CLICK HERE FOR BLOGGER TEMPLATES AND MYSPACE LAYOUTS »

lunes, 7 de septiembre de 2015

73. El calcetín rojo, versión 2

Era una tarde cualquiera, en un bar cualquiera, con una mujer cualquiera. Tras una dura jornada de trabajo, Eduardo se relajaba tomando unas copas y anticipando el momento en que su acompañante, cuyo nombre no recordaba, despojaría su piel del ajustado vestido que lo cubría. El teléfono vibró en su bolsillo y lo sacó con la intención de apagarlo, pero acabó descolgando por pura costumbre, sin pensar. Cinco minutos después, todo había cambiado: sus planes para la noche, su nivel de estrés, y posiblemente su futuro. 

Cuando llegó a su casa, la escena era aún peor de lo que había imaginado. La puerta no sólo estaba forzada, como le había dicho su vecino al llamar, sino que la habían sacado de los goznes. En el interior el desorden podía intuirse incluso antes de encender la luz: mesas volcadas, sillas caídas, papeles revueltos, armarios abiertos. El caos reinaba por todas partes y Eduardo notaba que le faltaba el aire, pero tenía que ponerse manos a la obra y no había tiempo que perder. Sabía lo que los ladrones habían ido a buscar, y tenía que averiguar cuanto antes si habían logrado encontrarlo. 

Se pasó una hora buscando el calcetín rojo. Lo cambiaba de sitio con frecuencia por motivos de seguridad, y ahora, con los nervios, no recordaba cuál era el ultimo lugar donde lo había guardado. Revisó cajones de armarios y mesillas, miró debajo del colchón, en la caja fuerte… nada. Abrió las fundas de todos los cojines, los forros de todas las maletas y todas las latas de la cocina… nada. Presa de la desesperación, empezó a andar por toda la casa mirando por todas partes, palpando todas las superficies, levantando todas las tapas, revisando todos los posibles escondites, desordenando el desorden que ya reinaba en el piso. El calcetín no aparecía y Eduardo sintió que moría por momentos.  

A tan sólo dos manzanas del edificio, en un cochambroso coche también robado, los ladrones revisaban su botín. Llevaban semanas observando a Eduardo, controlando sus horarios y estudiando la zona, y estaban convencidos de que habían conseguido actuar sin ser reconocidos ni grabados por las cámaras de seguridad y sin dejar rastro de su identidad. Abrieron las bolsas y admiraron los modernos aparatos electrónicos y los relojes de marca: el botín era aún mejor de lo que habían calculado y ganarían una fortuna vendiendo los objetos a su contacto. Uno de ladrones sonrió pensando lo que haría con tanto dinero, mientras el otro observó que de uno de los zapatos de cuero, que había cogido en un impulso porque le gustó la elegancia del modelo, sobresalía una tela roja. Tiró de ella hasta sacar un calcetín maloliente, viejo y desgastado. Le dio tanto asco que, sin pensar, abrió la ventanilla del coche y lo tiró a una alcantarilla. Poco después decidieron alejarse de allí y dormir un poco: había sido una noche intensa y se merecían un buen descanso. 

En el subsuelo de la urbe, el calcetín cayó con un ruido sordo y se abrió, asustando a un grupo de ratas que dormitaban en la penumbra. Ante su mirada curiosa, los diamantes se desparramaron en todas direcciones, perdiéndose para siempre en las entrañas de la ciudad.

0 personas me visitaron y me comentaron: