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viernes, 15 de enero de 2016

76. El último beso

Era una mañana de invierno como cualquier otra: fría, gris y cargada de añoranza. Llegué a la estación a las 8:30 y, como cada día, me senté a una de las mesas situadas frente al gran ventanal y me dispuse a observar el mundo exterior.


Era ésta una actividad que estaba resultando más efectiva de lo que jamás hubiera imaginado: cada día desde hacía 7 meses me levantaba temprano, me vestía y salía a desayunar en la cafetería de la estación. Tras la muerte de mi querida Berta, sin un trabajo al que acudir ni hijos o nietos a los que atender, era una manera de ocupar la mente con otras historias y liberarme por un momento de la gran pena que me afligía. Así que cada mañana, mientras tomaba un delicioso café con tostadas, observaba a la gente que venía a esperar a sus seres queridos en el andén, emprender nuevas aventuras o despedirse de familiares y amigos por los más diversos motivos. Desde mi silla imaginaba las vidas de esas personas, sus sueños, sus ambiciones, sus temores; y aprendí a leer sus miradas, sus sonrisas e incluso sus lágrimas, que escondían alegrías, secretos y traiciones. En definitiva, era un simple pasatiempo que hacía mi desdichada existencia más llevadera.


Aquella mañana, como decía, llegué a mi puesto, pedí mi desayuno y me dispuse a mirar por la ventana a ver qué emociones me depararía la jornada. Una joven pareja pronto llamó mi atención: ella, con una sonrisa que no lograba ocultar la tristeza de sus ojos, se aferraba a las manos de él, como queriendo retenerlo. Él se mostraba más sereno: en sus ojos también había tristeza pero mezclada con esperanza, y parecía hablar con infinita dulzura. Tras unos segundos se fundieron en un amoroso abrazo que, por alguna razón, hizo que me estremeciera y que por primera vez me sintiera un intruso, un ladrón de intimidades ajenas. Al separarse de nuevo, me fijé en una niña de unos 2 o 3 años, en la que no había reparado antes por encontrarse oculta tras sus padres. Sus ojos mostraban sobre todo sueño: era muy pequeña para estar tan temprano en la estación, pero su padre salía de viaje y no había quedado más remedio que madrugar. Su padre se agachó para estar a su altura, le dedicó unas palabras, le acarició el pelo, y ambos se fundieron en un abrazo. Después, con el semblante más serio y lágrimas asomando a sus ojos, el padre le dio a la niña un gran beso en la frente. No sabría explicar por qué, pero aquel beso contenía toda la ternura del mundo y sintetizaba el más profundo amor que un padre puede sentir por su hija: era como si la quisiera proteger de todo mal que pudiera acecharla, de cualquier pena o miseria que la pudiera sobrevenir. Pensé que tendría que partir por mucho tiempo, seguramente por trabajo, y separarse de su familia le resultaba más duro de lo que había pensado. A sus espaldas el tren estaba listo para salir así que cogió su bolsa y subió. Al arrancar, madre e hija corrieron al lado del vagón hasta que perdieron de vista al padre. Después, ambas abandonaron la estación para regresar a casa.

Pasaron varias semanas, diría que 5 o 6. Tras muchos cafés, muchas tostadas y muchos reencuentros y despedidas, un martes a primera hora, desde mi puesto, volví a ver a la mujer. Vestía de negro de la cabeza a los pies y tenía la mirada perdida y vacía. Al cabo de un rato llegó un tren del que bajó un oficial del ejército, perfectamente uniformado. La mujer se echó a llorar en cuanto lo vio, y apenas pudo mantener la compostura cuando éste se le acercó y empezó a hablarle. Desde el fondo de la cafetería, la televisión anunciaba la muerte de varios soldados en la guerra, cinco procedentes de nuestra zona. Volví a mirar a la mujer, y entonces lo comprendí todo.

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