CLICK HERE FOR BLOGGER TEMPLATES AND MYSPACE LAYOUTS »

martes, 1 de noviembre de 2011

53. A ras de suelo

Fueron uno de los pocos buenos recuerdos que me quedaron de un viaje en el que demasiadas cosas salieron mal.


Las compré un día especialmente malo. Iba andando por una calle cuesta arriba, a sólo unos metros del mar y de esa playa que nunca pisé, cuando una de tantas tiendas llamó mi atención. Entré inmediatamente para tratar de distraerme durante un rato y dejar de pensar en tantos problemas sin solución que se agolpaban en mi mente y competían por agotar todas mis energías.


Fue como entrar en otra dimensión. En el peculiar establecimiento abrigos de plumas compartían el espacio con coloridas chanclas, y en el mismo expositor, junto a la ropa deportiva y urbana, había también llamativas camisas hawaianas, pantalones hippies y veraniegos tops. La pared izquierda aparecía llena de tablas de surf y la derecha exhibía, en una estantería, varios modelos de cascos de moto. Una cascada artificial formaba parte de la decoración, que evocaba, pese a todo, ambientes tropicales. Y justo detrás de ella, al fondo, estaba el rincón de los zapatos, en el que irremediablemente acabé unos minutos más tarde con la certeza de que saldría de allí con un bulto de más y dinero de menos.


Mi primera opción fueron unas sandalias de cuña, pero no me las pude llevar porque sólo quedaba un par y por alguna razón cada pie era de un número distinto. Así que volví a mirar y me fijé más detenidamente en las botitas de fresas. Me habían llamado la atención desde el principio porque eran raras, originales y diferentes, y por esas mismas razones no me veía con ellas. Aún así me las probé, me miré y anduve con ellas puestas, me las quité y seguí mirándolas. Decidí que me encantaban y finalmente, aunque no eran de mi estilo, me las llevé.


Me las puse aquel verano porque, aunque me parecía que pegaban más en épocas más frías, aún quedaban semanas para el cambio de estación y no podía esperar tanto tiempo para salir con ellas a la calle. Me las puse aquel otoño y aquel invierno, y al comienzo de la primavera. Me las puse con pantalones largos y con vaqueros cortos, con faldas y con vestidos, en los días de lluvia y en los de sol. Me las puse en días especiales y los que no lo eran mejoraban por llevarlas puestas. Le daban un toque de originalidad a mi vestuario, que por lo demás pasaba bastante desapercibido. Me gustaba esa nota de color, ese toque diferente que nadie esperaba encontrar en alguien como yo y aparecía por sorpresa al bajar la mirada al suelo. De alguna manera, al ponérmelas, también en mi actitud se empezaron a colar pequeños toques raros de mi personalidad, toques que siempre han formado parte de mí pero que siempre, como mi vestuario, he hecho pasar desapercibidos.


Pero, de tanto ponérmelas, me di cuenta el segundo invierno de que estaban empezando a romperse. Era sólo por dentro, se empezó a desgarrar la tela interna y cada vez que me las ponía acababa sacando un trocito del material que daba rigidez a la caña. Aunque era algo incómodo, no me importaba porque por fuera no se notaba. Pasaron así aquel segundo invierno y al llegar la primavera comprobé que los daños habían ido a más. La izquierda tenía la parte inferior del talón muy desgastada y descolorida, y la derecha, aparte de eso, mostraba un pequeño agujerito. No quise darle más vueltas y simplemente las guardé de nuevo, con las cosas del frío, hasta que volviera el otoño.


Y el otoño llegó hace unas semanas. Saqué de nuevo las botitas y me las puse un par de días sin mirarles los talones. Irónicamente, su final estaba justo ahí, iban andando como si nada con la muerte en los talones. El día que por fin los miré se me encogió el corazón: no era un agujerito y la tela desgastada, eran un par de desgarrones y un roto de tamaño considerable. Intenté negar la evidencia, me convencí de que me las podía poner con pantalones largos y no se notaría, pensé en mil maneras de arreglarlas, pero todo eran ilusiones, engaños, falacias. No había nada que hacer.


Desde hace dos semanas, soy una absurda incapaz de tirar unas botas rotas. Siguen en el armario, delante de las deportivas negras, al lado de los zapatos de hebillas, con los talones hacia atrás, disimulando. Las he intentado tirar 4 veces y siempre acaban volviendo al armario. Las saco, las miro, me digo que ha llegado su momento y las llevo hasta el cubo de la basura; las pongo encima, suspendidas en el aire, y en el último momento, cuando estoy a punto de abrir la mano y dejarlas caer, cuando están a un instante de convertirse en residuos orgánicos por toda la eternidad, simplemente no puedo hacerlo y las vuelvo a llevar al armario.


Antes de tenerlas era una persona gris que temía salirse de lo normal y siempre actuaba según el patrón establecido. Ellas me dieron un toque de color, exterior e interiormente. Con ellas me convertí, por fin, en la persona que me gusta ser, aunque no siempre sea la persona que a los demás les gusta que sea.


Hoy he intentado tirar mis botitas de fresas por última vez. Puede que nunca me las vuelva a poner y es probable que no vuelvan a pisar la calle. A lo mejor es verdad que sólo soy una absurda incapaz de tirar unas botas rotas. Pero, una vez más, me da igual: se van a quedar conmigo. Para siempre.

3 personas me visitaron y me comentaron:

oligoqueto dijo...

Hay objetos que tienen alma y da mucha pena deshacerse de ellos. Mientras no derive en un síndrome de Diógenes no es nada grave...

Ahora, yo te recomiendo que te des una vuelta por Fuencarral y busques unas sustitutas adecuadas. Por eso de que una mancha de mora con otra verde se quita, que a veces funciona y más cuando el objeto del que te deshaces es inanimado...

Saludos.

Lalaith dijo...

Sí, sustitutas ya tienen, pero no es lo mismo... También he visto que podría comprar por Internet otro par exactamente igual, estuve a punto de hacerlo pero al final me contuve. Perderían su encanto.

Yo creo que lo superaré.

Saludos!

Martha dijo...

Me has recordardo a un meme que hice hace tiempo en el que preguntaban si tenías alguna prenda que fueras incapaz de tirar...este post es la respuesta perfecta para aquella pregunta!^^

La verdad es que te entiendo...hay objetos que, por mucho que no sean más que un bien material, terminaran convirtiéndose en un algo importante para nosotros...lo suficientemente importante como para no tirarlo nunca. ^^

Besicos!