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domingo, 21 de diciembre de 2014

67. La multitud de la nada


El problema no es la página en blanco. Al contrario: el problema es que en la página hay tantos personajes reclamando protagonismo, tantas aventuras y desventuras deseando ser narradas, tantos paisajes exigiendo ser descritos... que al final se forma un barullo, se entremezclan las historias de manera inverosímil, se caricaturizan los personajes hasta el ridículo, se transforman los paisajes en escenas dantescas.... y no sale nada. 

El problema no es la falta de imaginación, es el exceso.

La semana pasada se dio el último ejemplo. Eran las 6 de la tarde y estaba colocando unas cajas en el armario, cuando escuché a lo lejos un susurro muy bajito, como un lamento. Me di la vuelta un poco asustada, ya que estaba sola en la habitación y todos los aparatos electrónicos estaban apagados. Tras un instante de silencio, lo volví a oir, esta vez un poco más alto y con más firmeza. Miré a mi alrededor, extrañada, hasta que localicé la fuente de los gemidos: el cuaderno que reposaba sobre la mesa, olvidado de cualquier manera, cubierto por un par de libros y el ratón del ordenador. Terminé de colocar las cajas, me senté a la mesa, aparté los libros y el ratón y abrí el cuaderno, bolígrafo en mano.

Allí, abriéndose paso entre las moléculas de celulosa, estaba el autor de los gemidos: un náufrago. ¡Un náufrago! Como si esta historia no se hubiera contado ya cientos de veces. Vestía un pantalón corto con varios rotos y una camisa deshilachada, iba descalzo y con el pelo largo y sucio. El pobre estaba intentando captar mi atención agitando los brazos mientras seguía gimoteando cuando fue apartado de un codazo por una mujer oronda de mediana edad, con la nariz aguileña y el ceño fruncido. El pobre náufrago salió depedido del papel y los rasgos de la mujer fueron cobrando más y más nitidez, hasta que la reconocí: era la gitana que había intentado timarme el pasado verano, durante mis vacaciones. Sí, ya la mera descripción física de la charlatana llevaría al menos una página, y podría contar cómo acabé pasando una semana en aquella remota y agotadoramente cálida ciudad; luego describiría el momento del timo, cómo en un principio creí que la señora de verdad necesitaba ayuda, cuál fue la clave para darme cuenta del engaño, cómo reaccioné, cuál fue su respues.... ¡Eh, oiga, espere! ¡Pero a dónde va! Así no hay manera.... La gitana, que tantas ganas parecía tener en que su historia fuera puesta en negro sobre blanco, se fue con la misma rapidez con que apareció.

La hoja apenas llevaba unos segundos desnuda, desprovista de personajes, relatos, historias y recuerdos, cuando surgió por una esquina, disimuladamente, un chico de unos 15 años, delgado, con gafas y el pelo revuelto como si no se molestara en peinarse cada mañana al despertar. Parecía tímido, pero a la vez decidido a que se supiera la verdad. Sí, este chico escondía un secreto y estaba dispuesto a hacer lo que fuera necesario para revelarlo. Me miró con decisión, ya desde el centro de la página, y empezó a hablar. Las ansias por despojarse de esa historia que tanto le agobiaba le hacía hablar apresuradamente, casi sin vocalizar. No había acabado una frase y ya estaba empezando otra, y yo tenía gran dificultad para seguir el relato. Era algo de un crimen que había presenciado, por casualidad, un día que se había quedado en casa por estar enfermo. Él quería ir al instituto de todas formas, pero su madre insistió en que con el frío que hacía y la fiebre que tenía, era mejor quedarse en la cama un día que arriesgarse a salir y que las consecuencias fueran mucho peores. El caso es que se había quedado y, a media mañana, empezó a oir voces, y luego mucho alboroto, como de objetos volando y estampándose contra la pared y muebles cayendo. Finalmente hubo un disparo y luego, un abrupto silencio. Él no sabía qué hacer: ¿llamar a la policía? ¿tratar de averiguar lo que había pasado? ¿contárselo a otro vecino? ¿a su madre? ¿a un profesor? Andaba el muchacho divagando sobre este dilema cuando, de sopetón, se levantó y, tan disimuladamente como había venido, ¡se marchó! Avanzó hasta la esquina opuesta por la que había entrado y, como quien no quiere la cosa, se esfumó.

