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domingo, 16 de febrero de 2014

63. Lost (G)love

Era una fría tarde de domingo -al fin y al cabo, los inviernos en Oviedo solían ser fríos- y Catalina volvía a casa después de una jornada laboral que había creído que no acabaría nunca. Caminaba despacio, intentando olvidar las insolencias de su supervisora, y se iba parando delante de todos los escaparates que encontraba en su camino. En una pequeña tienda de marroquinería, tan estrecha que parecía estar incrustada entre las dos adyacentes, vio un par de guantes que le gustaron por su simpleza y su toque de originalidad. Eran de cuero, como a ella le gustaban, y negros, ideales para combinar con cualquier prenda. El pequeño pompón de plumas que cada guante tenía en la muñeca le pareció un detalle original, así que decidió comprarlos.

Una década después, otra fría tarde de domingo -los inviernos también eran fríos en León, especialmente las navidades-, los guantes estaban apretujados contra otros 4 pares, varias pañoletas y un par de camisetas en una pequeña bolsa de plástico. Sara cogió la bolsa de manos de su tío Esteban y depositó su contenido sobre la cama cuidadosamente. Los guantes negros llamaron inmediatamente su atención y la hicieron sonreír ya que, aunque no recordaba habérselos visto nunca puestos a su tía, eran exactamente de su estilo. Quizá nunca los había llevado a León, donde siempre se veían en Navidad y Semana Santa, pensó, quizá esos guantes sólo se los ponía en Oviedo. Sara agradeció a su tío el detalle de haberle guardado los guantes de su tía, fallecida el mes anterior: le aliviaba tener algo de ella para recordarla.

Cuatro semanas después de aquellas extrañas navidades, las primeras sin la tarta de galletas de la tía Catalina, sin sus preguntas incómodas y sin las largas noches que ambas pasaban ante la tele, criticando a los famosos de turno o decidiendo las leyes que los políticos debían adoptar, Sara, en contra de su voluntad, se encontraba en la otra punta del mundo. Había tenido que viajar por motivos de trabajo y, aunque le encantaban los Estados Unidos, en esa ocasión hubiera preferido quedarse en casa. Últimamente no le apetecía hacer nada y preparar la maleta y pasar 11 horas metida en un avión le había incomodado bastante, pero no había tenido elección. 

Aquel domingo de febrero no hacía demasiado frío y, tan pronto como la torrencial lluvia dio un respiro a habitantes y visitantes, Sara se obligó a salir a dar un paseo. Pensó que un poco de aire fresco, tras una larga semana de trabajo, le vendría bien. Salió del hotel con sus guantes, su bufanda y su paraguas (el cielo estaba gris y era mejor no jugársela) decidida a pasar un rato agradable y sin preocupaciones. Apenas llevaba unos minutos caminando cuando, sin poderlo resistir, entró en una tienda a comprar algunas golosinas. Llevaba un tiempo esforzándose por llevar una dieta equilibrada, pero cada vez que viajaba al extranjero no podía resistir la tentación de probar las golosinas y chocolates que no existían en su ciudad. Engulló el primer pastelillo de chocolate con mantequilla de cacahuete y se forzó a comer el resto más despacio mientras admiraba las singulares casas de la ciudad, sus características cuestas y su gente despreocupada y singular. Llevaba andando unos 40 minutos cuando metió la mano en el bolsillo de su abrigo y descubrió que sólo tenía un guante. Paró en seco en plena calle y revisó varias veces ambos bolsillos, el bolso, y nada. Miró a su alrededor, miró hacia atrás, tan lejos como le alcanzaba la vista... y nada: sólo tenía uno de los guantes de cuero negro con adorno de pompón.

La invadió el pánico y un terrible sentimiento de culpa: había perdido un guante. Un guante de su tía Catalina, uno de los dos que tenía, de los dos que le quedaban de ella. Había perdido la mitad de todo lo que tenía en el mundo para recordar a su tía, la única manifestación física de su paso por el mundo. Un guante que su tía había comprado, un guante que había usado durante años, que se había impregnado de su ser y que ahora, por su irrefrenable adicción al chocolate y su soberano descuido, se había perdido para siempre por las calles de San Francisco.

Sin pensárselo dos veces, Sara empezó a deshacer el camino andado. No le importaba lo más mínimo perder toda la tarde andando en un sentido y otro la misma calle interminable: si había una posibilidad de encontrar el guante, tenía que intentarlo. No sabía dónde ni cuándo lo había perdido así que empezó a andar deprisa, aunque con cautela para no dejar un rincón sin observar, un recoveco sin mirar. Temblaba de miedo cada vez se levantaba el viento, ya que temía que su guante se le hubiera caído en la calle y el viento se lo llevara volando, lejos de su vista. Cuanto más avanzaba, mayor era su disgusto ya que pensaba que sus probabilidades de encontrarlo disminuían. Acera tras acera, Sara miraba al suelo en todas direcciones, miraba las pertenencias de los vagabundos, las papeleras, los bajos de los coches. Su guante no estaba.

Presa de la desesperación, Sara se acercaba más y más a la tienda donde había comprado las golosinas, donde recordaba que había entrado con los guantes puestos y, por lo tanto, el último lugar donde podía estar el que había extraviado. Con un nudo en la garganta, Sara llegó a la tienda y entró. Miró por los pasillos por donde había andado, y nada. Con un hilo de esperanza y su otro guante en la mano, se acercó a la caja y le explicó al dependiente que había estado allí hacía un rato, que después había perdido un guante y que había vuelto por si se le había caído en la tienda y alguien lo había encontrado y entregado a algún empleado. El dependiente puso cara de extrañeza, miró el guante que Sara sostenía en la mano, miró a su alrededor... y en un instante su rostro cambió en un gesto de reconocimiento. Alargó la mano detrás del mostrador y cuando volvió a ser visible para Sara, sostenía el guante que había perdido. Sara nunca se había sentido tan agradecida, tan aliviada. Tuvo que contenerse para no abrazar al dependiente por encima del mostrador, y con una sonrisa de oreja a oreja cogió su guante, le dio las gracias varias veces y se fue de la tienda deseándole un buen día.

De nuevo en la calle, de nuevo con sus dos guantes, la angustia de lo que pudo haber pasado la invadió y, dado que había vuelto casi al lugar donde había iniciado su paseo, decidió volver al hotel un momento, a serenarse. Llegó a la recepción y, sin hacer caso a las preguntas de cortesía del recepcionista, pidió su llave y subió a su habitación a zancadas, sintiéndose demasiado impaciente para esperar al ascensor. Tiró el abrigo sobre la cama, se desplomó en el sillón verde y, apretando con fuerza los guantes, el último recuerdo de la presencia de su tía Catalina en el mundo, lloró desconsoladamente.



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