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domingo, 21 de diciembre de 2014

67. La multitud de la nada


El problema no es la página en blanco. Al contrario: el problema es que en la página hay tantos personajes reclamando protagonismo, tantas aventuras y desventuras deseando ser narradas, tantos paisajes exigiendo ser descritos... que al final se forma un barullo, se entremezclan las historias de manera inverosímil, se caricaturizan los personajes hasta el ridículo, se transforman los paisajes en escenas dantescas.... y no sale nada. 

El problema no es la falta de imaginación, es el exceso.

La semana pasada se dio el último ejemplo. Eran las 6 de la tarde y estaba colocando unas cajas en el armario, cuando escuché a lo lejos un susurro muy bajito, como un lamento. Me di la vuelta un poco asustada, ya que estaba sola en la habitación y todos los aparatos electrónicos estaban apagados. Tras un instante de silencio, lo volví a oir, esta vez un poco más alto y con más firmeza. Miré a mi alrededor, extrañada, hasta que localicé la fuente de los gemidos: el cuaderno que reposaba sobre la mesa, olvidado de cualquier manera, cubierto por un par de libros y el ratón del ordenador. Terminé de colocar las cajas, me senté a la mesa, aparté los libros y el ratón y abrí el cuaderno, bolígrafo en mano.

Allí, abriéndose paso entre las moléculas de celulosa, estaba el autor de los gemidos: un náufrago. ¡Un náufrago! Como si esta historia no se hubiera contado ya cientos de veces. Vestía un pantalón corto con varios rotos y una camisa deshilachada, iba descalzo y con el pelo largo y sucio. El pobre estaba intentando captar mi atención agitando los brazos mientras seguía gimoteando cuando fue apartado de un codazo por una mujer oronda de mediana edad, con la nariz aguileña y el ceño fruncido. El pobre náufrago salió depedido del papel y los rasgos de la mujer fueron cobrando más y más nitidez, hasta que la reconocí: era la gitana que había intentado timarme el pasado verano, durante mis vacaciones. Sí, ya la mera descripción física de la charlatana llevaría al menos una página, y podría contar cómo acabé pasando una semana en aquella remota y agotadoramente cálida ciudad; luego describiría el momento del timo, cómo en un principio creí que la señora de verdad necesitaba ayuda, cuál fue la clave para darme cuenta del engaño, cómo reaccioné, cuál fue su respues.... ¡Eh, oiga, espere! ¡Pero a dónde va! Así no hay manera.... La gitana, que tantas ganas parecía tener en que su historia fuera puesta en negro sobre blanco, se fue con la misma rapidez con que apareció.

La hoja apenas llevaba unos segundos desnuda, desprovista de personajes, relatos, historias y recuerdos, cuando surgió por una esquina, disimuladamente, un chico de unos 15 años, delgado, con gafas y el pelo revuelto como si no se molestara en peinarse cada mañana al despertar. Parecía tímido, pero a la vez decidido a que se supiera la verdad. Sí, este chico escondía un secreto y estaba dispuesto a hacer lo que fuera necesario para revelarlo. Me miró con decisión, ya desde el centro de la página, y empezó a hablar. Las ansias por despojarse de esa historia que tanto le agobiaba le hacía hablar apresuradamente, casi sin vocalizar. No había acabado una frase y ya estaba empezando otra, y yo tenía gran dificultad para seguir el relato. Era algo de un crimen que había presenciado, por casualidad, un día que se había quedado en casa por estar enfermo. Él quería ir al instituto de todas formas, pero su madre insistió en que con el frío que hacía y la fiebre que tenía, era mejor quedarse en la cama un día que arriesgarse a salir y que las consecuencias fueran mucho peores. El caso es que se había quedado y, a media mañana, empezó a oir voces, y luego mucho alboroto, como de objetos volando y estampándose contra la pared y muebles cayendo. Finalmente hubo un disparo y luego, un abrupto silencio. Él no sabía qué hacer: ¿llamar a la policía? ¿tratar de averiguar lo que había pasado? ¿contárselo a otro vecino? ¿a su madre? ¿a un profesor? Andaba el muchacho divagando sobre este dilema cuando, de sopetón, se levantó y, tan disimuladamente como había venido, ¡se marchó! Avanzó hasta la esquina opuesta por la que había entrado y, como quien no quiere la cosa, se esfumó.

Así me pasé 3 horas aquella tarde, pero otros días ha sido peor. Animales que hablan, plantas que sienten, objetos que piensan. Hombres perversos, mujeres inseguras, niños mimados. Policías corruptos, profesores perversos, secretarias cotillas, abogadas adúlteras. Personalidades bipolares, pasiones ardientes, deseos lujuriosos, arrebatos demoledores. Crímenes ocultos. Tragedias inminentes. Relaciones imposibles. Sueños rotos. Tantas ideas se agolpan en mi mente en tan poco tiempo, que al poner el bolígrafo sobre el papel, o los dedos en el teclado, es imposible decantarse por una y, al final, no sale nada.

No es una sequía creativa, es una inundación. Igual de dañina, con el mismo resultado final. Y, como todas las etapas, pasará. Y volverán a surgir historias enteras, coherentes y ordenadas. Ese momento llegará. Pronto.