Así me pasé 3 horas aquella tarde, pero otros días ha sido peor. Animales que hablan, plantas que sienten, objetos que piensan. Hombres perversos, mujeres inseguras, niños mimados. Policías corruptos, profesores perversos, secretarias cotillas, abogadas adúlteras. Personalidades bipolares, pasiones ardientes, deseos lujuriosos, arrebatos demoledores. Crímenes ocultos. Tragedias inminentes. Relaciones imposibles. Sueños rotos. Tantas ideas se agolpan en mi mente en tan poco tiempo, que al poner el bolígrafo sobre el papel, o los dedos en el teclado, es imposible decantarse por una y, al final, no sale nada.

No es una sequía creativa, es una inundación. Igual de dañina, con el mismo resultado final. Y, como todas las etapas, pasará. Y volverán a surgir historias enteras, coherentes y ordenadas. Ese momento llegará. Pronto.

viernes, 31 de octubre de 2014

66. Las luces

Me gustaría empezar diciendo que “era una fría y oscura noche de invierno” por aquello del impacto narrativo, pero aquel Enero empezó con unas temperaturas que más bien rozaban lo primaveral y no quisiera empezar mi relato con datos ficticios.

Así que era una templada y oscura noche de invierno y yo me encontraba ya en la cama, dando la espalda al gran ventanal que se extendía hasta el techo de la pared opuesta. Había quedado en esa posición después de dar vueltas y más vueltas, sudorosa y agotada a causa de mi estado febril. Tenía los ojos cerrados y mi respiración comenzaba a ralentizarse: todo indicaba que en breve lograría al fin dormir y pasar unas felices horas ajena a todo, recuperando mis agotadas energías. Sólo era lunes pero la gripe me estaba atacando sin piedad y me sentía totalmente derrotada.

Antes de proseguir con el relato creo que es conveniente explicar que por aquel entonces yo vivía en un pequeño estudio perteneciente a una residencia de estudiantes. Yo ya no era estudiante, pero el estudio en cuestión era propiedad de un feliz jubilado que vivía en la costa y, como la ubicación y el precio me convenían y el reducido espacio no suponía un problema, había decidido alquilarlo. Era una época extraña en la que mi vida social era reducidísima y disfrutaba gratamente de mis voluntarios momentos de soledad. El estudio satisfacía mis necesidades y el edificio en el que se encontraba era bastante grande y, aunque no era la única inquilina que ya había abandonado las aulas, la inmensa mayoría de los alquilados eran jóvenes estudiantes de la cercana universidad.

Así que estaba tendida en la cama cuando de repente, a través de los párpados, noté un breve pero intenso resplandor: el tipo de fugaz luminosidad provocada por un rayo en plena descarga... sólo que no había tormenta. Supuse que había sido mi imaginación, di otra vuelta y me recoloqué sobre el otro costado, molesta porque aquel incidente, imaginado o no, me había desvelado de nuevo y no sabía cuánto tardaría en volver a adormecerme. Estaba refunfuñando para mis adentros, calculando las horas de sueño que lograría sumar y pensando en lo cansada que estaría al día siguiente, cuando vino el segundo fogonazo. Esta vez estaba de cara a la ventana y con los ojos entreabiertos, y sabía que mi fiebre no era tan alta como para causar tal delirio visual. Duró sólo un segundo pero, con toda certeza, la habitación entera quedó iluminada como si el sol en todo su esplendor la estuviera inundando con su luz.

Me inquieté por unos instantes, preguntándome de dónde demonios vendrían aquellas oleadas de luz, pero en seguida le quité importancia al asunto y, con la certeza de que aquello tenía una explicación lógica, volví a ponerme de espaldas al ventanal, irritada hasta el extremo por los efectos de la falta de sueño que tendría que soportar en los días por venir.

