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domingo, 15 de febrero de 2015

69. San Valentín

Andy se despertó con una sonrisa de oreja a oreja: era San Valentín y para él, un romántico empedernido, era el mejor día del año. Se levantó de un salto y se metió en la ducha cantando al son de Barry White. Aún cantaba al prepararse el desayuno; de hecho, la melodía llegó hasta el coche y le acompañó, ante la curiosa mirada de conductores y viandantes, durante todo el trayecto.

Llegó al trabajo 10 minutos tarde: había parado en una floristería cercana para comprar un rosa a cada una de sus compañeras. Se sintió eufórico durante toda la jornada laboral, rió los chistes de su jefe, opinó sobre las nuevas directrices del consejo directivo y aportó valiosas ideas acerca del proyecto que tenían entre manos. A las 5 se despidió cortésmente de sus compañeros, dedicó un amable cumplido a la recepcionista de la oficina y salió a la calle, listo para preparar su gran noche.


De camino a casa recogió el traje que había llevado a la tintorería el fin de semana anterior, compró más flores (orquídeas rosas, las preferidas de Linda) y se quedó embelesado mirando a dos pajarillos que chapoteaban en la fuente del parque. Lo veía todo a través de un halo de pura felicidad, no podía disimularlo y no le importaba lo que los demás pudieran pensar de su exaltado estado de ánimo.

Una vez de vuelta en el hogar, no tuvo descanso: había que preparar la cena, sacar la vajilla de porcelana, la cubertería de plata y las copas de cristal fino austríaco. Tras darse una nueva y refrescante ducha se puso su impecable traje con su mejor corbata de seda, encendió unas velas y se dispuso, por fin, a esperar a su amor para pasar una gran velada, la mejor del año.

Linda llegó a las 9, puntual como siempre. Su alegre voz resonó por toda la casa y colmó a Andy de
felicidad. Empezó, como siempre, dándole las buenas tardes y, ya que era un día señalado, deseándole un feliz San Valentín. A Andy se le erizaron los vellos de los brazos, olvidando que las palabras pronunciadas por aquella sensual voz iban dirigidas a miles, quizá millones, de personas. Linda Bromsberg continuó su programa presentando a los invitados de aquel día y los temas que iban a tratar. Los altavoces del comedor, los mejores del mercado, hacían llegar su voz íntegra y pura: Andy podía cerrar los ojos y sentir que Linda estaba realmente allí, sentada enfrente de él ante tan majestuosa mesa, en vez de ante un micrófono en un estudio de grabación, a cientos de kilómetros de distancia y sin saber siquiera de su existencia.


Como le pasaba siempre, Andy sintió momentáneamente apesadumbrado al ser consciente de la realidad. Y, como le pasaba siempre, prontó apartó la realidad de su mente y se entregó por completo a su feliz fantasía, esa en la que Linda, en lugar de la sensual locutora de radio, era su prometida. Andy respondía a las preguntas que Linda, como parte del programa, hacía a los invitados, fingiendo así que ambos mantenían una conversación. Pasaron las horas y Andy, exultante, disfrutó del suculento manjar que él mismo había cocinado, del vino importado del sur de Francia y de la compañía de Linda, tan real para él como el menú que estaba degustando. A la una de la madrugada Linda se despidió de sus oyentes y Andy, satisfecho, apagó la radio y se fue a la cama, con la esperanza intacta de que algún día su fantasía se cumpliría y dejaría de ser el único en verla indistinguible de la realidad.  




1 personas me visitaron y me comentaron:

Caminante en la sombra dijo...

Relato muy sentido y a la vez triste, llegas a apreciar a Andy y desear que su sueño se haga realidad.