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viernes, 3 de julio de 2015

70. La llave de la verdad

Robert llevaba 40 minutos dando vueltas por la casa, incapaz de tranquilizarse. Sentimientos encontrados le encogían el corazón, le aceleraban la respiración, le perlaban la frente. Al pasar frente a la puerta abierta de la habitación de su hija, se quedó mirándola y entró, reconfortado por el escrupuloso orden que lo dominaba todo.

Sabía que tenía papeleo que realizar y sintió que en la habitación de Sophie se encontraba lo suficientemente sereno como para realizarlo, así que se fue a por su ordenador y volvió, dispuesto a ello. Al fin y al cabo, Sophie no volvería hasta dentro de varias horas, así que tenía tiempo de ir adelantando algo del tedioso trabajo que tenía por delante.

Abrió el email de su abogado y sintió que los nervios y la tristeza lo invadían de nuevo. Cerró los ojos e intentó controlar su respiración para serenarse. Recordó el ejercicio que Molly le había enseñado años atrás para controlar los nervios en momentos de tensión; en su momento le había parecido una estupidez pero con el tiempo había podido comprobar, en varias ocasiones, que funcionaba. Consistía simplemente en masajearse las rodillas con pequeños movimientos circulares. Según Molly, esta pequeña pero inusual acción servía como distracción de cualquier preocupación o problema, y así se conseguía dejar la mente en blanco por unos momentos y recuperar el control en momentos de estrés. Al llevar las manos a las rodillas, notó un objeto extraño bajo la mesa… lo palpó, notó que estaba pegado a la madera con cinta adhesiva y, automáticamente, lo despegó y lo observó sobre su mano extendida. Tras unos segundos de confusión, se preguntó que hacía aquella llave debajo de la mesa: ¿por qué  la habría puesto Sophie allí?  ¿Qué era lo que abría?

De repente, quizá porque esta distracción era mucho mejor que masajearse las rodillas, abandonó inconscientemente el trabajo pendiente y se puso a observar con cuidado la habitación de su hija, tratando de encontrar lo que fuera que abría esa misteriosa llave. Miró las estanterías, pero sólo había hileras de libros y DVDs perfectamente alineados, ordenados por tamaño y color. Abrió el armario y los cajones de la mesilla pero sólo había ropa y objetos personales, todo pulcro, todo en orden.

Extrañado, se quedó quieto en medio de la habitación, y su vista volvió a los libros de la estantería. Los observó uno a uno, y al pasar por la parte central se fijó en uno que tenía algo distinto a los demás: su lomo carecía de título o autor. Se dirigió a la estantería y lo cogió, dándose cuenta de que no era un libro sino un diario: un diario cerrado con un candado, cuya llave era la que había encontrado pegada bajo la mesa.

Preso de una intriga incontrolable, abrió inmediatamente el diario, preguntándose qué secretos habría escritos allí. Hojeó las primeras páginas sin encontrar nada fuera de lo común: cotilleos sobre las compañeras de instituto, confidencias sobre los primeros escarceos amorosos con los chicos, comentarios más o menos enrabietados hacia su hermano Victor… lo normal en una chica de 14 años. Siguió pasando las páginas distraídamente hasta que una línea llamó su atención. Estaba escrita con mayúsculas, era imposible de pasar por alto. “La odio. La mataré”.

Robert empezó a leer el párrafo con atención: Sophie relataba una pelea con su madre, una discusión a causa de una fiesta a la que, aparentemente, iba a ir “todo el instituto” menos ella. Obviamente, Sophie quería, “necesitaba” ir o su vida se vería “arruinada” pero su madre, preocupada por los excesos que seguramente allí se cometerían, se lo había prohibido. Según el relato de su hija, su madre se había portado “como una energúmena”, quería “arruinarle la vida” y ella no estaba dispuesta a consentirlo.

Robert siguió leyendo, incapaz de parar, y con cada frase sentía un peso más y más grande en su interior. Aquellas frases estaban llenas de ira y odio, de rabia, cólera… y determinación. Robert cerró el diario de golpe y reinició sus pasos acelerados, con la respiración entrecortada. De repente le faltaba el aire y se le nublaba la visión.

La odio. La mataré” eran las últimas palabras de su hija. La fecha de aquellas frases envenenadas era el 6 de marzo, tan sólo la semana anterior. Tan sólo dos días antes de que su mujer cayera por las escaleras de la casa, rompiéndose el cuello y muriendo al instante. Robert empezaba a asimilar una realidad aún más perturbadora que la muerte accidental de su mujer, empezaba a repasar todo lo acontecido desde aquel fatídico día desde esta nueva perspectiva que no podía creer. El corazón le latía furioso en el pecho cuando una voz a sus espaldas le acabó de helar la sangre. “Papá, ¿qué haces?”. 

Dio un respingo y se giró. Desde el umbral, Sophie lo observaba confundida. Había vuelto a casa antes de tiempo. 

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