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lunes, 29 de noviembre de 2010

47. Vidas

Como cada día, de 9 a 3, me siento detrás del mostrador y sonrío, saludo, atiendo, agradezco y despido. La gente viene y se va. Hombres, mujeres, jóvenes, ancianos, blancos, negros, nativos y extranjeros. Hablan distintos idiomas, quieren distintas cosas. Algunos no tienen o no usan la educación, y salen de mi memoria tan pronto como de mi vista. La mayoría, sin embargo, se comporta de un modo normal: gente estándar con un modo de conducta socialmente aceptado y unas barreras bien marcadas que no traspasarían jamás. Son todas iguales, hablan con una voz plana carente de toda emoción, con un tono ni alto ni bajo, no gesticulan y su vestimenta pasaría completamente desapercibida en cualquier ciudad moderna y civilizada. Y luego... luego están los otros, los que destacan y perduran en mis recuerdos, más o menos tiempo. Una sonrisa sincera, unas palabras amables, un gesto de espontánea simpatía o un comentario cargado de súbita complicidad resultan en una cara que se queda grabada en el apartado de cosas buenas del día. Por esos otros merece la pena seguir detrás del mostrador, día tras día, de 9 a 3. Pero esas personas llegan, sonríen, saludan, preguntan, agradecen... y se van. Ninguna se queda.

lunes, 1 de noviembre de 2010

46. Hogares cruzados

Despierta la Plaza Mayor fría y mojada, aún oscura porque las altas torres que la protegen lo hacen también de los primeros rayos del Sol. Las pocas personas que la atraviesan a tan temprana hora lo hacen a toda velocidad, huyendo del ya invernal frío, intentando recuperar el tiempo apurado en casa apretando entre sueños la humeante taza de café o colocando con delicado esmero cada mechón de pelo frente al espejo.

A esta hora es otra plaza. No es la que acaparan turistas de tierras cercanas y lejanas, cámara en mano, mirando de un lado a otro mientras tratan de inmortalizar cada rincón. No es la que aparece en las postales, bulliciosa y luminosa, con sus comercios abiertos de par en par y sus terrazas abarrotadas de residentes y foráneos, sonrientes entre bebidas, tapas y animada conversación.

A esta hora irracional las protagonistas son otras. Levantan apenas un palmo del suelo y avanzan a su ritmo escalonado, aprovechando la escasez de apresurados pasos que normalmente las espantan. Al contrario de lo que a simple vista parece, si se las observa con un poco de atención se aprecia que cada una es diferente, casi con su propia personalidad. Las hay que parecen nerviosas, que avanzan a carreras e intentan acaparar el poco pan que cada mañana les sirve de desayuno a todas. Otras son más tímidas y asustadizas, se van quedando rezagadas y se alejan con presteza a la mínima señal de alerta. Las hay realmente bellas que, como si fueran conscientes de su atractivo, caminan con la cabeza bien alta y el pecho bien fuera, y otras un poco feas, portadoras de una mala mezcla de colores o despeluchadas, quizá, tras una pelea de la que salieron mal paradas. Hoy, además, ha venido una coja: avanza dando saltos, apoyándose sólo en una extremidad mientras la otra queda siempre en el aire.

Dentro de unas horas, o incluso en menos de una, dejarán el empedrado suelo a personas de todas las edades y nacionalidades, que se sentirán como en casa en tan acogedor emplazamiento. Pero por el momento, y como cada mañana, la Plaza Mayor, la otra plaza, quizá la más auténtica, pertenece a las palomas.