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lunes, 15 de febrero de 2016

77. SanFran

Había tenido que viajar varias veces a San Francisco por motivos de trabajo. Una ciudad preciosa, pintoresca, moderna y cosmopolita, sin duda, pero también peligrosa. A Aurora no le daban miedo los vagabundos, que abundaban sobre todo en ciertas zonas y tenían fama de peligrosos, no tanto por su pobreza y situación de exclusión sino por la locura que a muchos acompañaba. Tampoco temía a los jóvenes, y no tan jóvenes, que a plena luz del día se inyectaban con gran habilidad su dosis de… lo que fuera. Ni siquiera le inquietaba la pura violencia, exacerbada en aquel país por la abundancia y fácil disponibilidad de armas. No se tenía por una persona especialmente valiente, pero pensaba que con no mirar a los vagabundos éstos no le harían nada, con no acercarse a los toxicómanos no había ningún peligro y aquella ciudad, si no exenta de violencia, registraba unos niveles lo bastante bajos como para poder caminar por la calle sin amedrentarse.


Aurora lo que temía eran los terremotos. En algún momento de su infancia vio un documental o reportaje en el que anunciaban con grandes dosis de alarmismo que, en los próximos cincuenta años, habría en esa zona un gran terremoto que lo destruiría todo y a todos. Cincuenta años. Teniendo en cuenta que tendría entre cinco y ocho años cuando vio aquello, y que ya contaba treinta y cuatro primaveras a sus espaldas… quedaban unos veinte años para el gran desastre, que igualmente podría producirse en cualquier momento. La información, avalada por rigurosos estudios científicos, era sólo una estimación, claro, pero resultaba bastante inquietante.


Así que allí estaba por cuarta vez, al otro lado del océano, intentando no agobiarse por la reunión de la tarde. Tendría que hablar delante de varios jefazos y convencerles de que su departamento era lo suficientemente importante como para no eliminarlo de un plumazo, como pretendían. La empresa no estaba pasando por su mejor momento y había que hacer recortes, pero con un poco de suerte y una buena exposición de sus últimos logros serían otros quienes los sufrirían.


Caminaba por la calle distraída, como casi siempre, y no vio lo que se le venía encima hasta que fue demasiado tarde. En realidad, más que verlo lo sintió: su brazo derecho se estiró contra su voluntad, el resto de su cuerpo avanzó más deprisa que sus pies y acabó de bruces contra el suelo, con la pierna ensagrentada y la mano entumecida por el impacto. Fue lo bastante rápida como para agarrar el bolso antes de que quien fuera que se lo había intentado quitar pudiera acabar con éxito su misión, pero ello no impidió que el presunto delincuente lo intentara. Era un tipo enclenque pero a la vez parecía seguro de sí mismo. Las pupilas, dilatadas hasta el extremo, estaban fijas en ella y a medida que avanzaba Aurora se fijó en que llevaba una navaja enganchada en el pantalón. Aurora no temía a los vagabundos, drogadictos ni criminales, pero encontrarse las tres cosas a la vez y en la misma persona le produjo un escalofrío de terror que le heló la sangre al instante.


El joven se avalanzó sobre ella sin pensárselo dos veces y Aurora supo que iba a morir, allí y de aquella forma. Pero en ese momento su instinto se apoderó de ella y, por segunda vez aquel día, la acción se desarrolló antes de que supiera lo que estaba pasando. Cuando se quiso dar cuenta estaba corriendo a más no poder mientras el fallido ladrón aullaba de dolor con su propia navaja clavada en el hombro. Aurora llegó a la oficina sudorosa, agitada y temblorosa.


Después de explicar lo sucedido, denunciar los hechos ante la policía, volver a casa a darse una ducha, cambiarse de ropa y comer algo, había decidido que el día tenía que seguir su curso. Insistió en que estaba bien, que se había llevado un gran susto pero todo había quedado ahí, en un susto, y consiguió que la reunión se mantuviera esa tarde, como estaba previsto. Sabía que sus nervios y angustia no harían más que crecer hasta el momento de exponer su presentación, así que cuanto antes pasara todo, mejor. Se encerró en una sala de conferencias y se puso a ultimar los detalles de su exposición. Estaba completamente concentrada en el trabajo, ajena a todo lo demás, cuando llegó la primera sacudida. En un instante lo olvidó todo, se puso de nuevo en alerta y buscó el mejor lugar para resguardarse, intentando no pensar que seguramente no habría escondite posible ni salvación para nadie.


La segunda sacudida fue tan fuerte que salió despedida y se dio de espaldas contra la pared. A partir de ahí el temblor fue continuo y estridente. Al otro lado de la sala en la que aún se encontraba la gente gritaba, los objetos volaban, los muebles se volcaban, las ventanas estallaban. Parecía la guerra. Aurora recordó los numerosos manuales y vídeos sobre cómo reaccionar ante un terremoto que había estudiado antes de su primer viaje a California y se apresuró a colocarse bajo la mesa mientras la destrucción parecía apoderarse de todo a su alrededor. El espanto le duró poco: sobre su cabeza, la extravagante lámpara de araña que el presidente de la empresa se había empeñado en comprar para dar un ambiente único a la sala de conferencias pronto se liberó de su sujeción y abandonó el techo. Aurora se asomó por un lado de la mesa y miró hacia arriba en el preciso instante en que la gravedad la aceleraba fulminantemente hacia su posición, y eso fue lo último que vio.