Cuando por fin había logrado dormirme, ya a las tantas de la madrugada, llegó el grito. Un intenso alarido en mitad de la noche que quebró el grato silencio y me sacó con la misma celeridad de mi mundo onírico y de mis casillas. Me incorporé en la cama como un resorte y me levanté, enfurecida como un animal salvaje. El grito venía de dentro del edificio y no me extrañó: no era la primera vez que alguno de mis insolentes vecinos se ponía a vociferar en el rellano y esa noche ya no pude contenerme. Abrí la puerta principal y salí al pasillo del inmueble descalza, con el pelo revuelto y sudado, el pijama pegoteado a la piel, la nariz enrojecida y toda mi ira apenas contenida en mi debilitado cuerpo griposo. Caminé a zancadas hasta la escalera, miré al piso de abajo y no vi a nadie, así que me dispuse a subir a encararme con el estúpido cantamañanas que había decidido que la mejor manera de pasar la noche era hacer el idiota a costa de toda la residencia. Subí al segundo piso, al tercero, al cuarto... a medida que avanzaba mi ira se iba apaciguando y la intuición de que no iba a encontrar a nadie se iba haciendo más patente. El quinto piso estaba vacío y el sexto y último, también. Me quedé un rato en el pasillo del sexto, extrañada: ¿de dónde demonios había venido el alarido si no era de alguno de los estudiantes haciendo el tonto en el pasillo? Había salido de mi piso en cuestión de segundos y estaba segura de no haber oído ninguna puerta cerrarse, así que el zopenco no podía haberse metido en casa tras su gracia.


Empecé a preocuparme, pensando que quizá mi fiebre era más alta de lo que pensaba y en realidad sí que estaba delirando. Al fin y al cabo, si alguien hubiera chillado con tal intensidad, incluso si el grito había venido del interior de algún piso ¿no se habría asomado al pasillo algún otro inquilino, pensando que quizá era un grito de dolor y que alguien necesitaba ayuda?, ¿no se oirían voces de los demás vecinos, no se habría levantado alguien más aunque no hubiera llegado al extremo de abrir la puerta para confrontar al zopenco o auxiliar al herido?

Finalmente, sin nadie a quien encarar y siendo consciente por primera vez de mi lamentable aspecto, volví a mi piso con una mezcla de frustración, inquietud y cansancio. El cansancio era predominante así que me metí de nuevo en la cama y, dándole vueltas en la cabeza a todo lo que había sucedido, me volví a dormir.


Apenas unas horas después la maldita alarma me devolvió bruscamente a la realidad. Me desperté con un fuerte dolor de cabeza y penosamente agotada, y casi inmediatamente recordé los acontecimientos de la noche anterior. Las cosas se ven distintas a la luz del día, y a la luz de aquel 9 de enero tardé apenas unos minutos en convencerme a mí misma de que todo había sido producto de mi imaginación. Con los últimos sorbos del café la historia empezó a hacerme gracia y, al finalizar la jornada laboral, ya era una anécdota alojada en algún recoveco de mi memoria, fuera del alcance del pensamiento consciente. Cómo iba yo a saber que aquel incidente sería sólo el comienzo, cómo iba a imaginar todo lo que aún estaba por llegar...

miércoles, 3 de septiembre de 2014

65. La historia de Louise (II)

Con precisión y cuidado, Louise metió sus manos entre sus enredaderas hasta palpar un objeto pequeño y algo pesado. Lo agarró con firmeza y tiró de él con fuerza hasta que cayó al suelo con un golpe sordo. Muy despacio y luchando contra su intuición, que la instaba a abandonar de inmediato aquella aventura y regresar a su cama, Louise se agachó y cogió la caja entre sus manos. Aunque a simple vista la caja, de madera y con una pequeña asa en su superficie, no tenía nada de especial, a Louise le resultó familiar. Sabía que había visto aquella caja antes, pero no podía recordar dónde, ni cuándo. La giró varias veces en vano y, por fin, le dio la vuelta. Algo resonó en su interior, y en la parte de abajo había algo grabado. La inscripción estaba cubierta de tierra. Louise, presa ya de un mal
presagio, la sacudió con una mano, mientras la otra, que sostenía aún la caja, empezó a temblar. La inscripción era simple: И. П.  Игор Петровски. Igor Petrovski, el hombre que tantas lágrimas le había hecho derramar.

