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domingo, 18 de diciembre de 2011

54. Tarde de gimnasio

Se acercó a ella, precisamente a ella, porque era la única persona que no hacía nada: sólo esperaba, sin hablar con nadie ni mirar ningún cartel ni mandar mensajes a través del móvil. Le sonrió ligeramente y le preguntó, con educación, si estaba esperando para la clase de Pilates. Ella le dijo que sí, él dio las gracias, poco después llegó el monitor, pasaron a la sala, dieron la clase, y eso fue todo.
***


Ese día había llegado muy pronto: se aburría en casa, así que salió con mucha antelación y fue dando un lento paseo hasta su destino. Aún así llegó antes de tiempo, así que se preparó y no le quedó más remedio que esperar pacientemente a la puerta de la sala. Llevaba unos minutos pensando en sus cosas cuando un chico más o menos de su estatura, delgado y bastante guapo la sacó de su ensimismamiento. "Perdona, ¿estás esperando para Pilates?" - le preguntó. Ella respondió que sí y se le quedó mirando mientras él le daba las gracias e iba a apoyarse en la pared de enfrente para esperar.

Le había reconocido al instante y tardó menos de un minuto en recordar su nombre: Mario. Se habían conocido hacía 5 años en un curso en el que ambos se inscribieron. Durante 10 meses asistieron a la misma clase 2 veces por semana, e incluso se fueron juntos a cenar al final del curso, con el resto de sus compañeros. 10 meses viéndose, saludándose, compartiendo el mismo aula, respirando el mismo aire. Y 5 años después... nada. Ni el más mínimo atisbo de reconocimiento, ni la menor sospecha de familiaridad: nada. Ella recordaba que era el mediano de 3 hermanos, que le apasionaba el jazz, que nunca bebía alcohol, y él no era capaz siquiera de recordar su cara.

Llegó el monitor y pasaron a la sala para comenzar la clase de Pilates. Todos menos ella: en el
último momento se dio la vuelta y volvió al vestuario, donde se cambió de ropa para regresar a casa. De repente se sentía muy cansada, muy triste, muy mayor. Era otra vez la misma historia y no le apetecía, no podía seguir adelante fingiendo que no pasaba nada, que todo iba bien.

Decidió, a pesar de todo, no ponerse demasiado dramática y volver a casa dando un paseo aún más largo, pensando que el aire fresco le vendría bien. Recordó algunos momentos vividos
con Mario y con los otros compañeros de aquel curso; eran recuerdos agridulces ya que lo había pasado muy bien pero al final no había mantenido el contacto con nadie. Al cabo de un rato pensó en sus amigos, en los muchos buenos momentos que había pasado con ellos y en los que estaban aún por llegar. No eran muchos y no los veía muy a menudo, pero se sentía feliz de tenerlos en su vida, aunque no estuvieran tan presentes como a ella le gustaría.

Al cabo de una hora, sintiéndose más animada, se encaminó por fin a su casa. Sacó el móvil para llamar a una de sus mejores amigas, necesitaba sentir el contacto de alguien querido. Tenía demasiadas emociones en su interior: tristeza, baja autoestima, cansancio, miedo, una débil esperanza... ni siquiera se dio cuenta de que estaba cruzando la calle. No escuchó el sonido del cláxon ni fue consciente del impacto hasta que se encontró tendida en el suelo, cubierta de su propia sangre, sintiendo que la vida la abandonaba precipitadamente. El coche se dio a la fuga y la calle estaba desierta, así que se quedó tendida en el asfalto, muriendo sola, tal como había vivido. El móvil había salido disparado y ni siquiera podía verlo: no podía llamar a nadie, y tampoco le salía la voz para gritar pidiendo auxilio. Su agonía duró 28 minutos, al cabo de los cuales sus sentidos se apagaron y murió.

***

Una hora y 28 minutos después, tras una intensa clase de Pilates y una larga y merecida ducha, Mario salía del gimnasio, satisfecho por el trabajo hecho y deseando llegar a casa para cenar con su novia. De repente, sin saber por qué, sintió un profundo malestar, una punzante angustia se apoderó de él. Duró sólo un instante pero el sentimiento fue tan intenso que le hizo estremecerse de la cabeza a los pies. Llegó al coche algo inquieto, pero se convenció a sí mismo de que lo que fuera que había sentido había sido provocado, con toda seguridad, por la hora de ejercicio que había practicado después de tanto tiempo llevando una vida sedentaria. Pero, después de todo, había merecido la pena, le había gustado la clase de Pilates... ahora que lo pensaba, no recordaba haber visto en la sala a la chica con la que había hablado unos minutos antes de entrar. No se habría fijado bien, supuso, o quizá la chica había decidido finalmente no entrar. Qué más daba. Puso en marcha el coche y se alejó del gimnasio, guardando inconscientemente el recuerdo de la chica y la extraña angustia que había experimentado en un rincón de su mente, de donde no volverían a salir jamás.




2 personas me visitaron y me comentaron:

Martha dijo...

Jo...se me ha puesto la piel de gallina...
No tengo más palabras...

1 beso!

Zyanya Ponce dijo...

Fue como si primero estuviera en su mente y PUM de la nada cambió; así de rápido como el impacto que sufrió la chica.