Como cada día, de 9 a 3, me siento detrás del mostrador y sonrío, saludo, atiendo, agradezco y despido. La gente viene y se va. Hombres, mujeres, jóvenes, ancianos, blancos, negros, nativos y extranjeros. Hablan distintos idiomas, quieren distintas cosas. Algunos no tienen o no usan la educación, y salen de mi memoria tan pronto como de mi vista. La mayoría, sin embargo, se comporta de un modo normal: gente estándar con un modo de conducta socialmente aceptado y unas barreras bien marcadas que no traspasarían jamás. Son todas iguales, hablan con una voz plana carente de toda emoción, con un tono ni alto ni bajo, no gesticulan y su vestimenta pasaría completamente desapercibida en cualquier ciudad moderna y civilizada. Y luego... luego están los otros, los que destacan y perduran en mis recuerdos, más o menos tiempo. Una sonrisa sincera, unas palabras amables, un gesto de espontánea simpatía o un comentario cargado de súbita complicidad resultan en una cara que se queda grabada en el apartado de cosas buenas del día. Por esos otros merece la pena seguir detrás del mostrador, día tras día, de 9 a 3. Pero esas personas llegan, sonríen, saludan, preguntan, agradecen... y se van. Ninguna se queda.
Sobrevolando la Polinesia Meridional
Hace 2 horas

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las diferencias son lo que de verdad vale la pena
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