Con el paso de los años, Louise había logrado enterrar en lo más profundo de su mente los recuerdos que ahora la volvían a inundar. Había conseguido borrar aquel día, 20 años atrás, en que todo fue tan mal... pero ahora había llegado el momento de recordarlo. La traición. La ira. El impulso irracional de acabar con todo. Y acabó con todo, ahora recordó. Con los dos. En un instante les había hecho callar para siempre, y se había pasado los 5 años siguientes huyendo, vagando por todo el mundo, sintiéndose sólo culpable por haber dejado a su hija, a su preciosa Olga, atrás, condenada a la orfandad. Tras 5 años de vagar, había encontrado por fin su refugio, un lugar donde poder asentarse sin que nadie pudiera encontrarla jamás. En aquella mansión se había sentido segura desde el principio, tanto que se atrevió incluso a ocultar su secreto lejos de ella, fuera de su vista. Se convenció de que el invernadero era un lugar seguro, a nadie se le ocurriría hurgar entre sus enredaderas. Así que allí escondió la caja, y después ocupó su mente durante años con el estudio de todas las plantas que habitaban allí, hasta que se olvidó de la caja, su contenido y lo que ello implicaba. Hasta esa noche.

Empapada en sudor, temblando, con lágrimas surcándole las mejillas y empañándole los ojos, Louise abrió la caja. Dentro, el revólver que empuñara 20 años atrás relucía contra el terciopelo rojo. El revólver que acabó con la vida de su marido, Igor, y la que creía su mejor amiga, Anna.

sábado, 15 de marzo de 2014

64. La historia de Louise (I)

Perdida en su particular universo onírico, Louise se ahogaba y era incapaz de despertar. Estaba segura y a salvo, sola en su confortable habitación con vistas al precioso jardín. Llevaba 15 años en aquella mansión, en aquel refugio que había logrado encontrar después de la trágica muerte de su marido y la inesperada desaparición de su hija. Los primeros meses habían sido duros, tanto que llegó a pensar que jamás podría superar tanto dolor. Pero el tiempo fue cerrando sus heridas y, aunque las cicatrices no se borrarían nunca, había logrado con los años llevar una vida tranquila y llena de serenidad. Cuando sentía que el dolor la invadía, o que la furia la poseía, se sentaba junto a la ventana, dejaba que su vista vagara por el jardín, y escribía. Unas veces cinco minutos bastaban, otras llenaba folios y folios de desgarradores poemas sin fin. Pero, al final, costara lo que costara, siempre acababa sacando toda la pena de su interior y volvía a encontrarse en paz.

Siempre que estuviera despierta, claro. Desde hacía varias semanas terribles pesadillas invadían sus sueños, sacudían sus entrañas y la hacían despertar en un mar de sudor y agitada como si acabara de correr una maratón. Lo peor de todo era que, una vez que se sentaba en la cama y se serenaba, no lograba recordar nada de lo que había estado soñando. Las pesadillas aparecían cada vez con más frecuencia y Louise empezaba a desesperarse: no sabía qué hacer, no sabía cómo hacerlas parar y no tenía a nadie con quien compartir su angustia. A pesar de no ser la única habitante de la mansión, nunca se había molestado demasiado en relacionarse con los demás. Era cortés, y eso le parecía suficiente. Las personas habían dejado de interesarle desde el momento en que perdió a las dos que lo habían significado todo para ella: su mundo, su vida, su motivo de alegría, su fuente de inspiración. Ellos se habían ido y los demás no importaban. Así que tendría que encontrar la manera de enfrentarse sola a sus pesadillas...

Por suerte para Louise, ésta sí la iba a recordar. Se ahogaba, y sabía que no tenía sentido. "¡Libérame... libérame!", le gritaba a su agresor con una mezcla de furia y súplica, mientras éste apretaba cada vez más la soga con que le había rodeado el cuello. "Libérame..." Louise notaba el peso de su agresor sobre su propio cuerpo y la tensión de la soga contra su piel. Intentó asirse a algo, cualquier cosa, pero sus manos sólo tocaban tallos y hojas. De repente le llegó un fuerte olor a rosas y se dio cuenta de que su agresor no la atacaba con una soga sino con una firme enredadera. No tenía sentido, pero cada vez le costaba más respirar. El pánico se apoderó de ella al tiempo que sus ojos, desorbitados, dejaban de ver...

