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domingo, 15 de noviembre de 2015

75. El lápiz mágico

La caja seguía en el mismo sitio en que la había guardado tanto tiempo atrás: encima del armario. Wilma la cogió con cuidado, apartó la sábana que la cubría y se quedó unos minutos mirándola extasiada. La caja en sí no tenía nada de particular, y a pesar de ello, los ojos de Wilma empezaron a empañarse inmediatamente. Cuando por fin la abrió, los objetos que allí había le hicieron sentirse tremendamente dichosa y triste al mismo tiempo. Un pañuelo de seda con una letra D mayúscula bordada, varias fotografías, un par de entradas de cine y, debajo de todo ello, algo de lo que Wilma se había olvidado por completo y que le hizo llorar con más fuerza, aún sintiendo la misma mezcla de alegría y pesar: su lápiz mágico.

Dos décadas atrás, en una lluviosa mañana de septiembre, Wilma se había despertado atemorizada, sólo para darse cuenta de que la verdadera pesadilla estaba a punto de comenzar: era su primer día de colegio. Siempre había sido una niña muy introvertida y, a sus 4 años, sus pocos amigos eran imaginarios y pensar en que pronto se encontraría en una habitación llena de niños extraños le llenaba de temor. Tras varias semanas discutiendo con su madre le había quedado claro que no había escapatoria posible, así que se había pasado los últimos días angustiada.

En esas cavilaciones se encontraba cuando golpearon la puerta y, acto seguido, apareció su abuelo. Wilma sintió un alivio inmediato: la presencia de su abuelo siempre conseguía tranquilizarla, sentía que teniéndolo a su lado no había nada que temer. Su abuelo se sentó en la cama, a su lado, y puso su voz misteriosa para contarle un secreto. Wilma, olvidando temporalmente su gran drama, se le acercó con una curiosidad irresistible.

“Sé que tienes miedo de ir al colegio” – empezó a decir su abuelo, aún en su voz misteriosa – “pero yo tengo la solución”. Su sonrisa se agrandó y, con gran parsimonia, dirigió sus manos al bolsillo izquierdo del pantalón. Wilma las miraba con gran impaciencia. Cuando emergieron, sostenían algo que a Wilma no le pareció nada extraordinario: un lápiz. “Éste es un lápiz mágico. A mí me lo dio mi abuelo cuando tenía tu edad, porque yo también tenía miedo”. Wilma escuchó atónita estas últimas palabras: no podia imaginar a su abuelo, que ella tenía por la persona más valiente del planeta, sintiendo temor. Pero siguió escuchando. “Cada vez que tengas miedo, lo único que tienes que hacer es coger este lápiz y escribir en una hoja en blanco cómo te quieres sentir para dejar de tenerlo”. Wilma le miró algo confusa, y el abuelo continuó su explicación. “Por ejemplo, ahora, ¿qué te hace falta para dejar de tener miedo? Mmmmm… yo diría que te hace falta ser valiente. Entonces, tienes que escribir en una hoja la palabra “valiente”. Escribe sólo una o dos palabras cada vez, porque sólo existe un lápiz mágico y una vez que lo gastes, no podrás usarlo más”. Estas últimas palabras acabaron de convencer a Wilma, que de repente se sentía afortunada e importante al saberse poseedora del único lápiz mágico del mundo. Ante la atenta mirada de su abuelo, sacó un folio del cajón de su pupitre y, en su alborotada caligrafía, escribió: “valiente”. Se sintió mejor al instante: más segura de sí misma, con más confianza. De repente, la idea de ir al colegio no le pareció tan terrible, y una vez allí se dio cuenta de que sus temores eran infundados: se lo pasó bien, le gustó su señorita, jugó con sus nuevos compañeros, y regresó a casa animada y con ganas de volver al día siguiente.

Wilma pasó los siguientes 3 o 4 años utilizando el lápiz mágico cada vez que sentía angustia, temor, vergüenza o pánico ante alguna situación. Con el tiempo, quizá con la inconsciente certeza de que el lápiz no era más que un inocente instrumento para afianzar su autoestima, dejó de usarlo y simplemente lo olvidó. Ahora, sentada en la misma cama, aún de luto tras el funeral, se daba cuenta de la gran ayuda que su querido abuelo Daniel le había brindado: le había ayudado a enfrentarse a sus miedos para superarlos.


