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jueves, 15 de octubre de 2015

74. Vidas invisibles

Desde el salón, Félix mira las palomas a través de la ventana y Elisa mira a Félix mirar las palomas a través de la ventana.

Es la segunda semana del verano, aunque a juzgar por lo que se ve a través de la ventana, aparte de las palomas, nadie pensaría que es el mes de Julio quien protagoniza el calendario. El suelo mojado tras horas de lluvia intermitente, el cielo gris, el viento agitando las ramas de los árboles... sólo las prolongadas horas de luz y unas temperaturas menos agresivas confirman que el invierno quedó atrás temporalmente.

Avanza la mañana y ni Félix ni Elisa abandonan su posición. Félix, en su conciencia felina, es feliz en la repisa de la ventana, mirando el pequeño mundo que se abre ante sus ojos al otro lado del cristal. Palomas, perros, coches y personas van apareciendo en escena, rompiendo la monotonía de la fea calle y llenando de diversos sonidos el silencio imperante en el hogar.

Elisa... Elisa tiene otras razones para no levantarse del sofá y adentrarse en el mundo que empieza al otro lado de la ventana. Hubo un tiempo en que sintió dolor, ira, odio, frustración... pero ya no lo recuerda. Ya no recuerda nada ni siente nada, ya ni siquiera se deleita mirando a su precioso gato mirar las palomas o hacer alguna de las monerías que tiempo atrás le aligeraban el alma. Duerme, come y cuida a su gato como un autómata, sin ser consciente de sus actos.

De pronto Félix pega dos saltos y se pone encima de Elisa buscando una caricia, una palabra cariñosa, una sonrisa. Remolonea en sus piernas, mordisquea los dedos de sus manos, maúlla lastimeramente y, al cabo de unos minutos, vuelve resignado a la repisa de la ventana y se entretiene nuevamente mirando las palomas.