Despertó sobresaltada y aterrada. Se incorporó en la cama jadeando, tosió repetidamente y, al darse cuenta de lo sucedido, bebió un poco de agua del vaso que siempre tenía sobre la mesilla y trató de tranquilizarse. Otra pesadilla, otra más, ¿por qué? ¿Por qué ahora, después de tantos años de paz? ¿Quién era aquel hombre que la ahogaba? ¿Por qué no le había visto la cara, si estaba a tan sólo unos centímetros de la suya? Con otro sobresalto, dejó de hacerse preguntas y reparó en que esta vez, por fin, era capaz de recordar el sueño. Cerró los ojos para concentrarse mejor y se esforzó en visualizar la máxima cantidad de detalles. Estaba tumbada en el suelo y alguien la intentaba matar. Un hombre. Recordó el absurdo olor a rosas y la enredadera... ¡el invernadero! Fue como una revelación, pero tan pronto como la tuvo estuvo totalmente segura de ello: el hombre la estaba ahogando en el invernadero de la mansión, con una de las enredaderas que cubren la pared más alejada de la entrada, justo detrás del rosal.

Movida por un impulso irrefrenable, Louise se puso de pie y salió de la habitación en dirección a la puerta trasera de la casa, la que daba al jardín. Se movía a oscuras con agilidad, esquivando cada obstáculo sin apenas ser consciente de ello. Salió al jardín, descalza y en camisón en una fría noche de invierno, y sin reparar en el frío ni en la tierra que pisaba, giró a la derecha para dirigirse con paso firme al invernadero. En menos de un segundo descorrió el cerrojo y, sólo cuando estuvo dentro, fue consciente de sí misma otra vez. Se detuvo unos instantes y decidió encender la luz. Las interminables filas de halógenos se encendieron a la vez dejando al descubierto la preciosa y preciada variedad de plantas, traídas desde todos los rincones del planeta y conservadas, especialmente por Louise, con mimo y cariño. Louise había pasado horas cuidando de esas plantas, aprendiendo sus nombres y esforzándose por preservarlas en todo su esplendor. Pero ahora no era momento de admirar los hermosos colores de las lilas ni de aspirar el empalagoso aroma de las adormideras: era el momento de averiguar el origen de las noches de pesadillas. De alguna manera, por alguna razón, Louise sabía que la clave estaba allí, al lado del rosal, en la pared de las enredaderas.

domingo, 16 de febrero de 2014

63. Lost (G)love

Era una fría tarde de domingo -al fin y al cabo, los inviernos en Oviedo solían ser fríos- y Catalina volvía a casa después de una jornada laboral que había creído que no acabaría nunca. Caminaba despacio, intentando olvidar las insolencias de su supervisora, y se iba parando delante de todos los escaparates que encontraba en su camino. En una pequeña tienda de marroquinería, tan estrecha que parecía estar incrustada entre las dos adyacentes, vio un par de guantes que le gustaron por su simpleza y su toque de originalidad. Eran de cuero, como a ella le gustaban, y negros, ideales para combinar con cualquier prenda. El pequeño pompón de plumas que cada guante tenía en la muñeca le pareció un detalle original, así que decidió comprarlos.

Una década después, otra fría tarde de domingo -los inviernos también eran fríos en León, especialmente las navidades-, los guantes estaban apretujados contra otros 4 pares, varias pañoletas y un par de camisetas en una pequeña bolsa de plástico. Sara cogió la bolsa de manos de su tío Esteban y depositó su contenido sobre la cama cuidadosamente. Los guantes negros llamaron inmediatamente su atención y la hicieron sonreír ya que, aunque no recordaba habérselos visto nunca puestos a su tía, eran exactamente de su estilo. Quizá nunca los había llevado a León, donde siempre se veían en Navidad y Semana Santa, pensó, quizá esos guantes sólo se los ponía en Oviedo. Sara agradeció a su tío el detalle de haberle guardado los guantes de su tía, fallecida el mes anterior: le aliviaba tener algo de ella para recordarla.

Cuatro semanas después de aquellas extrañas navidades, las primeras sin la tarta de galletas de la tía Catalina, sin sus preguntas incómodas y sin las largas noches que ambas pasaban ante la tele, criticando a los famosos de turno o decidiendo las leyes que los políticos debían adoptar, Sara, en contra de su voluntad, se encontraba en la otra punta del mundo. Había tenido que viajar por motivos de trabajo y, aunque le encantaban los Estados Unidos, en esa ocasión hubiera preferido quedarse en casa. Últimamente no le apetecía hacer nada y preparar la maleta y pasar 11 horas metida en un avión le había incomodado bastante, pero no había tenido elección. 