Sentada en su cama de niña, en el mismo sitio desde el que su abuelo le contó la historia del lápiz mágico tanto tiempo atrás, Wilma se dejó llevar por la emoción y lloró hasta que no le quedaron más lágrimas.

jueves, 15 de octubre de 2015

74. Vidas invisibles

Desde el salón, Félix mira las palomas a través de la ventana y Elisa mira a Félix mirar las palomas a través de la ventana.

Es la segunda semana del verano, aunque a juzgar por lo que se ve a través de la ventana, aparte de las palomas, nadie pensaría que es el mes de Julio quien protagoniza el calendario. El suelo mojado tras horas de lluvia intermitente, el cielo gris, el viento agitando las ramas de los árboles... sólo las prolongadas horas de luz y unas temperaturas menos agresivas confirman que el invierno quedó atrás temporalmente.

Avanza la mañana y ni Félix ni Elisa abandonan su posición. Félix, en su conciencia felina, es feliz en la repisa de la ventana, mirando el pequeño mundo que se abre ante sus ojos al otro lado del cristal. Palomas, perros, coches y personas van apareciendo en escena, rompiendo la monotonía de la fea calle y llenando de diversos sonidos el silencio imperante en el hogar.

Elisa... Elisa tiene otras razones para no levantarse del sofá y adentrarse en el mundo que empieza al otro lado de la ventana. Hubo un tiempo en que sintió dolor, ira, odio, frustración... pero ya no lo recuerda. Ya no recuerda nada ni siente nada, ya ni siquiera se deleita mirando a su precioso gato mirar las palomas o hacer alguna de las monerías que tiempo atrás le aligeraban el alma. Duerme, come y cuida a su gato como un autómata, sin ser consciente de sus actos.

De pronto Félix pega dos saltos y se pone encima de Elisa buscando una caricia, una palabra cariñosa, una sonrisa. Remolonea en sus piernas, mordisquea los dedos de sus manos, maúlla lastimeramente y, al cabo de unos minutos, vuelve resignado a la repisa de la ventana y se entretiene nuevamente mirando las palomas.

lunes, 7 de septiembre de 2015

73. El calcetín rojo, versión 2

Era una tarde cualquiera, en un bar cualquiera, con una mujer cualquiera. Tras una dura jornada de trabajo, Eduardo se relajaba tomando unas copas y anticipando el momento en que su acompañante, cuyo nombre no recordaba, despojaría su piel del ajustado vestido que lo cubría. El teléfono vibró en su bolsillo y lo sacó con la intención de apagarlo, pero acabó descolgando por pura costumbre, sin pensar. Cinco minutos después, todo había cambiado: sus planes para la noche, su nivel de estrés, y posiblemente su futuro. 

Cuando llegó a su casa, la escena era aún peor de lo que había imaginado. La puerta no sólo estaba forzada, como le había dicho su vecino al llamar, sino que la habían sacado de los goznes. En el interior el desorden podía intuirse incluso antes de encender la luz: mesas volcadas, sillas caídas, papeles revueltos, armarios abiertos. El caos reinaba por todas partes y Eduardo notaba que le faltaba el aire, pero tenía que ponerse manos a la obra y no había tiempo que perder. Sabía lo que los ladrones habían ido a buscar, y tenía que averiguar cuanto antes si habían logrado encontrarlo. 

Se pasó una hora buscando el calcetín rojo. Lo cambiaba de sitio con frecuencia por motivos de seguridad, y ahora, con los nervios, no recordaba cuál era el ultimo lugar donde lo había guardado. Revisó cajones de armarios y mesillas, miró debajo del colchón, en la caja fuerte… nada. Abrió las fundas de todos los cojines, los forros de todas las maletas y todas las latas de la cocina… nada. Presa de la desesperación, empezó a andar por toda la casa mirando por todas partes, palpando todas las superficies, levantando todas las tapas, revisando todos los posibles escondites, desordenando el desorden que ya reinaba en el piso. El calcetín no aparecía y Eduardo sintió que moría por momentos.  

A tan sólo dos manzanas del edificio, en un cochambroso coche también robado, los ladrones revisaban su botín. Llevaban semanas observando a Eduardo, controlando sus horarios y estudiando la zona, y estaban convencidos de que habían conseguido actuar sin ser reconocidos ni grabados por las cámaras de seguridad y sin dejar rastro de su identidad. Abrieron las bolsas y admiraron los modernos aparatos electrónicos y los relojes de marca: el botín era aún mejor de lo que habían calculado y ganarían una fortuna vendiendo los objetos a su contacto. Uno de ladrones sonrió pensando lo que haría con tanto dinero, mientras el otro observó que de uno de los zapatos de cuero, que había cogido en un impulso porque le gustó la elegancia del modelo, sobresalía una tela roja. Tiró de ella hasta sacar un calcetín maloliente, viejo y desgastado. Le dio tanto asco que, sin pensar, abrió la ventanilla del coche y lo tiró a una alcantarilla. Poco después decidieron alejarse de allí y dormir un poco: había sido una noche intensa y se merecían un buen descanso. 

