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sábado, 15 de marzo de 2014

64. La historia de Louise (I)

Perdida en su particular universo onírico, Louise se ahogaba y era incapaz de despertar. Estaba segura y a salvo, sola en su confortable habitación con vistas al precioso jardín. Llevaba 15 años en aquella mansión, en aquel refugio que había logrado encontrar después de la trágica muerte de su marido y la inesperada desaparición de su hija. Los primeros meses habían sido duros, tanto que llegó a pensar que jamás podría superar tanto dolor. Pero el tiempo fue cerrando sus heridas y, aunque las cicatrices no se borrarían nunca, había logrado con los años llevar una vida tranquila y llena de serenidad. Cuando sentía que el dolor la invadía, o que la furia la poseía, se sentaba junto a la ventana, dejaba que su vista vagara por el jardín, y escribía. Unas veces cinco minutos bastaban, otras llenaba folios y folios de desgarradores poemas sin fin. Pero, al final, costara lo que costara, siempre acababa sacando toda la pena de su interior y volvía a encontrarse en paz.

Siempre que estuviera despierta, claro. Desde hacía varias semanas terribles pesadillas invadían sus sueños, sacudían sus entrañas y la hacían despertar en un mar de sudor y agitada como si acabara de correr una maratón. Lo peor de todo era que, una vez que se sentaba en la cama y se serenaba, no lograba recordar nada de lo que había estado soñando. Las pesadillas aparecían cada vez con más frecuencia y Louise empezaba a desesperarse: no sabía qué hacer, no sabía cómo hacerlas parar y no tenía a nadie con quien compartir su angustia. A pesar de no ser la única habitante de la mansión, nunca se había molestado demasiado en relacionarse con los demás. Era cortés, y eso le parecía suficiente. Las personas habían dejado de interesarle desde el momento en que perdió a las dos que lo habían significado todo para ella: su mundo, su vida, su motivo de alegría, su fuente de inspiración. Ellos se habían ido y los demás no importaban. Así que tendría que encontrar la manera de enfrentarse sola a sus pesadillas...

Por suerte para Louise, ésta sí la iba a recordar. Se ahogaba, y sabía que no tenía sentido. "¡Libérame... libérame!", le gritaba a su agresor con una mezcla de furia y súplica, mientras éste apretaba cada vez más la soga con que le había rodeado el cuello. "Libérame..." Louise notaba el peso de su agresor sobre su propio cuerpo y la tensión de la soga contra su piel. Intentó asirse a algo, cualquier cosa, pero sus manos sólo tocaban tallos y hojas. De repente le llegó un fuerte olor a rosas y se dio cuenta de que su agresor no la atacaba con una soga sino con una firme enredadera. No tenía sentido, pero cada vez le costaba más respirar. El pánico se apoderó de ella al tiempo que sus ojos, desorbitados, dejaban de ver...

Despertó sobresaltada y aterrada. Se incorporó en la cama jadeando, tosió repetidamente y, al darse cuenta de lo sucedido, bebió un poco de agua del vaso que siempre tenía sobre la mesilla y trató de tranquilizarse. Otra pesadilla, otra más, ¿por qué? ¿Por qué ahora, después de tantos años de paz? ¿Quién era aquel hombre que la ahogaba? ¿Por qué no le había visto la cara, si estaba a tan sólo unos centímetros de la suya? Con otro sobresalto, dejó de hacerse preguntas y reparó en que esta vez, por fin, era capaz de recordar el sueño. Cerró los ojos para concentrarse mejor y se esforzó en visualizar la máxima cantidad de detalles. Estaba tumbada en el suelo y alguien la intentaba matar. Un hombre. Recordó el absurdo olor a rosas y la enredadera... ¡el invernadero! Fue como una revelación, pero tan pronto como la tuvo estuvo totalmente segura de ello: el hombre la estaba ahogando en el invernadero de la mansión, con una de las enredaderas que cubren la pared más alejada de la entrada, justo detrás del rosal.

Movida por un impulso irrefrenable, Louise se puso de pie y salió de la habitación en dirección a la puerta trasera de la casa, la que daba al jardín. Se movía a oscuras con agilidad, esquivando cada obstáculo sin apenas ser consciente de ello. Salió al jardín, descalza y en camisón en una fría noche de invierno, y sin reparar en el frío ni en la tierra que pisaba, giró a la derecha para dirigirse con paso firme al invernadero. En menos de un segundo descorrió el cerrojo y, sólo cuando estuvo dentro, fue consciente de sí misma otra vez. Se detuvo unos instantes y decidió encender la luz. Las interminables filas de halógenos se encendieron a la vez dejando al descubierto la preciosa y preciada variedad de plantas, traídas desde todos los rincones del planeta y conservadas, especialmente por Louise, con mimo y cariño. Louise había pasado horas cuidando de esas plantas, aprendiendo sus nombres y esforzándose por preservarlas en todo su esplendor. Pero ahora no era momento de admirar los hermosos colores de las lilas ni de aspirar el empalagoso aroma de las adormideras: era el momento de averiguar el origen de las noches de pesadillas. De alguna manera, por alguna razón, Louise sabía que la clave estaba allí, al lado del rosal, en la pared de las enredaderas.