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martes, 5 de noviembre de 2013

61. Aniversario

Hoy hace un año que nos conocimos, ¿recuerdas? Era mi primer día en la oficina y estaba aterrorizada: temía cometer algún terrible error, hacer el ridículo de alguna manera o simplemente, como me ha pasado tantas veces, no encajar. Coincidimos brevemente en el cuarto de las fotocopias y me sonreíste con una alegría que disipó en un momento todos mis miedos. El resto del día transcurrió con normalidad, no pasó nada terrible y todo el mundo fue simpático y amable. Al acabar la jornada me entretuve mucho más tiempo del necesario recogiendo mis cosas: no te había visto salir y quería que volviéramos a coincidir, tenía que comprobar si podía pasar algo entre tú y yo. Finalmente, cuando por fin acabaste con lo tuyo, te abordé en el ascensor haciéndome la despistada, como si hubiéramos coincidido por pura casualidad. Invertí todo mi valor en preguntarte inocentemente si te apetecía ir a tomar un café antes de volver a casa. Cuando dijiste que sí sentí una felicidad tan pura, tan infantil y tan profunda que hasta el tiempo pareció detenerse para que pudiera deleitarme por un instante en tan intenso sentimiento.

Después del primer café hubo muchos otros, algunos para acabar animadas veladas entre risas y confidencias tras una buena cena, otros para empezar con energía un nuevo día, juntos tras una larga noche sin mucho descanso. Además de cafés ha habido mucho más: interminables paseos por esta ciudad que tanto me gusta, viajes a tierras cercanas y lejanas, sesiones de cine, conciertos de rock, muchas risas y alguna que otra pelea sin importancia. Han ido pasando los días y hoy, justo hoy, se cumple un año desde el primero.

Pero no celebraremos nada. No reservaremos mesa en el restaurante en el que tuvimos nuestra primera cita seria, no intercambiaremos regalos, no nos pondremos nerviosos pensando en compromisos futuros. No acabaremos la noche juntos ni despertaremos mañana en la misma cama, cansados y felices para afrontar un nuevo día y un nuevo año de amor. Porque nada de esto ha pasado.

Hace un año de mi primer día en la oficina y sigo aterrorizada. No he cometido ningún terrible error pero, como siempre, aquí tampoco encajo. Sigo siendo la niña gordita que pasaba los recreos sola, leyendo en un banco hasta que volvía a sonar la sirena para volver a clase. Me sonreíste en el cuarto de las fotocopias y me entretuve mucho más tiempo del necesario recogiendo mis cosas, pero cuando entré en el ascensor, justo detrás de ti... no te dije nada. Me quedé mirando al suelo como una tonta y salí del edificio apretando los dientes de la rabia. Fui caminando a casa, triste y desesperada por mi propia inutilidad.


Hoy sólo es un día más, igual que ayer y parecido a mañana, sin proyectos ni ilusiones. Sin esperanza. 

domingo, 27 de octubre de 2013

60. Everybody lies

Es curioso: tu ausencia es más palpable de lo que nunca fue tu enigmática presencia.

Me despierto y no estás. No necesito mirar, esperanzada, el teléfono: ahora tengo la certeza de que no has llamado. Planifico mi futuro sin considerar el impacto que mis decisiones o anhelos puedan tener sobre tu presente. Ya no importa. Quizá nunca importó.

Siento un vacío retroactivo. Las caricias que erizaban mi vello no escondían más que la pura manifestación física que la barrera de mi piel imponía al límite de tus dedos. No había más intención que satisfacer un impulso primitivo, una necesidad animal.

Ingenua de mi, pensando en su momento que mi ser despertaba en ti la curiosidad, el anhelo de saber qué pasaba por mi mente, en qué menesteres prefería ocupar mi tiempo.

Intuía desde el principio que había pocas probabilidades de éxito, pero no imaginaba que la realidad acabaría desviándose tanto de mi peor pronóstico. No deberías haber sido sujeto de tan arriesgada apuesta. Lástima de inversión fallida.

jueves, 12 de septiembre de 2013

59. Inspiración

Puede llegar en el momento más inesperado, incluso el más inoportuno, y de la manera más insospechada.


A mí la inspiración me la trajo mi planta moribunda.



Había llegado a casa el día anterior de un infructuoso y estresante viaje que había durado dos interminables semanas. Estaba cansada tras las largas horas de tren, avión, autobús y tranvía, y al entrar en mi pequeño apartamento me había apresurado a deshacer las maletas y poner en orden mis reducidas pertenencias. La planta había estado en un barreño con agua durante mi ausencia. No tenía ninguna esperanza de que sobreviviera: viendo sus hojas marchitas y sabiéndola desposeída de las coloridas flores que no hacía tanto tiempo había tenido, parecía ya más muerta que viva, pero aún así decidí meterla en el barreño en vez de en la basura, pensando que para tirarla a la segunda siempre habría tiempo. Tras mi llegada, casi sin mirarla, la puse en la repisa de la ventana y pensé que ya me ocuparía de su destino en otro momento.


La primera noche después de un viaje de regreso siempre duermo poco y mal. Encima tenía que trabajar. Me levanté agarrotada y pesarosa, descorrí con desgana las cortinas de la sala, y entonces la vi. Una flor nueva en medio de la podredumbre. La vida abriéndose paso contra todo pronóstico. Había esperanzas para mi planta moribunda.