En el subsuelo de la urbe, el calcetín cayó con un ruido sordo y se abrió, asustando a un grupo de ratas que dormitaban en la penumbra. Ante su mirada curiosa, los diamantes se desparramaron en todas direcciones, perdiéndose para siempre en las entrañas de la ciudad.

domingo, 9 de agosto de 2015

72. El calcetín rojo, versión 1

A Martín le sudaban las manos, le faltaba el aliento, le temblaba la voz. Sabía que tenía que salir de casa en seguida o llegaría tarde, pero no podía salir sin encontrarlo: jamás ganaría sin él. Era absurdo, no tenía ningún sentido, pero era una realidad. Se pasó una hora buscando el calcetín rojo: buscó debajo de la cama, en la lavadora, en la secadora, en la cesta de la ropa sucia, en el armario... nada. Agotados los lugares lógicos, lo buscó en el microondas y en el horno, en el mueble del salón, dentro del reproductor de vídeo, en el maletero del coche... nada. Desesperado, Martín empezó a contemplar la posibilidad de jugar sin el calcetín. Casi le dio un ataque de ansiedad: se veía en medio del campo, con el balón a sus pies e incapaz de darle una patada. Podía estar enfrente de una portería vacía y no acertaría a marcar un gol. Llevaba 15 partidos jugando con el calcetín rojo y sabía que fallaría sin él. Con lágrimas asomándose a sus ojos, buscó sus deportivas para marcharse: o salía inmediatamente o no llegaría a tiempo, quedando su equipo descalificado. Al abrir la zapatilla derecha para ponérsela se dio cuenta de su estupidez: allí, aguardando, estaba su calcetín rojo.

martes, 21 de julio de 2015

71. Dentro del armario

Martina llegó a casa a las 5 de la madrugada, fascinada por haber sido capaz de caminar durante 45 minutos sin bajarse de los tacones y por haber logrado meter la llave en la cerradura tan sólo al tercer intento. 

Entró en el salón riéndose de nada y al quitarse el abrigo lanzó al suelo de un manotazo la botella que había dejado sobre la mesa al marchar. Se quedó 5 minutos admirando la variedad de tamaños que el cristal había tomado tras abandonar su estética unidad, tras los cuales se apresuró a recoger los pedazos antes de que el incidente causara una desgracia mayor. 

Después de otro largo rato en el baño, tratando de quitarse las capas de maquillaje que tan elaboradamente había aplicado unas horas atrás, Martina se dirigió por fin a su dormitorio. Allí le sorprendió encontrar el armario entreabierto. Abrió completamente la puerta y encontró, agazapado entre sus pantalones y faldas, a Héctor. "Escuché un ruido y me escondí en el armario", fue la respuesta a su mirada inquisitiva. Relajada tras haber resuelto el pequeño misterio, Martina se metió en la cama y apagó la luz. Cerró los ojos sólo un instante para volver a abrirlos de par en par, tanto que las cuencas le dolieron del esfuerzo. En la oscuridad, a la luz del resplandor de las farolas de la calle, vio a Héctor salir del armario y de la habitación. La frondosa cola del gato fue lo último que vio antes de decidir, de una vez por todas, que era necesario cambiar de vida y urgente, muy urgente, dejar las salidas nocturnas y las sustancias con que solía acompañar las copas y que hasta ese momento había creído controlar.

viernes, 3 de julio de 2015

70. La llave de la verdad

Robert llevaba 40 minutos dando vueltas por la casa, incapaz de tranquilizarse. Sentimientos encontrados le encogían el corazón, le aceleraban la respiración, le perlaban la frente. Al pasar frente a la puerta abierta de la habitación de su hija, se quedó mirándola y entró, reconfortado por el escrupuloso orden que lo dominaba todo.

Sabía que tenía papeleo que realizar y sintió que en la habitación de Sophie se encontraba lo suficientemente sereno como para realizarlo, así que se fue a por su ordenador y volvió, dispuesto a ello. Al fin y al cabo, Sophie no volvería hasta dentro de varias horas, así que tenía tiempo de ir adelantando algo del tedioso trabajo que tenía por delante.

Abrió el email de su abogado y sintió que los nervios y la tristeza lo invadían de nuevo. Cerró los ojos e intentó controlar su respiración para serenarse. Recordó el ejercicio que Molly le había enseñado años atrás para controlar los nervios en momentos de tensión; en su momento le había parecido una estupidez pero con el tiempo había podido comprobar, en varias ocasiones, que funcionaba. Consistía simplemente en masajearse las rodillas con pequeños movimientos circulares. Según Molly, esta pequeña pero inusual acción servía como distracción de cualquier preocupación o problema, y así se conseguía dejar la mente en blanco por unos momentos y recuperar el control en momentos de estrés. Al llevar las manos a las rodillas, notó un objeto extraño bajo la mesa… lo palpó, notó que estaba pegado a la madera con cinta adhesiva y, automáticamente, lo despegó y lo observó sobre su mano extendida. Tras unos segundos de confusión, se preguntó que hacía aquella llave debajo de la mesa: ¿por qué  la habría puesto Sophie allí?  ¿Qué era lo que abría?

De repente, quizá porque esta distracción era mucho mejor que masajearse las rodillas, abandonó inconscientemente el trabajo pendiente y se puso a observar con cuidado la habitación de su hija, tratando de encontrar lo que fuera que abría esa misteriosa llave. Miró las estanterías, pero sólo había hileras de libros y DVDs perfectamente alineados, ordenados por tamaño y color. Abrió el armario y los cajones de la mesilla pero sólo había ropa y objetos personales, todo pulcro, todo en orden.

Extrañado, se quedó quieto en medio de la habitación, y su vista volvió a los libros de la estantería. Los observó uno a uno, y al pasar por la parte central se fijó en uno que tenía algo distinto a los demás: su lomo carecía de título o autor. Se dirigió a la estantería y lo cogió, dándose cuenta de que no era un libro sino un diario: un diario cerrado con un candado, cuya llave era la que había encontrado pegada bajo la mesa.

Preso de una intriga incontrolable, abrió inmediatamente el diario, preguntándose qué secretos habría escritos allí. Hojeó las primeras páginas sin encontrar nada fuera de lo común: cotilleos sobre las compañeras de instituto, confidencias sobre los primeros escarceos amorosos con los chicos, comentarios más o menos enrabietados hacia su hermano Victor… lo normal en una chica de 14 años. Siguió pasando las páginas distraídamente hasta que una línea llamó su atención. Estaba escrita con mayúsculas, era imposible de pasar por alto. “La odio. La mataré”.

Robert empezó a leer el párrafo con atención: Sophie relataba una pelea con su madre, una discusión a causa de una fiesta a la que, aparentemente, iba a ir “todo el instituto” menos ella. Obviamente, Sophie quería, “necesitaba” ir o su vida se vería “arruinada” pero su madre, preocupada por los excesos que seguramente allí se cometerían, se lo había prohibido. Según el relato de su hija, su madre se había portado “como una energúmena”, quería “arruinarle la vida” y ella no estaba dispuesta a consentirlo.

Robert siguió leyendo, incapaz de parar, y con cada frase sentía un peso más y más grande en su interior. Aquellas frases estaban llenas de ira y odio, de rabia, cólera… y determinación. Robert cerró el diario de golpe y reinició sus pasos acelerados, con la respiración entrecortada. De repente le faltaba el aire y se le nublaba la visión.

La odio. La mataré” eran las últimas palabras de su hija. La fecha de aquellas frases envenenadas era el 6 de marzo, tan sólo la semana anterior. Tan sólo dos días antes de que su mujer cayera por las escaleras de la casa, rompiéndose el cuello y muriendo al instante. Robert empezaba a asimilar una realidad aún más perturbadora que la muerte accidental de su mujer, empezaba a repasar todo lo acontecido desde aquel fatídico día desde esta nueva perspectiva que no podía creer. El corazón le latía furioso en el pecho cuando una voz a sus espaldas le acabó de helar la sangre. “Papá, ¿qué haces?”. 

Dio un respingo y se giró. Desde el umbral, Sophie lo observaba confundida. Había vuelto a casa antes de tiempo. 

domingo, 15 de febrero de 2015

69. San Valentín

Andy se despertó con una sonrisa de oreja a oreja: era San Valentín y para él, un romántico empedernido, era el mejor día del año. Se levantó de un salto y se metió en la ducha cantando al son de Barry White. Aún cantaba al prepararse el desayuno; de hecho, la melodía llegó hasta el coche y le acompañó, ante la curiosa mirada de conductores y viandantes, durante todo el trayecto.

Llegó al trabajo 10 minutos tarde: había parado en una floristería cercana para comprar un rosa a cada una de sus compañeras. Se sintió eufórico durante toda la jornada laboral, rió los chistes de su jefe, opinó sobre las nuevas directrices del consejo directivo y aportó valiosas ideas acerca del proyecto que tenían entre manos. A las 5 se despidió cortésmente de sus compañeros, dedicó un amable cumplido a la recepcionista de la oficina y salió a la calle, listo para preparar su gran noche.


De camino a casa recogió el traje que había llevado a la tintorería el fin de semana anterior, compró más flores (orquídeas rosas, las preferidas de Linda) y se quedó embelesado mirando a dos pajarillos que chapoteaban en la fuente del parque. Lo veía todo a través de un halo de pura felicidad, no podía disimularlo y no le importaba lo que los demás pudieran pensar de su exaltado estado de ánimo.

Una vez de vuelta en el hogar, no tuvo descanso: había que preparar la cena, sacar la vajilla de porcelana, la cubertería de plata y las copas de cristal fino austríaco. Tras darse una nueva y refrescante ducha se puso su impecable traje con su mejor corbata de seda, encendió unas velas y se dispuso, por fin, a esperar a su amor para pasar una gran velada, la mejor del año.

Linda llegó a las 9, puntual como siempre. Su alegre voz resonó por toda la casa y colmó a Andy de
felicidad. Empezó, como siempre, dándole las buenas tardes y, ya que era un día señalado, deseándole un feliz San Valentín. A Andy se le erizaron los vellos de los brazos, olvidando que las palabras pronunciadas por aquella sensual voz iban dirigidas a miles, quizá millones, de personas. Linda Bromsberg continuó su programa presentando a los invitados de aquel día y los temas que iban a tratar. Los altavoces del comedor, los mejores del mercado, hacían llegar su voz íntegra y pura: Andy podía cerrar los ojos y sentir que Linda estaba realmente allí, sentada enfrente de él ante tan majestuosa mesa, en vez de ante un micrófono en un estudio de grabación, a cientos de kilómetros de distancia y sin saber siquiera de su existencia.


Como le pasaba siempre, Andy sintió momentáneamente apesadumbrado al ser consciente de la realidad. Y, como le pasaba siempre, prontó apartó la realidad de su mente y se entregó por completo a su feliz fantasía, esa en la que Linda, en lugar de la sensual locutora de radio, era su prometida. Andy respondía a las preguntas que Linda, como parte del programa, hacía a los invitados, fingiendo así que ambos mantenían una conversación. Pasaron las horas y Andy, exultante, disfrutó del suculento manjar que él mismo había cocinado, del vino importado del sur de Francia y de la compañía de Linda, tan real para él como el menú que estaba degustando. A la una de la madrugada Linda se despidió de sus oyentes y Andy, satisfecho, apagó la radio y se fue a la cama, con la esperanza intacta de que algún día su fantasía se cumpliría y dejaría de ser el único en verla indistinguible de la realidad.  




jueves, 15 de enero de 2015

68. Ciclo vital

Lleva horas debatiéndose entre la vida y la muerte al borde del precipicio. Abajo están sus hermanas, que ya han sucumbido a su destino fatal. Sucias y desmembradas, reposan sobre el suelo en una visión macabra y desoladora. Sabe que tiene que seguirlas, que tiene que soltarse y dejarse caer y morir, pero se resiste. Quiere vivir. Sentir de nuevo el calor del sol sobre la piel, oír el canto de los pájaros cada mañana. Ha llegado al mundo hace tan sólo 6 meses, es demasiado pronto para marcharse y dejar atrás este fascinante panorama lleno de color, sonidos y emociones.

Claro que el mundo ha cambiado en esos 6 meses. Atrás quedaron los largos días de luz para dar paso a tonos marrones y grises, al frío y al silencio abrumador. Hace semanas que no reciben la visita de los alegres pajarillos y hasta las ardillas parecen haber encontrado un lugar mejor donde cobijarse en tan adversas condiciones.

Tras una larga y angustiosa espera, es por fin consciente de que no tiene salvación. Es hora de soltarse y unirse a sus compañeras. Con resignación, pero decidida, pega un tirón y se suelta de la rama que ha sido su único sustendo. El viento la mece hasta el suelo, donde se une a las demás, sin vida, sin color, dejando al árbol en el que todas han nacido y crecido vacío, desnudo.


El invierno ha llegado.