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sábado, 19 de marzo de 2016

78. Cena sin postre

Félix cenaba tranquilamente en la misma mesa de siempre, junto a la ventana. Era un hombre de mediana edad, esbelto y bien parecido. Vestía un traje gris claro, inmaculadamente limpio y planchado, camisa blanca sin corbata y zapatos a la última moda. Se notaba que disfrutaba del cuidado personal. Le gustaba observar a la gente que pasaba por la calle a la vez que escuchaba las conversaciones del resto de comensales de su restaurante favorito, el único de la ciudad en el que siempre tenían pescado fresco de verdad. De repente, la conversación de los dos caballeros ubicados en el otro extremo de la sala le inquietó y llamó de inmediato a Julián, el camarero.

–Disculpe, por favor…

–¿Necesita algo?

– No, pero verá… –Félix sabía que le iba a resultar difícil explicar la situación, pero la gravedad del asunto requería que al menos lo intentara–. Es que acabo de enterarme de algo que atañe al restaurante y todos los comensales.

–¿De qué se trata? –inquirió Julián, nervioso porque era una noche muy ajetreada y no podía perder el tiempo en conversaciones banales.

–Pues, verá... –Félix bajó el tono de voz, lo que obligó al camarero a inclinarse hacia él para poder escucharle– sé que le va a resultar extraño, pero acabo de tener conocimiento de que alguien está planeando atracar el restaurante esta misma noche. Tiene que avisar a la policía, es urgente.

–¿Que alguien va a atracar el restaurante? ¿Quién? ¿Cómo? –susurró a su vez Julián, algo preocupado.

–Los caballeros del fondo, los que están en la mesa justo al lado del cuadro de los caballos.

El camarero se irguió y miró disimuladamente en la dirección que Félix le acababa de indicar. Vio a los dos hombres, cenando tranquilamente mientras charlaban. Podrían ser amigos, compañeros de trabajo o socios de algún negocio, era imposible saberlo.

–¿Conoce usted a esos señores? ¿Le han contado su plan?

–No exactamente. Han venido a cenar para pillar a todo el mundo por sorpresa, han estado repasando su plan y les he oído. Piensan tomar rehenes si es necesario, y están armados. Tiene que llamar a la policía inmediatamente.

El camarero volvió a mirar a la mesa de los presuntos delincuentes, y luego a Félix, incrédulo. La mesa de los caballeros se encontraba alejada tanto de la puerta de entrada al restaurante como del baño, por lo que no podía entender en qué momento Félix había tenido la oportunidad de acercarse a ellos lo suficiente como para oír su conversación.

–Disculpe pero… ¿dice que les ha oído? ¿cuándo?

–Hace un momento, han estado repasando los detalles de su plan. Por favor, están a punto de actuar, tiene que impedirlo. Llame al encargado, a la policía… tiene que hacer algo ya –Félix comenzaba a impacientarse, pues se daba cuenta de que el camarero no comprendía la gravedad de la situación.

–Pero… ¿les ha escuchado desde aquí?

–Sí, eso es lo que trato de decirle.

–¿Me está tomando el pelo? Es imposible que haya escuchado su conversación desde aquí. Si apenas se escucha lo que comentan los de la mesa de al lado, con tanta gente y todo el mundo hablando. Disculpe, pero esta noche estamos al completo y tengo mucho tra...

El camarero no pudo completar la frase porque mientras hablaba, Félix se quitó el sombrero que había llevado puesto durante toda la cena, dejando al descubierto sus grandes, peludas y puntiagudas orejas.

–Así es como les he escuchado.

–Usted es un… es… es un… un…

Félix volvió a ponerse el sombrero rápidamente, pero el camarero aún seguía mirándolo atónito, sin poder dar crédito a lo que acababa de ver.

–Soy un humalino.

Hacía tan solo unos meses, los gobiernos de todo el mundo habían hecho pública la sorprendente existencia de los humalinos, especie híbrida entre humanos y felinos. Sus orígenes databan del siglo IV a.C., cuando los antiguos egipcios veneraban a los gatos, a los que consideraban divinidades. Algunos faraones llevaron la adoración a otro nivel y surgieron los primeros individuos de esa nueva especie. Eran seres en apariencia humanos salvo por las puntiagudas orejas, los ojos con pupilas verticales y unas uñas más afiladas de lo normal y con varias capas, como las de los gatos. En cuanto a sus habilidades, adquirieron de los felinos un agudizado sentido del oído y el olfato, una extraordinaria capacidad para saltar grandes alturas y trepar con agilidad y un refinado gusto por los pescados más selectos. Durante siglos, estos seres habían logrado pasar desapercibidos, haciéndose pasar por humanos. Aprendieron a ocultar sus orejas y a disimular sus pupilas y uñas. Aprovecharon sus habilidades tan particulares para despuntar en el mundo del atletismo y de la cosmética. Crearon asociaciones secretas por todo el mundo para mantenerse en contacto entre ellos y, tras años de discusiones y votaciones, habían decidido salir a la luz pública y dejar de esconderse. La noticia había desconcertado profundamente a la sociedad, cuya primera respuesta fue el rechazo y marginación de esta especie híbrida por considerarla una amenaza. Ahora, tras numerosas campañas y sesiones informativas, habían empezado a ser aceptados, pero la mayoría aún andaba con mucho cuidado dada la desconfianza general. Así, Félix sólo había revelado su condición a unos cuantos amigos íntimos y jamás se le hubiera ocurrido hacerlo ante un desconocido, pero la situación presente lo requería. Lamentablemente, sus esfuerzos por prevenir el crimen fueron en vano.

–¡Todo al mundo al suelo! ¡Esto es un atraco! –gritó uno de los caballeros de la mesa del fondo, a la vez que tanto él como su compañero se levantaban y sacaban sus armas.

1 personas me visitaron y me comentaron:

Soldadito Marinero dijo...

Genial relato, enhorabuena!