CLICK HERE FOR BLOGGER TEMPLATES AND MYSPACE LAYOUTS »

viernes, 17 de enero de 2014

62. La llamada

El primer timbrazo la sacó de su ensimismamiento. Nunca había sido capaz de dormir la siesta, pero llevaba semanas pasando largos ratos tendida en el sofá, por la tarde, poco después de comer. No tenía fuerzas para nada más. No llegaba a dormirse, lo que era bastante malo porque se levantaba aún peor, más agotada y con menos energías para afrontar el resto del día.

La llamada, que solía llegar sobre las 6 de la tarde, la sacaba de cualquier pensamiento desesperado que se le estuviera pasando por la cabeza y le hacía cesar cualquier actividad que estuviera llevando a cabo en los escasos días que conseguía superar la tentación de tumbarse y no hacer nada. Cuando el teléfono empezaba a sonar, simplemente se quedaba mirándolo. Sonaba doce veces y paraba. A veces había una segunda llamada, otras no. Algunos días la llamada no se producía y temía que ya nunca volvieran a llamar, que hubieran desistido. Pero, para su alivio, pasados uno o dos días, quienquiera que fuese volvía a la carga.

Se había mudado hacía seis meses y la única razón de que tuviera teléfono es que venía en el mismo pack que Internet, o contrataba ambos servicios o se quedaba sin ninguno. Nadie tenía su número, no tenía a quién dárselo y de todas formas nunca le había gustado hablar por teléfono.

El primer día que sonó se sorprendió. ¿Quién sería? ¿Qué querría? Miró la pantalla pero llamaban desde un número oculto, así que no podía identificar al emisor. Aquel primer día no lo hizo aposta, pero simplemente se quedó de pie, mirando el teléfono con curiosidad... hasta que dejó de sonar. No le dio la más mínima importancia y siguió a sus cosas.

Al día siguiente, más o menos a la misma hora, volvió a sonar. Ese día había sido especialmente malo porque la noche anterior no había pegado ojo. Otra vez se preguntó quién sería, pero esta vez su mente le ofreció una respuesta: alguien que se ha equivocado. Una anciana madre telefoneando a su hija para arreglar de una vez por todas la estúpida pelea por la que dejaron de hablarse hace años. La mujer está mayor, ve cercano su fin y no quiere irse del mundo enfadada con su única hija. Pero le falla la vista, no ve bien el número, y se confunde. Y entonces... silencio. El teléfono enmudece y Vanesa mira por la ventana apesadumbrada: “¡Pobre mujer!”, piensa, sólo consciente a medias de que toda la historia no ha sido más que su propia invención.

Así fueron pasando los días y, con cada llamada, Vanesa escapaba de su depresión por unos breves instantes. Se imaginaba todo tipo de historias a raíz de aquellas misteriosas llamadas: un día era su mejor amiga de la infancia, que llevaba meses intentando localizarla para invitarla a la reunión de antiguos alumnos que se estaba organizando. Imaginaba cómo serían ahora sus compañeros, quién habría engordado, quién se habría casado, cómo le estaría yendo a su mejor amiga... Evocaba
imágenes de un pasado ya lejano y no podía evitar sonreír. Otro día llamaban de la tele para hacerla partícipe de uno de esos concursos que tanto abundaban. Le hacían una pregunta y, si respondía correctamente, ganaba un cuantioso premio en metálico. Una vez imaginó que era su ex-novio, que tras haber encontrado su número en el listín la llamaba para reconocer finalmente el daño que le había causado y pedirle perdón por todo, y ella podía finalmente ponerle los puntos sobre las íes y quitarse un titánico peso de encima.


El teléfono sonaba y sonaba, casi cada día, sobre la misma hora. Doce tonos y silencio, a veces otros doce tonos seguidos de más silencio. Vanesa se evadía del mundo y soñaba, ajena a todo, sin sentir por un feliz instante su propio dolor, ignorando el vacío que lo invadía todo el resto del tiempo. Jamás se le pasó por la cabeza descolgar.

0 personas me visitaron y me comentaron: