no. Estrechamos nuestra amistad a lo largo de los meses. Se acoplaba con frecuencia a mis planes sin ser invitada, pero no me importaba: al principio, disfrutaba de su compañía. Intentó sin éxito robarme algunos amigos y compartió conmigo los suyos, que en aquella época se contaban con los dedos de una mano. Pasamos años compartiendo además momentos, horas de charla y mutuo interés.

Un día, ella empezó a cambiar su manera de ver el mundo y en la nueva concepción yo no encajaba. Llegó a ofenderme con sus palabras y a herirme con sus actos, pero yo me hacía la sorda, la ciega, la tonta. Creía equivocadamente que el alma que yo había conocido seguía allí, en algún lugar dentro de ella. Le presenté al que sería su amor y ninguno de los dos reconoció mi acierto ni me dio las gracias. Empecé a hartarme, pero aún así nunca dejé de incluirla en mis planes, a pesar de que ella hacía tiempo que había dejado de participar en ellos.

Otro día, de repente, dejó de hablarme. El delito que cometí lo ignoro: ella, que presumía de sinceridad absoluta y de bondad sin límites, me desterró sin darme explicaciones ni motivos. Sí se los dio en cambio a cualquiera que, extrañado, le preguntara qué había pasado, para escuchar a continuación y no sin asombro una sarta de improperios e insultos sin precedentes. Ella, que presumía de sinceridad absoluta y de bondad sin límites.

Hoy, tras años de ausencia, he vuelto a tener noticias de sus últimas acciones y su paradero: negocios oscuros con gente de su calaña y una estancia indefinida bajo tierra. No diré que mereció su trágico final, pues no soy quién para juzgar el destino de nadie. Sólo sé que de manera póstuma y para mi sorpresa, consiguió despertar en mí un sentimiento totalmente inédito: la más absoluta indiferencia. Esta mañana he leído su nombre y la noticia que lo seguía en el periódico, he visto su foto y no he sentido nada. Que descanse en paz o no ya no me importa.