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jueves, 12 de septiembre de 2013

59. Inspiración

Puede llegar en el momento más inesperado, incluso el más inoportuno, y de la manera más insospechada.


A mí la inspiración me la trajo mi planta moribunda.



Había llegado a casa el día anterior de un infructuoso y estresante viaje que había durado dos interminables semanas. Estaba cansada tras las largas horas de tren, avión, autobús y tranvía, y al entrar en mi pequeño apartamento me había apresurado a deshacer las maletas y poner en orden mis reducidas pertenencias. La planta había estado en un barreño con agua durante mi ausencia. No tenía ninguna esperanza de que sobreviviera: viendo sus hojas marchitas y sabiéndola desposeída de las coloridas flores que no hacía tanto tiempo había tenido, parecía ya más muerta que viva, pero aún así decidí meterla en el barreño en vez de en la basura, pensando que para tirarla a la segunda siempre habría tiempo. Tras mi llegada, casi sin mirarla, la puse en la repisa de la ventana y pensé que ya me ocuparía de su destino en otro momento.


La primera noche después de un viaje de regreso siempre duermo poco y mal. Encima tenía que trabajar. Me levanté agarrotada y pesarosa, descorrí con desgana las cortinas de la sala, y entonces la vi. Una flor nueva en medio de la podredumbre. La vida abriéndose paso contra todo pronóstico. Había esperanzas para mi planta moribunda.


Aquella insignificante florecilla me dio la energía que hacía tiempo me había abandonado. Si una flor puede nacer de una planta descuidada, a menudo sedienta y últimamente maltratada por el insoportable calor estival, yo también puedo abrirme camino, resolver mis absurdos problemas y vivir con una nueva alegría. Eso pensé. Estuve varios días notablemente animada, haciendo planes, pensando en cambios para mi vida.



Pero la inspiración tal y como viene, se va. Sin que uno se de cuenta. Y si uno no ha hecho más que planes en aire, ve cómo se desmoronan y todo vuelve a su estado anterior.



La inspiración me duró un par de días, lo mismo que duró la florecilla de mi planta moribunda. Su destino al fin y al cabo era morir, y, quizá contagiada por el cadavérico tallo que la sostenía, sucumbió antes de tiempo. Igual que yo he sucumbido, una vez más, a la desgana y el abatimiento.



A pesar de todo, la planta aún sigue en la repisa de la ventana. Aún no la he tirado a la basura, a pesar de que su estado sigue siendo lamentable. Lo he pensado varias veces, pero al final algo me impide ejecutar la acción. En el fondo no puedo evitar pensar: ¿y si vuelve a nacer una flor?

2 personas me visitaron y me comentaron:

Trolling Like Crazy dijo...

No puedes tirar la planta a la basura por la misma razón por la que no podías tirar las botas de fresas.

Ese apego por los objetos… conozco esa maldición. Seguro que a veces decides hacer limpieza de trastos, y la limpieza se convierte en un peregrinaje nostálgico por los recuerdos. Y al final descubres que no has tirado nada de lo que pretendías, y encima, ¡ahora está todo más revuelto!

Lalaith dijo...

Muchas gracias por tu comentario... como últimamente escribo con muy poca frecuencia, pensaba que ya no me leía nadie. Me ha hecho ilusión :)

No se me hubiera ocurrido asociar el no poder tirar la planta con no poder tiras las botas... La planta sigue en la repisa, con hojas nuevas y brotes de flores también nuevas, hice bien en dejarla ahí. Las botas siguen guardadas, aún no he podido deshacerme de ellas.

Sí me pasa eso de ponerme a hacer limpieza y no parar de recordar, muchas veces con nostalgia, situaciones y momentos del pasado. Aunque al final, normalmente, sí consigo deshacerme de bastantes trastos :)

Un saludo y gracias otra vez por pasar por squí y dejar el comentario.