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miércoles, 3 de septiembre de 2014

65. La historia de Louise (II)

Con precisión y cuidado, Louise metió sus manos entre sus enredaderas hasta palpar un objeto pequeño y algo pesado. Lo agarró con firmeza y tiró de él con fuerza hasta que cayó al suelo con un golpe sordo. Muy despacio y luchando contra su intuición, que la instaba a abandonar de inmediato aquella aventura y regresar a su cama, Louise se agachó y cogió la caja entre sus manos. Aunque a simple vista la caja, de madera y con una pequeña asa en su superficie, no tenía nada de especial, a Louise le resultó familiar. Sabía que había visto aquella caja antes, pero no podía recordar dónde, ni cuándo. La giró varias veces en vano y, por fin, le dio la vuelta. Algo resonó en su interior, y en la parte de abajo había algo grabado. La inscripción estaba cubierta de tierra. Louise, presa ya de un mal
presagio, la sacudió con una mano, mientras la otra, que sostenía aún la caja, empezó a temblar. La inscripción era simple: И. П.  Игор Петровски. Igor Petrovski, el hombre que tantas lágrimas le había hecho derramar.

Con el paso de los años, Louise había logrado enterrar en lo más profundo de su mente los recuerdos que ahora la volvían a inundar. Había conseguido borrar aquel día, 20 años atrás, en que todo fue tan mal... pero ahora había llegado el momento de recordarlo. La traición. La ira. El impulso irracional de acabar con todo. Y acabó con todo, ahora recordó. Con los dos. En un instante les había hecho callar para siempre, y se había pasado los 5 años siguientes huyendo, vagando por todo el mundo, sintiéndose sólo culpable por haber dejado a su hija, a su preciosa Olga, atrás, condenada a la orfandad. Tras 5 años de vagar, había encontrado por fin su refugio, un lugar donde poder asentarse sin que nadie pudiera encontrarla jamás. En aquella mansión se había sentido segura desde el principio, tanto que se atrevió incluso a ocultar su secreto lejos de ella, fuera de su vista. Se convenció de que el invernadero era un lugar seguro, a nadie se le ocurriría hurgar entre sus enredaderas. Así que allí escondió la caja, y después ocupó su mente durante años con el estudio de todas las plantas que habitaban allí, hasta que se olvidó de la caja, su contenido y lo que ello implicaba. Hasta esa noche.

Empapada en sudor, temblando, con lágrimas surcándole las mejillas y empañándole los ojos, Louise abrió la caja. Dentro, el revólver que empuñara 20 años atrás relucía contra el terciopelo rojo. El revólver que acabó con la vida de su marido, Igor, y la que creía su mejor amiga, Anna.

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