Aquel domingo de febrero no hacía demasiado frío y, tan pronto como la torrencial lluvia dio un respiro a habitantes y visitantes, Sara se obligó a salir a dar un paseo. Pensó que un poco de aire fresco, tras una larga semana de trabajo, le vendría bien. Salió del hotel con sus guantes, su bufanda y su paraguas (el cielo estaba gris y era mejor no jugársela) decidida a pasar un rato agradable y sin preocupaciones. Apenas llevaba unos minutos caminando cuando, sin poderlo resistir, entró en una tienda a comprar algunas golosinas. Llevaba un tiempo esforzándose por llevar una dieta equilibrada, pero cada vez que viajaba al extranjero no podía resistir la tentación de probar las golosinas y chocolates que no existían en su ciudad. Engulló el primer pastelillo de chocolate con mantequilla de cacahuete y se forzó a comer el resto más despacio mientras admiraba las singulares casas de la ciudad, sus características cuestas y su gente despreocupada y singular. Llevaba andando unos 40 minutos cuando metió la mano en el bolsillo de su abrigo y descubrió que sólo tenía un guante. Paró en seco en plena calle y revisó varias veces ambos bolsillos, el bolso, y nada. Miró a su alrededor, miró hacia atrás, tan lejos como le alcanzaba la vista... y nada: sólo tenía uno de los guantes de cuero negro con adorno de pompón.

La invadió el pánico y un terrible sentimiento de culpa: había perdido un guante. Un guante de su tía Catalina, uno de los dos que tenía, de los dos que le quedaban de ella. Había perdido la mitad de todo lo que tenía en el mundo para recordar a su tía, la única manifestación física de su paso por el mundo. Un guante que su tía había comprado, un guante que había usado durante años, que se había impregnado de su ser y que ahora, por su irrefrenable adicción al chocolate y su soberano descuido, se había perdido para siempre por las calles de San Francisco.

Sin pensárselo dos veces, Sara empezó a deshacer el camino andado. No le importaba lo más mínimo perder toda la tarde andando en un sentido y otro la misma calle interminable: si había una posibilidad de encontrar el guante, tenía que intentarlo. No sabía dónde ni cuándo lo había perdido así que empezó a andar deprisa, aunque con cautela para no dejar un rincón sin observar, un recoveco sin mirar. Temblaba de miedo cada vez se levantaba el viento, ya que temía que su guante se le hubiera caído en la calle y el viento se lo llevara volando, lejos de su vista. Cuanto más avanzaba, mayor era su disgusto ya que pensaba que sus probabilidades de encontrarlo disminuían. Acera tras acera, Sara miraba al suelo en todas direcciones, miraba las pertenencias de los vagabundos, las papeleras, los bajos de los coches. Su guante no estaba.

Presa de la desesperación, Sara se acercaba más y más a la tienda donde había comprado las golosinas, donde recordaba que había entrado con los guantes puestos y, por lo tanto, el último lugar donde podía estar el que había extraviado. Con un nudo en la garganta, Sara llegó a la tienda y entró. Miró por los pasillos por donde había andado, y nada. Con un hilo de esperanza y su otro guante en la mano, se acercó a la caja y le explicó al dependiente que había estado allí hacía un rato, que después había perdido un guante y que había vuelto por si se le había caído en la tienda y alguien lo había encontrado y entregado a algún empleado. El dependiente puso cara de extrañeza, miró el guante que Sara sostenía en la mano, miró a su alrededor... y en un instante su rostro cambió en un gesto de reconocimiento. Alargó la mano detrás del mostrador y cuando volvió a ser visible para Sara, sostenía el guante que había perdido. Sara nunca se había sentido tan agradecida, tan aliviada. Tuvo que contenerse para no abrazar al dependiente por encima del mostrador, y con una sonrisa de oreja a oreja cogió su guante, le dio las gracias varias veces y se fue de la tienda deseándole un buen día.

