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sábado, 10 de julio de 2010

45. Ajuste de cuentas

Miguel llevaba varias semanas sin poder dormir. Todo el mundo achacaba su insomnio al accidente que casi le cuesta la vida: una experiencia tan traumática tenía que dejar secuelas. Él no decía nada y dejaba que los demás le compadecieran, viéndole como la indefensa víctima de un conductor temerario, como un pobre chico angustiado al revivir cada noche el terror sufrido al sentir la muerte tan cerca. Pero en su interior conocía la verdadera causa de sus noches en vela y sabía que, aunque su origen coincidía con la fecha del accidente, no tenía nada que ver con el hecho de haber estado a punto de morir.

Todo sucedió una noche de sábado. Había pasado la tarde en casa de su novia y, tras una buena cena seguida de una larga sobremesa, volvía a casa en su bicicleta. Eran cerca de las 2 de la madrugada y pedaleaba tranquilo, disfrutando del silencio de la noche y de la agradable temperatura primaveral. Estaba abstraído en sus pensamientos cuando, en la distancia, vio a Marta caminando por la acera, sola y despreocupada, avanzando a paso rápido como ella solía hacer.

Su visión le nubló la vista, le heló la sangre y le aceleró el corazón, todo en menos de un segundo. Para evitar que ella le viera la cara, con el riesgo de que sus miradas se cruzaran, se puso a pedalear tan rápidamente como pudo, con la intención de sobrepasarla antes de que ella pudiera percatarse de su presencia. Pasó por su lado a toda velocidad, pensando sólo en el momento de llegar a casa y ahogar los recuerdos en alcohol. Iba tan deprisa y tan nervioso que ni se dio cuenta de que se acercaba al cruce, ni vio el semáforo en rojo, ni oyó el coche que le venía por la derecha. Estaba en el suelo sintiendo un dolor insoportable, con varias fracturas y cubierto de sangre antes de saber lo que había pasado.

Desde su lamentable posición vio acercarse a Marta que, paradójicamente, había ralentizado el paso. Se dirigió hacia él con toda la parsimonia del mundo y se detuvo a su lado, mirándolo con curiosidad mientras una ligerísima sonrisa se dibujaba en sus labios. Muy lentamente, sin cambiar el gesto, apagó su reproductor de música, se quitó primero un auricular y luego el otro y lo guardó todo en el bolsillo de su cazadora. Miguel, llorando de dolor, intentó suplicarle que llamara a una ambulancia, decirle que no podía moverse, pero no le salía la voz. Marta abrió tranquilamente su bolso, sacó su teléfono móvil y se dispuso a hacer una llamada. Miguel oyó cómo decía que acababa de presenciar un accidente, que había un chico herido en la carretera, que el coche que lo había atropellado se había dado a la fuga. Dio la dirección de la calle en la que se encontraban y, tras observarlo más minuciosamente, respondió a las preguntas que le hacían al otro lado de la línea. Tras dar las gracias, colgó el teléfono y lo volvió a guardar. Lo que pasó a continuación se quedó grabado a fuego en la mente de Miguel y era la razón por la que se despertaba, aterrado y sudoroso, cuando tras horas de dar vueltas en la cama por fin conseguía dormirse.

Tras guardar el teléfono con total tranquilidad, Marta se agachó al lado de Miguel, se inclinó sobre su cabeza y, sonriendo, le dijo, en un terrible susurro apenas audible: "Si queda algo de justicia en este mundo, no llegarán a tiempo." La infinita maldad de aquella frase traspasó el corazón de Miguel y le dolió más que todas las heridas que competían por consumir su vida. Marta volvió a incorporarse sin dejar de mirarlo, se colocó de nuevo los auriculares del reproductor de música y se alejó como si nada hubiera pasado. La ambulancia llegó a tiempo y, tras varias operaciones y unas semanas en el hospital, Miguel se recuperó y fue dado de alta.

Ahora, en sus noches de insomnio, revivía una y otra vez la escena de Marta inclinándose sobre él y diciéndole aquella frase envenenada. No se sacaba la cara de su cabeza, aquella cara que por unos segundos se llenó de odio y crueldad. Miguel sabía que aquello no había sido más que el reflejo del odio que él sentía hacia sí mismo y la crueldad con la que, premeditadamente, había tratado a Marta tiempo atrás. En esas largas noches de insomnio, Miguel pensaba con frecuencia que Marta, dondequiera que estuviese, podría sentirse satisfecha, ya que sí quedaba algo de justicia en el mundo: a pesar de su recuperación física, nunca más pudo volver a dormir tranquilo, y las heridad abiertas en su alma aquella noche no cicatrizaron jamás.