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sábado, 29 de mayo de 2010

43. Apariencias

Lo miraba fijamente y le hablaba de política. Que si la cosa está mal, que si deberían hacer esto en vez de aquello, que si a dónde vamos a llegar. Era un hombre de mediana edad y aspecto normal. Vestía un traje gris con camisa y corbata, todo impecablemente planchado, y calzaba zapatos negros, limpios y, a simple vista, bastante nuevos. No le temblaba la voz al hablar y reforzaba sus sólidos argumentos con discretos, aunque enérgicos, movimientos de ambos brazos, sin perder ni por un segundo su postura erguida. Iba bien peinado y parecía recién afeitado. Nadie que se hubiera cruzado con él habría pensado nada raro. Nadie que se lo hubiera encontrado en un ascensor habría sentido temor o inquietud. Nadie que le hubiera mirado a los ojos le habría calificado de loco.

Y sin embargo allí estaba él, sentado en un banco en una agradable mañana primaveral, contradiciendo todos los instintos, poniendo en tela de juicio todas las valoraciones. Mirarle era ver a un hombre absolutamente normal. Casi resultaba siniestra la naturalidad con que le hablaba a aquel árbol.

domingo, 9 de mayo de 2010

42. Vórtice

En el fondo del armario, detrás de la ropa que hacía años que no se ponía pero aún así guardaba "por si acaso" y bajo una pila de libros regalados que nunca leería, apareció la caja. Una caja rectangular, de tamaño mediano, hecha de madera y con un dibujo artesanal de un elefante en la tapa. Hacía mucho tiempo que había escondido la caja ahí, poco después se había olvidado de ella por completo y, ahora, ahí estaba de nuevo. Llevaba unos 10 minutos mirándola fijamente con una mezcla de expectación y terror que le impedía mover un solo músculo. Ni siquiera se acordaba exactamente de lo que había en su interior pero sabía que eran símbolos de recuerdos que no quería recordar. Por eso los había guardado en la caja y había escondido ésta en el fondo del armario. No le cabía duda de que jamás podría deshacerse de esos recuerdos pero en su momento pensó, con gran acierto, que si conseguía de algún modo sacárselos de la cabeza y guardarlos en un lugar seguro y oculto, el efecto sería el mismo que si los hubiera olvidado, lo que a su vez era casi igual que no haberlos vivido en absoluto.

Pero ahora, gracias a su compulsivo afán por limpiar y ordenar, había decidido vaciar todo el armario para hacer una limpieza a fondo, tirar cosas viejas y establecer un nuevo orden entre lo que se quedara. Y en pleno proceso, apareció la dichosa caja...