Aquella insignificante florecilla me dio la energía que hacía tiempo me había abandonado. Si una flor puede nacer de una planta descuidada, a menudo sedienta y últimamente maltratada por el insoportable calor estival, yo también puedo abrirme camino, resolver mis absurdos problemas y vivir con una nueva alegría. Eso pensé. Estuve varios días notablemente animada, haciendo planes, pensando en cambios para mi vida.



Pero la inspiración tal y como viene, se va. Sin que uno se de cuenta. Y si uno no ha hecho más que planes en aire, ve cómo se desmoronan y todo vuelve a su estado anterior.



La inspiración me duró un par de días, lo mismo que duró la florecilla de mi planta moribunda. Su destino al fin y al cabo era morir, y, quizá contagiada por el cadavérico tallo que la sostenía, sucumbió antes de tiempo. Igual que yo he sucumbido, una vez más, a la desgana y el abatimiento.



A pesar de todo, la planta aún sigue en la repisa de la ventana. Aún no la he tirado a la basura, a pesar de que su estado sigue siendo lamentable. Lo he pensado varias veces, pero al final algo me impide ejecutar la acción. En el fondo no puedo evitar pensar: ¿y si vuelve a nacer una flor?

sábado, 9 de febrero de 2013

58. Al ladrón

Lo peor no fue el disgusto de ver el compartimento inesperadamente vacío. No lo fue tampoco la vergüenza de salir a la calle al día siguiente con la misma ropa y sin peinar. Ni siquiera el escandaloso gasto realizado en menos de 5 horas para reemplazar lo que en realidad no era tan importante.

No: el disgusto pasó tras una animada charla entre amigos; la vergüenza duró apenas un rato y el gasto, afortunadamente, fue sólo cuestión de dinero.

Lo peor fue esa violación de mi intimidad -el ladrón acariciando mis braguitas, al fin y al cabo-, ese castigo de mi inocencia, la pura maldad como respuesta a una confianza innata hacia las demás personas. Ya no soy la misma, los demás no son los mismos. Ahora, de repente, todo el mundo es susceptible de ser culpable de un presunto crimen futuro, miro con recelo a la gente que me mira -y con más a la que no me mira- y no doy tres pasos sin dirigir mis manos a mis bienes más preciados: bolso, cartera, pañuelo, cualquier cosa que pueda ser cogida al vuelo, de un tirón o con una hábil maniobra de despiste.

El ladrón se llevó mucho más que mi maleta rota, mi ropa limpia y mis zapatos nuevos. Se llevó una parte de mi humanidad. Y eso no se puede volver a comprar con dinero.

domingo, 27 de enero de 2013

57. Pequeños sentimientos humanos

Marta  aprovecha  la  hora  de  la  comida  para  ducharse,  hidratarse  la piel  y  secarse  el  pelo:  esta  tarde  quiere  ser  la  mejor  versión  de  sí misma.  Una  vez  reiniciada  la  jornada  laboral,  aprovecha  los pequeños descansos  para  retocarse  el  peinado  y  maquillarse.  Por  fin  llegan las 5,  apaga  el  ordenador  y  vuelve  al  baño.  Se  mira  en  el  espejo por delante  y  por  detrás,  se  pinta  sutilmente  los  ojos  del  color  que más le  favorece,  se  asegura  de  que  lleva  en  el  bolso  todo  lo necesario  y sale  de  casa  sintiéndose  radiante.  La  fuerte  lluvia  no  le molesta lo más  mínimo  y  no  le  importa  esperar  bajo  ella  a  su amigo,  que llega tarde  como  siempre.  

Cuando  por  fin  se encuentran,  Marta sonríe  y  se siente  feliz.  Caminan  un  rato  bajo  su  paraguas,  llegan a  una cafetería y  entran  a  tomar  algo  y  charlar.  La  charla,  como  siempre, está plagada  de  silencios  en  que  ninguno  sabe  qué  decir  ni  adónde mirar, pero  con  el  tiempo  los  silencios  se  han  hecho  mucho  más  cortos  y menos  incómodos.  Acaban  sus  cafés  y  siguen  hablando  y callando, hasta  que  su  amigo  mira  el  reloj  y  dice  que  es  mejor  que  se marche:  mañana  se  va  de  viaje  al  otro  lado  del  océano  y  aún  tiene cosas  que  preparar.  Caminan  hasta  su  coche  y,  al  llegar,  se despiden.  Ella  le  da  un  abrazo  y  le  dice  que  le  va  a  echar  de menos,  él  responde  de  la  misma  manera.  Se  quedan  un  rato mirándose  el  uno  al  otro  cerca,  muy  cerca...  hasta  que  por  fin  se separan,  él  se  mete  en  su  coche  y  ella  se  aleja  bajo  la  lluvia.

Por  el  camino  de  vuelta  a  casa  la  sonrisa  se  evapora  y  en  cuanto llega  y  cierra  la  puerta  tras  ella  Marta  rompe  a  llorar desconsoladamente.  Ha  vuelto  a  pasar,  se  dice,  ha  ganado  el  miedo una  vez  más.  Marta  se  sienta  en  su  cama  buscando  más  kleenex mientras  piensa  en  las  oportunidades  que  ya  ha  perdido  y  calcula cuántas  le  quedarán  hasta  que  sea  demasiado  tarde.  Su  amigo  se ha  ido  por  2  semanas.  ¿Serán  suficientes  para  que  deje  de  ser cobarde?