De nuevo en la calle, de nuevo con sus dos guantes, la angustia de lo que pudo haber pasado la invadió y, dado que había vuelto casi al lugar donde había iniciado su paseo, decidió volver al hotel un momento, a serenarse. Llegó a la recepción y, sin hacer caso a las preguntas de cortesía del recepcionista, pidió su llave y subió a su habitación a zancadas, sintiéndose demasiado impaciente para esperar al ascensor. Tiró el abrigo sobre la cama, se desplomó en el sillón verde y, apretando con fuerza los guantes, el último recuerdo de la presencia de su tía Catalina en el mundo, lloró desconsoladamente.



viernes, 17 de enero de 2014

62. La llamada

El primer timbrazo la sacó de su ensimismamiento. Nunca había sido capaz de dormir la siesta, pero llevaba semanas pasando largos ratos tendida en el sofá, por la tarde, poco después de comer. No tenía fuerzas para nada más. No llegaba a dormirse, lo que era bastante malo porque se levantaba aún peor, más agotada y con menos energías para afrontar el resto del día.

La llamada, que solía llegar sobre las 6 de la tarde, la sacaba de cualquier pensamiento desesperado que se le estuviera pasando por la cabeza y le hacía cesar cualquier actividad que estuviera llevando a cabo en los escasos días que conseguía superar la tentación de tumbarse y no hacer nada. Cuando el teléfono empezaba a sonar, simplemente se quedaba mirándolo. Sonaba doce veces y paraba. A veces había una segunda llamada, otras no. Algunos días la llamada no se producía y temía que ya nunca volvieran a llamar, que hubieran desistido. Pero, para su alivio, pasados uno o dos días, quienquiera que fuese volvía a la carga.

Se había mudado hacía seis meses y la única razón de que tuviera teléfono es que venía en el mismo pack que Internet, o contrataba ambos servicios o se quedaba sin ninguno. Nadie tenía su número, no tenía a quién dárselo y de todas formas nunca le había gustado hablar por teléfono.

El primer día que sonó se sorprendió. ¿Quién sería? ¿Qué querría? Miró la pantalla pero llamaban desde un número oculto, así que no podía identificar al emisor. Aquel primer día no lo hizo aposta, pero simplemente se quedó de pie, mirando el teléfono con curiosidad... hasta que dejó de sonar. No le dio la más mínima importancia y siguió a sus cosas.

Al día siguiente, más o menos a la misma hora, volvió a sonar. Ese día había sido especialmente malo porque la noche anterior no había pegado ojo. Otra vez se preguntó quién sería, pero esta vez su mente le ofreció una respuesta: alguien que se ha equivocado. Una anciana madre telefoneando a su hija para arreglar de una vez por todas la estúpida pelea por la que dejaron de hablarse hace años. La mujer está mayor, ve cercano su fin y no quiere irse del mundo enfadada con su única hija. Pero le falla la vista, no ve bien el número, y se confunde. Y entonces... silencio. El teléfono enmudece y Vanesa mira por la ventana apesadumbrada: “¡Pobre mujer!”, piensa, sólo consciente a medias de que toda la historia no ha sido más que su propia invención.

Así fueron pasando los días y, con cada llamada, Vanesa escapaba de su depresión por unos breves instantes. Se imaginaba todo tipo de historias a raíz de aquellas misteriosas llamadas: un día era su mejor amiga de la infancia, que llevaba meses intentando localizarla para invitarla a la reunión de antiguos alumnos que se estaba organizando. Imaginaba cómo serían ahora sus compañeros, quién habría engordado, quién se habría casado, cómo le estaría yendo a su mejor amiga... Evocaba
imágenes de un pasado ya lejano y no podía evitar sonreír. Otro día llamaban de la tele para hacerla partícipe de uno de esos concursos que tanto abundaban. Le hacían una pregunta y, si respondía correctamente, ganaba un cuantioso premio en metálico. Una vez imaginó que era su ex-novio, que tras haber encontrado su número en el listín la llamaba para reconocer finalmente el daño que le había causado y pedirle perdón por todo, y ella podía finalmente ponerle los puntos sobre las íes y quitarse un titánico peso de encima.


El teléfono sonaba y sonaba, casi cada día, sobre la misma hora. Doce tonos y silencio, a veces otros doce tonos seguidos de más silencio. Vanesa se evadía del mundo y soñaba, ajena a todo, sin sentir por un feliz instante su propio dolor, ignorando el vacío que lo invadía todo el resto del tiempo. Jamás se le pasó por la cabeza descolgar.