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viernes, 31 de octubre de 2014

66. Las luces

Me gustaría empezar diciendo que “era una fría y oscura noche de invierno” por aquello del impacto narrativo, pero aquel Enero empezó con unas temperaturas que más bien rozaban lo primaveral y no quisiera empezar mi relato con datos ficticios.

Así que era una templada y oscura noche de invierno y yo me encontraba ya en la cama, dando la espalda al gran ventanal que se extendía hasta el techo de la pared opuesta. Había quedado en esa posición después de dar vueltas y más vueltas, sudorosa y agotada a causa de mi estado febril. Tenía los ojos cerrados y mi respiración comenzaba a ralentizarse: todo indicaba que en breve lograría al fin dormir y pasar unas felices horas ajena a todo, recuperando mis agotadas energías. Sólo era lunes pero la gripe me estaba atacando sin piedad y me sentía totalmente derrotada.

Antes de proseguir con el relato creo que es conveniente explicar que por aquel entonces yo vivía en un pequeño estudio perteneciente a una residencia de estudiantes. Yo ya no era estudiante, pero el estudio en cuestión era propiedad de un feliz jubilado que vivía en la costa y, como la ubicación y el precio me convenían y el reducido espacio no suponía un problema, había decidido alquilarlo. Era una época extraña en la que mi vida social era reducidísima y disfrutaba gratamente de mis voluntarios momentos de soledad. El estudio satisfacía mis necesidades y el edificio en el que se encontraba era bastante grande y, aunque no era la única inquilina que ya había abandonado las aulas, la inmensa mayoría de los alquilados eran jóvenes estudiantes de la cercana universidad.

Así que estaba tendida en la cama cuando de repente, a través de los párpados, noté un breve pero intenso resplandor: el tipo de fugaz luminosidad provocada por un rayo en plena descarga... sólo que no había tormenta. Supuse que había sido mi imaginación, di otra vuelta y me recoloqué sobre el otro costado, molesta porque aquel incidente, imaginado o no, me había desvelado de nuevo y no sabía cuánto tardaría en volver a adormecerme. Estaba refunfuñando para mis adentros, calculando las horas de sueño que lograría sumar y pensando en lo cansada que estaría al día siguiente, cuando vino el segundo fogonazo. Esta vez estaba de cara a la ventana y con los ojos entreabiertos, y sabía que mi fiebre no era tan alta como para causar tal delirio visual. Duró sólo un segundo pero, con toda certeza, la habitación entera quedó iluminada como si el sol en todo su esplendor la estuviera inundando con su luz.

Me inquieté por unos instantes, preguntándome de dónde demonios vendrían aquellas oleadas de luz, pero en seguida le quité importancia al asunto y, con la certeza de que aquello tenía una explicación lógica, volví a ponerme de espaldas al ventanal, irritada hasta el extremo por los efectos de la falta de sueño que tendría que soportar en los días por venir.

Cuando por fin había logrado dormirme, ya a las tantas de la madrugada, llegó el grito. Un intenso alarido en mitad de la noche que quebró el grato silencio y me sacó con la misma celeridad de mi mundo onírico y de mis casillas. Me incorporé en la cama como un resorte y me levanté, enfurecida como un animal salvaje. El grito venía de dentro del edificio y no me extrañó: no era la primera vez que alguno de mis insolentes vecinos se ponía a vociferar en el rellano y esa noche ya no pude contenerme. Abrí la puerta principal y salí al pasillo del inmueble descalza, con el pelo revuelto y sudado, el pijama pegoteado a la piel, la nariz enrojecida y toda mi ira apenas contenida en mi debilitado cuerpo griposo. Caminé a zancadas hasta la escalera, miré al piso de abajo y no vi a nadie, así que me dispuse a subir a encararme con el estúpido cantamañanas que había decidido que la mejor manera de pasar la noche era hacer el idiota a costa de toda la residencia. Subí al segundo piso, al tercero, al cuarto... a medida que avanzaba mi ira se iba apaciguando y la intuición de que no iba a encontrar a nadie se iba haciendo más patente. El quinto piso estaba vacío y el sexto y último, también. Me quedé un rato en el pasillo del sexto, extrañada: ¿de dónde demonios había venido el alarido si no era de alguno de los estudiantes haciendo el tonto en el pasillo? Había salido de mi piso en cuestión de segundos y estaba segura de no haber oído ninguna puerta cerrarse, así que el zopenco no podía haberse metido en casa tras su gracia.


Empecé a preocuparme, pensando que quizá mi fiebre era más alta de lo que pensaba y en realidad sí que estaba delirando. Al fin y al cabo, si alguien hubiera chillado con tal intensidad, incluso si el grito había venido del interior de algún piso ¿no se habría asomado al pasillo algún otro inquilino, pensando que quizá era un grito de dolor y que alguien necesitaba ayuda?, ¿no se oirían voces de los demás vecinos, no se habría levantado alguien más aunque no hubiera llegado al extremo de abrir la puerta para confrontar al zopenco o auxiliar al herido?

Finalmente, sin nadie a quien encarar y siendo consciente por primera vez de mi lamentable aspecto, volví a mi piso con una mezcla de frustración, inquietud y cansancio. El cansancio era predominante así que me metí de nuevo en la cama y, dándole vueltas en la cabeza a todo lo que había sucedido, me volví a dormir.


Apenas unas horas después la maldita alarma me devolvió bruscamente a la realidad. Me desperté con un fuerte dolor de cabeza y penosamente agotada, y casi inmediatamente recordé los acontecimientos de la noche anterior. Las cosas se ven distintas a la luz del día, y a la luz de aquel 9 de enero tardé apenas unos minutos en convencerme a mí misma de que todo había sido producto de mi imaginación. Con los últimos sorbos del café la historia empezó a hacerme gracia y, al finalizar la jornada laboral, ya era una anécdota alojada en algún recoveco de mi memoria, fuera del alcance del pensamiento consciente. Cómo iba yo a saber que aquel incidente sería sólo el comienzo, cómo iba a imaginar todo lo que aún estaba por llegar...